El lamento de Covarrubia
por Daniela Rojze
MENCIÓN HONROSA ESPECIAL en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2006
Toronto, Ontario, Canadá
Tantas amenazas no se detendrán nunca, pensó el capitán Covarrubia tras engullir la bota de cuero en la tierra empapada de la selva. Hasta la cacatúa que nunca lo abandonaba había preferido sabiamente quedarse en el barco, prevenida por las gaviotas acerca de las inclemencias de la isla. De sus hombres quedaban tres. A los demás se los habían llevado los vientos malignos y las alimañas, siempre listas a aprovechar un bocado fácil. Pero los enemigos más temidos eran los indios. Historias se contaban de otras islas y de torturas infinitas y comilonas a las que no estaban invitados. Y además estaban doblemente perdidos en una isla perdida, que el capitán había decidido bajar a investigar con el solo objeto de mantener las apariencias de que había encontrado lo que estaba buscando. Y porque tenían hambre. Y él gritó ¡Santa Lucía! porque hacia allí habían zarpado y los que todavía podían creer levantaron sus brazos o cayeron de rodillas con el agradecimiento entre las manos. Pero entonces había pedido voluntarios para bajar a tierra y las miradas se habían extraviado más allá del mar; y la furia, que es un paso anterior a la debilidad, guió su mano para elegir el puñado de hombres que, como las migajas de Hansel y Gretel, habían ido cayendo y dejado un sendero invisible tras de sí. Casi se podría decir que estaban triplemente perdidos.
El capitán Covarrubia desenterró la otra bota con dificultad y la volvió a enterrar una decena de centímetros más adelante. Sintiéndose camuflado por la bruma liberó una lágrima. Pero el capitán, como buen conductor de hombres, debiera haber sabido que tras el afloje de riendas viene la desbandada. Así fue como pocos segundos más tarde los lacrimales -que además estaban arrumbados por la falta de uso y por los años, que no por no saber contar dejaban de sumarse-, dejaban pasar cadenas de gotas entrelazadas marcando un rastro de sal en su cara embarrada. Inútilmente intentó cerrarlos comprimiendo las arrugas de su cara.
Abrumado miró hacia arriba, pero no buscando a Dios sino con la esperanza de una lluvia, de esas que caían cien veces al día, pero que se negaba caprichosamente ahora que la necesitaba para borrar los humillantes trazos. Restregó su cara con las mangas de la chaqueta y las tibias canaletas se borronearon para inmediatamente volverse a formar.
Durante las siguientes horas sus tres hombres caminaron detrás suyo, con lo cual el inconveniente quedó salvado, pero en algún momento habían de descansar y, además de las lágrimas y el moqueo, el capitán sentía una extraña presión en la garganta que le hacía temer el haber perdido la capacidad del habla.
Uno de los hombres tropezó y lanzó una maldición al aire. Los otros lo miraron como asintiendo. El calor se dedicaba a exprimir el líquido de los cuerpos. Se iban quedando sin nada que perder y el capitán lo sabía. La distancia entre los árboles era cada vez más chica y, en los pocos espacios libres, las hojas cortantes se entremezclaban con las flores de femenina belleza, capaces tanto de acariciarlos con sus pétalos aterciopelados como de envenenarles la sangre durante el más breve de los para-siempres. Lo único bueno de estar tan golpeados era que habían perdido la esperanza de gozar, ganando algo así como inmunidad al desengaño.
El capitán trató de reprimir el vergonzoso estado de su cara pero él, que sabía de tantas cosas, nada sabía del control del llanto. Lo único que logró fue aumentar la presión tras lo cual las gotas salieron más finitas pero con tanta fuerza que en lugar de resbalar sobre su piel se proyectaron hacia adelante. Y suerte que se hacía de noche, si no a estas sí que no hubiera habido forma de ocultarlas. De no estar tan triste, el capitán se hubiera reído, aunque no sea más que por lo patético de llamar a esto suerte.
Esa noche todos durmieron menos él. No fue tanto el temor a que el sueño descontrolara por completo esa debilidad que lo había poseído, sino que el constante correr de agua por sus ojos le daba un cosquilleo fatal. (Y estándose quieto y despierto de noche el capitán pensó en el miedo a los indios, que no era sino el miedo a la muerte dolorosa, adeonada por las historias que corrían, y el miedo a sus hombres, que no era sino el miedo a la vergüenza y a la pérdida de poder, y trató vanamente de distraerse tratando de decidir cuál era peor.)
Casi al amanecer la lluvia llegó, como siempre, como una catarata, y los dos pequeños arroyos se perdieron en el dulce mar, y el capitán se durmió muy pero muy profundo, tanto que sus hombres, a quienes la misma lluvia hizo despertar, llegaron a pensar que había muerto. Y no supieron si estaban tristes o contentos, pero por las dudas y por no ocurrírseles nada mejor que hacer, se sentaron a esperar.
Tanto miedo tenía el capitán de que lo vieran llorar que, sin importar cuan agotado y cuan profundamente dormido estaba, en el momento en que la lluvia se detuvo, abrió los ojos y se puso de pie, y sin más palabras volvió a emprender la caminata.
Pasaron las horas. Saltando un gigantesco tronco podrido estaba, cuando extrañas ideas empezaron a dibujarse en su mente. O eso creyó. Vio formas que se movían en la espesura. Después fueron ruidos casi imperceptibles de ramitas quebradas. El capitán Covarrubia levantó la mano y sus hombres se detuvieron. Se quedaron muy quietos esperando que pasara algo. A esta altura ya no quedaba quien no hubiera comprendido en todos los sentidos posibles que estaban perdidos, y la posibilidad de encontrarse con alguien les daba una sensación mezcla de pánico y esperanza. Pero aunque trataron no escucharon nada. Ni siquiera los pájaros que no habían dejado de cantar y conversar desde que llegaron a la isla y cuya voz sólo se aplacaba tras el chisporroteo de la lluvia. A veces era como un grito que se repetía semejando el eco en las montañas cada vez más suave hasta perderse; otras veces parecían las gárgaras de un niño resueltas en una gloriosa carcajada. Pero entonces, nada. Ni la lluvia. Sólo el silencio como nadie más que la selva sabe hacerlo. Un silencio tramposo que hace contener la respiración y desear que se calle, aunque no del todo, el corazón. Pero el corazón no se calló, y en el vacío su sonido sonó como tambores de guerra cuando lo que hubiera querido es transmitir un pedido de auxilio. Y en medio de ese rítmico silencio el capitán Covarrubia, que desde que abrió los ojos esa mañana no había dejado de llorar, sin poder contenerse un instante más estalló en un grito desconsolado, tan violento y colmado de congoja que sus piernas se aflojaron y quedó de rodillas con la cabeza agarrada entre las manos. Sus hombres salieron corriendo presa del espanto, como si hubieran visto al diablo, seguros como estaban que el que sí lo había visto era el capitán. Y los indios, que los venían siguiendo desde hacía días tratando de descifrar el mensaje de las pieles blancas, las largas barbas y los botones brillantes -necesitados de tomar una decisión antes de que se acercaran demasiado a sus casas- ellos a quienes todo en estos hombres resultaba extremadamente extraño, reconocieron sin lugar a dudas la expresión de un hombre quebrado. Entonces bajaron sus armas y esperaron. Dejaron que la metralla de lágrimas se descargara y cuando amainó se acercaron a quien, incapaz como estaba de oponer resistencia, llevaron arrastrando hasta el poblado.
Allí lo cuidaron como si estuviera enfermo, lo llevaron al estanque a que se bañara como si estuviera sucio, le dieron de comer como si estuviera hambriento y lo dejaron dormir por algún tiempo. Soñó o creyó soñar con sus hombres que reían, con la reina que reía y hasta con su cacatúa que lo señalaba con el pico y se reía a carcajadas de sus lágrimas. Y en medio del sueño él también se rió, y se dio cuenta de que ya nada de eso le importaba. Cuando finalmente despertó o creyó despertar, lo primero que notó fue que sus ojos estaban secos. Lo segundo fue que se sentía liviano como un pájaro. Cerró los ojos sin saber si estaba vivo o muerto, y entonces se dio cuenta de que eso ya tampoco le importaba.
***
Daniela Rojze,
nacida en Buenos Aires, su primera relación con el mundo del arte fue a través de la música. Estudió violoncelo desde temprana edad y, a los quince años, se convirtió en primer cello de la Orquesta Juvenil de Radio Nacional. Más tarde integró la Orquesta de Cámara de Banco Mayo, una de las más prestigiosas de la Argentina.
Durante algo más de cinco años vivió en Israel donde, sumergida en el idioma y las costumbres de Medio Oriente, creció en ella una fascinación que la impulsó a poner sus experiencias por escrito y, más tarde, a estudiar la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires.
Como los toreros tremendistas, la autora nos lleva a un momento trágico y preciso de la vida y aventuras del capitán Covarrubia. Con destreza nos hace sentir los pensamientos, las vacilaciones y el heroísmo de este militar desconocido.
Ha publicado cuentos y artículos de crítica literaria en revistas argentinas y de otros países latinoamericanos, como así también en su web site, www.danielarojze.com, donde la literatura comparte espacio con las artes plásticas.
En el año 2003 inmigró a Canadá y vive desde entonces con su familia en la ciudad de Toronto.
[an error occurred while processing this directive]
|