El director y actor venezolano Diego O’Brien trae a Toronto una de las obras más icónicas de Alejandro Jodorowsky: El Juego Que Todos Jugamos. La producción contará con tres funciones en español y busca ofrecer al público latino un espacio para reír, pensar y encontrarse en comunidad.
Estrenada en 1970, la pieza del dramaturgo chileno ha viajado por distintos países de Latinoamérica. Con humor y filosofía, propone un recorrido hacia la esencia humana: el ego, el amor y la necesidad de conectar con otros.
Una comedia que desnuda el alma
Aunque se presenta como comedia, la obra pronto revela otra capa más profunda. O’Brien explica que el humor es un vehículo que permite al espectador relajarse y abrirse a reflexiones incómodas: “La comedia rompe el hielo, hace sentir seguro al público. Y cuando ya está abierto, es más fácil recibir los temas duros”.
La estructura de la pieza no es lineal. Los actores son conscientes de estar en un escenario y, a través de sketches, pasan de lo ligero a lo filosófico. Este mismo tránsito exige al elenco un trabajo de introspección constante, ya que, según el director, la obra concluye con “el desnudar el alma y verse a uno mismo frente a los demás”.
Adaptar a los tiempos de hoy
Aunque fue escrita hace más de 50 años, O’Brien asegura que mucho del texto sigue vigente. La adaptación se enfocó en detalles contemporáneos —como reemplazar referencias a periódicos por menciones a Instagram—, pero lo esencial permanece intacto.
Más allá de lo técnico, el mayor reto fue definir la visión del equipo: ¿qué decir con esta obra aquí y ahora? “Cada montaje de un clásico es una reinterpretación”, afirma. Para él, lo fundamental ha sido mantener la coherencia de esa visión durante meses de ensayos y reflexiones colectivas.
Teatro en español, más allá del tema migrante
Presentar la obra íntegramente en español fue una decisión consciente. En Toronto, gran parte del teatro en este idioma suele centrarse en el drama migrante. Aunque reconoce la relevancia de esas historias, O’Brien quiso ir más allá: “La comunidad latina merece también obras que hablen de otras cosas, de lo universal, de lo humano”.
El casting refleja esa apuesta. El elenco está formado por actores de distintas edades y nacionalidades —mexicanos, venezolanos, peruanos— que generan una química particular. Esa diversidad, explica el director, es el mejor reflejo de lo que significa hoy ser latino en Toronto: un mosaico de voces y experiencias que conviven en un mismo escenario.
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