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3º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2006
Los cuentos

Cerrando el círculo

por Anita Junge-Hammersley

SEGUNDO PREMIO en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2006
Toronto, Ontario, Canadá

Cerrando el circuloEl taxista conduce como un loco desaforado y en medio de su angustia mi abuela me pregunta si tengo el celular para que la llame desde el terminal, sí, le digo, y ya la echo de menos, y que llame a su hermano apenas llegue, puede que se le olvide, dice, y le prometo que lo contactaré aún cuando vea a Tani saludándome desde el balcón, ya vamos llegando a la puerta de Air Canada y veo a Flora haciéndonos señas, entre tanto gringo y ella morocha venezolana, sabe que me gusta llegar adelantada para no correr, dame la mano abuela, no te vayas a tropezar ahora que llegamos vivas, el chofer sacará la maleta, sabes que viajo con poco, digo, qué ajetreo fue el organizar este viaje repentino que resolverá tantas preguntas, ojalá encuentre a mi abuelo, el objetivo de mi viaje, las pistas para ubicarlo no llevan a ningún lado, porqué tanto misterio.

Allí vienen a mi encuentro, las amigas me felicitan porque llego y porque me voy, si durante mi cumpleaños festejamos todo junto dos semanas atrás y ahora parto sola sin estar sola, sólo voy sola y bien acompañada de la autobiografía de mi abuela, es porque te quieren, leo en sus ojos viajados, pero si vinieron todos, tanta gente, y más rato estaré rodeada de cientos de pasajeros que compartirán dos baños diminutos conmigo, en el que espero no me trague el agujero con el remolino azul que me expulsará como un dragón hacia Cuba o a Venezuela, dependiendo del viento y la altura, si los tornillos del avión están sueltos, qué piensas, dice Flora, quien no se pierde un gesto de mi cara ni una doble v en una conversación, ahora acerquémonos al mesón para confirmar el pasaje electrónico dice, no, le digo, si hay terminales como en el cine, compras billetes con la tarjeta de crédito, lo mismo haré aquí, ayúdame con el carro que está algo pesado, por favor lleva a la abuela de vuelta a casa una vez que pase a policía internacional, no quiero que tome un taxi con la pensión que recibe.

Menos mal que no tengo que aterrizar en los Estados Unidos, me voy directo a Santiago, sin problemas, ay niña, cuidado que me vieron entregando la maleta y no alcanzaré ir al baño antes de dirigirme a policía, vienen a despedirse ahora, no hace más de diez minutos que me dieron la bienvenida, digo, tranquila que es parte de la ceremonia, dijo, te presento a la amiga que compartirá mi departamento el próximo semestre, dijo Flora, me voy a hacer vida de estudiante, no, no me hables de la universidad, acabo de terminar el semestre, grité en silencio, gusto de saludarte, digo amable, aterrada ante el prospecto de su abrazo enorme, el gusto es mío dice, mientras toda su humanidad me aprieta dejándome sin aliento, logro zafarme con la sonrisa fija, los ojos vidriosos, para caminar juntos hacia la puerta de control que está más allá.

El aeropuerto es un corral enorme y moderno en el que me pierdo, nos perdemos y luego nos encontramos, en medio de los anuncios por los altoparlantes, para luego despedirnos por enésima vez, feliz viaje resuena en la bóveda del lugar, como en las bóvedas en las estaciones de trenes, algunas estaciones de metro y en las catedrales, los saludo con una sonrisa, levantando el brazo con un gesto de despedida, escríbenos o envía postales llaman las voces sobre las voces de otros parientes, de otros pasajeros, no quieren que me vaya, esa es la verdad, aunque me ven de vez en cuando nada más, les preocupa el vuelo, me da miedo volar, la abuela lo sabe, cálmate mi amor dice, es bueno soltar los nervios, digo, tu cara es una mueca, el pelo un desastre, dice Flora, piensa en el vaudeville en el que actuaste con la abuela, ríete con el recuerdo de lo bien que lo pasan juntas, cierto, le digo, llevando a mi abuela de la mano hacia la puerta conmigo, mis padres siempre juntos ya me besaron, observan desde lejos, como me despido de ella con cada paso, cada gesto, sin dejar de sonreír, con Shawn al lado, están todos más distantes, menos Shawn, quien a lo largo de todo ese tiempo me miraba con expresión de mimo, delatando su amor de mil maneras, sin llamar la atención del grupo que me acompaña, luego me seguía, enseguida lo seguía, nos seguimos porque nos seguiremos siempre.

Tengo todo, toco el bolso, siento la billetera, no, es la cámara que tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, no olvides de enviarles fotos, no te lo perdonarían, suelo tomar pocas fotos, como puntos de referencia de mis impresiones, no soy fotógrafo ni tengo un fotógrafo, sólo tengo a mi amor rodeándome con sus ojos, la cámara en la mano, te quiero me dice, los demás no importan, las fotos lo cuentan todo, no puedo perder mi cámara, porque no puedo recuperar las fotos, digo, la tarjeta de crédito se recupera para comprar otra cámara digital del tamaño de una tarjeta de crédito dice Shawn, siempre olvido sacar fotos, no falta quien que me lo recuerde, te saco una foto, no poses, que no sale natural, date vuelta, camina más suelta, relájate, sonríe, tápate el escote, mueve la cabeza un poco más hacia la derecha, junta los pies, sé natural, hasta que me doy vuelta y resulta una foto marchándome en sentido contrario.

El viaje está cerca, detrás de los agentes, paso a verificación, veo el monitor, mis enseres dentro del bolso parecen objetos peligrosos, limas de cartón para las uñas, me molestan los radares que enmarcan mi presencia hasta entre las piernas, traen al presente lo que cuenta mi abuela cuando la llevan detenida, de cómo la tratan en su propia casa, tolerando la revisión, esta vez con cuatro manos y dos metralletas hundidas en su cintura, sin decir nada, se la llevan al retén, luego la suben a un autobús de carabineros, para el viaje de veinte minutos, los torturados en el suelo, ella y las demás detenidas de pié sobre los ensangrentados, culatazos a los que gimen, culatas bajo sus polleras, en Toronto vamos colgando de los fierros, bailando como jamones empujándonos y pisándonos unos a otros hasta llegar al terminal nuevo del aeropuerto, embarque para América del Sur, no hablo con nadie, parientes y amigos parten a casa uno por uno, nosotros en el terminal, palabra que no me gusta por el uso universal, cubre suplicios, el fin de un viaje que quisiéramos continuar, amores trágicos, todo reversible, cuestión de voluntad, al fin de cuentas nos llevan de un desembarcadero a otro, en vuelos largos, cortos, sentados sobre contenedores de combustible, la comida no es un sueño, pido ensalada, veo la película, una comedia, como, me acomodo en los cojines y me cubre la frazada, me río desde un comienzo, y luego me sorprende ver a mi abuela entrar en la celda, somos setenta y cinco mujeres, todas la miramos en forma solidaria, mientras los tenientes la manosean entera, se van, y le explicamos cómo marcha la cosa, algo le sucede porque no siente miedo, la observo durante tres días y sólo al cuarto sucumbe, lloramos juntas, ella en mal estado, abrazándola, se ve tan joven con su minifalda, no molestamos a las demás prisioneras, alguien me toca el hombro avisándome que tengo una pesadilla, me ofrecen agua y vuelvo a dormirme, perdiéndome la aguja larga del amanecer, roja como los copihues, antes de estallar para dar paso al sol, según mi abuela.

Me despiertan con el desayuno, el avión descendiendo, mientras me refresco la cara y el cuello con agua fría, me cambio la blusa, me amarro el pelo, pero quién me abrazará primero, estoy tan feliz de saberme pronto con la familia, no importa quién sea, los árboles crecen rápidamente al aterrizar, veo la cordillera de los Andes extensa con un manto blanco y sombras azules, la cordillera central verde, aparecen las chozas, luego las casas, veo los automóviles por carreteras estrechas, un retoque de maquillaje, estamos aterrizando, qué alegría y anticipación por conocerlos a todos, encontrar al abuelo con el poder que me dieran sus hijos y ayudarlo en lo que sea en nombre de la compasión que todos merecemos, aterrizamos, espero mi maleta, recorro con la mirada el balcón sobre las correas transportadoras y descubro a una anciana de cabello blanco, tiene que ser la Tani, mi bisabuela, saludo levantando el brazo, ella agita una flor, sonríe enjugando una lágrima, como para no olvidar este momento, lanzo besos, grita la sangre, se me pasa la maleta, qué más da, la veo apoyada en alguien, probablemente mi tía abuela, la menor de los hermanos, rescato mi maleta, paso por aduanas con una rapidez sorprendente, la gente esperando afuera agitando letreritos con nombres, llamando, gritando, mientras salgo al pasillo y me fundo en los brazos que me esperan desde que nací.

 

***



Anita Junge-Hammersley,
nació en Santiago de Chile. Completó estudios de literatura francesa y traducción en el Collège de Limoilou, Québec. Ex-prisionera política y comprometida con los derechos humanos, escribe para decir lo que tiene que decir, en forma de poemas y narrativa. Su obra "Desde mi celda" fue publicada en "Canto para un prisionero", en solidaridad con los presos políticos turcos.

El cuento que ganó el segundo premio en nuestra palabra 2006, “Cerrando el círculo”, describe el flujo de conciencia de una joven cuyo viaje la lleva entre el sueño y la realidad, en el vuelo por la prisión y las pistas del abuelo perdido, hasta fundirse en los brazos que la esperan desde que nació.

La autora que reside en Ottawa desde 1989, es una destacada artista visual que ingresó al campo creativo literario hispano canadiense con una mención honrosa por el cuento “La telaraña”, en el concurso “nuestra palabra” 2005. Esperamos de ella muchos logros literarios más...



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Publicado 16 de abril de 2007
 
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