Un común presentimiento
por Herley Ramírez
Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá
Las nueve de la noche. Hoy llegué temprano a mi apartamento. Fue por cansancio, por puro cansancio que no asistí a la conferencia sobre el desarme que dictaba el camarada José. La discusión con los alumnos de sexto sobre la obra de Gabriel García Márquez me dejó muy agotado. Qué grupo de muchachos tan interesantes. La pregunta de Daniel fue la que abrió la discusión. ¿Por qué el tiempo en la obra de Gabo no es continuo? ¿Por qué comienza con el pasado e intercala el futuro con el presente y el pasado? ¡Qué discusión tan bella! Con muchachos así sí vale la pena trabajar. Esos son mis pensamientos mientras caliento el café y me quito esta brumadora ropa. Siento un hálito de libertad fugaz que se esconde ante la fría temperatura de la noche cuya bruma reverbera en las lámparas que iluminan la calle; entonces debo colocarme la sudadera que uso como pijama para calentarme un poco.
Después coloco un cojín en el costado derecho del sofá y me tomo una taza de café caliente. Repaso el día y vuelve a mi mente la discusión con los muchachos de sexto. Me acordé que para mañana debo explicar la obra de Kafka en el curso de literatura de la universidad. Debo leer algo, o mejor dicho, repasar lo que ya he leído. Antes de que me coja el sueño aquí, voy a la cocina, enciendo la luz y observo que dos pequeñas cucarachas huyen espantadas a su refugio; saben que yo soy su peor enemigo; lo saben por su instinto de conservación. Sobre el lavaplatos se encuentran: un plato de porcelana china que me regalo mi madre y el pocillo marca “Corona” con letras en inglés que me obsequió Aurora el día de mi cumpleaños. Los lavo, los seco y los coloco dentro del gabinete amarillo y oxidado que tengo desde que me pasé a este apartamento húmedo, hace dos años. Realmente esta cocina es muy pequeña, pero para mí es suficiente; tiene una estufa eléctrica de dos hornillas, un lavaplatos y una mesa de madera. En la alcoba tengo mi biblioteca, un nochero, una lámpara, una grabadora y la cama doble de madera donde compartí mis intimidades con Aurora, desde que me salí de la casa, hasta el día que decidimos poner fin a la relación, porque descubrimos que no podíamos vivir juntos dos seres diametralmente opuestos.
Soy machista, independiente, autosuficiente y con falsos sentimientos de superioridad. Ella es materialista demasiado dependiente y posesiva. Solo podía existir entre los dos una relación dominante, severa y sutilmente dominante. Comprendimos que era un amor bellamente falso. Es hermosa; pertenece a la noche oscura con luz de luna, por sus brillantes ojos negros, por su pelo juguete del viento, y por su piel morena, bruñida y brillante como la más fina de las porcelanas. Ella es fresca y sabrosa como un helado de chocolate.
Todo empezó a desvanecerse lentamente desde el día en que nos dimos el uno al otro. Realmente lo descubrí todo fácilmente. El poder activo derroto a la pasividad sumisa. Y ahora estoy aquí. La soledad es mi compañera. Ya no tengo oposición, no soy dominante porque no tengo a quien dominar. Tampoco me oprime el amor, pero el deseo me acosa en esta fría noche de lluvia, recorre mi cuerpo y cosquillea mis entrañas. La necesito. Pienso en ella, siento que la amo, medito en el amor y todo lo veo confuso.
Regreso a la cocina, abro la nevera y me tomo la leche que encuentro. Veo que no tengo huevos, ni leche, ni pan para el desayuno de mañana. Tengo que salir más tarde a la tienda de la esquina a comprar todo esto. Vuelvo nuevamente a la sala-comedor. Es una pequeña sala donde pude meter un sofá, una pequeña alfombra hecha por los artesanos indígenas del Cauca en cabuya y lana; varios cojines de algodón que hizo Aurora en la maquina de coser de mi madre, un escritorio de madera que hizo mi padre en su taller de carpintería, una silla de piel de vaca, y un grueso cojín de algodón. Llego al escritorio y enciendo la lámpara, saco de la pequeña biblioteca el libro “La Condena” de Kafka, lo abro en donde empieza el cuento: “Un fratricidio” y lo leo.
Llueve. Por la ventana entreabierta sopla un viento helado que empuja la cortina de tela. El frío es fuerte y me hace tiritar. Coloco el libro abierto boca abajo para que no se me cierre. Me levanto, corro hacia un lado la cortina y mis ojos traspasan con su mirada el vidrio de la ventana y veo la lluvia caer y desparramarse en la calle. La calle está sola, nadie se atreve a mojarse. Siento un deseo repentino de salir y recibir toda el agua que me pueda caer. En este momento veo pasar raudo un carro rojo que salpica al paso, me corro dos pasos a la derecha y miro oblicuamente hacia la izquierda; observo a dos muchachos que conversan alegremente en la esquina y ríen; escampan recostados contra la pared del almacén. Al frente de ellos, una moto roja estacionada al borde del andén, se moja.
Lateralmente me muevo cuatro pasos a la izquierda y miro hacia la derecha. La tienda de don Jerónimo esta abierta. Una niña como de diez años sale corriendo con una sombrilla y varias cosas que ha comprado. El vecino del primer piso está con su perro maltés y su bastón; en su mano derecha agarra una botella de cerveza, y con la izquierda la acaricia mientras conversa con el tendero. La calle se llena de neblina y la lluvia aumenta. Cierro la ventana, corro la cortina y me siento nuevamente en el escritorio.
Reflexiono por un instante acerca de la naturaleza humana. Su complejidad para vivir en sociedad. Es más sencilla la vida de los animales, pelean, juegan y defienden su alimento, pero no se exterminan, ni premeditada, ni sistemáticamente. No tienen ideologías. Pienso que deberíamos aprender de los animales esto. Debieran de existir las ideas, pero no las ideologías. El hombre no ha sabido organizarse para gobernar la naturaleza que Dios le dio. La ambición de poder lo ha llevado a cometer actos de violencia contra sus hermanos hasta el exterminio. El hombre vive enfrascado en un juego de intereses sin fin y sin fondo; parece que la ley del más fuerte se sigue imponiendo como en la etapa primitiva, donde la anarquía era la única forma de convivir.
Saco el papel que me dejaron hoy sobre el escritorio en la universidad y lo leo perplejo. Definitivamente no sé qué pensar. Es muy incisiva, fría como la muerte, y simple y fea como el hombre ha convertido la vida. La nota dice:”Miguel Porras, prepara tu tumba, perro comunista, a todos los exterminaremos”, La piel se me eriza por un rato y mi cuerpo tiembla de frió y estupor. Arrugo y aprieto el papel entre mi mano derecha y lo arrojo en la basura. En voz baja digo: Esos deben ser algunos entupidos “fachos” que quieren amedrentarme para que me retire de la vida política, pero no les voy a dar importancia. En este país la gente juega sucio; mejor seguiré leyendo el cuento de Kafka.
“El fratricidio” es la historia del asesinato de Weber por su propio hermano. La forma como lo acecha también en una noche fría como esta. Su esposa lo espera como todas las noches, pero esa noche sólo llegó hasta el umbral de su casa, pues su victimario rompió de un asalto su cuerpo con un cuchillo de cortar cueros. Kafka no explica qué motivos indujeron al hermano de Weber para matarlo, pero pienso que fue una crisis de paranoia, motivada porque la victima tenía mejor suerte en la vida que él. Termino la lectura y me acuerdo de la leche, el pan y los huevos.
Tomo el paraguas, me coloco la gabardina y salgo del apartamento. En la calle miro para todos los lados y no veo a nadie. Los muchachos de la moto roja ya no estaban en la esquina. Llego a la tienda de don Jerónimo, lo saludo, le pido la leche, los huevos y el pan, le entrego el dinero exacto del valor de los artículos, tomo la bolsa que me entrega, y me despido.
Salgo de la tienda, atravieso la calle, camino por la acera para llegar a mi casa. Siento un frío que me hiela hasta los huesos. De la otra esquina veo salir como un fantasma arrasador, la moto roja que vi anteriormente. El hombre que venia en el asiento de atrás saca un arma y me dispara sin parar. El sonido de guerra me quema y me destruye. Mi alarido se rompe con los huevos que caen al piso, con mi cuerpo y mi lamento; atravieso el túnel de lo indecible y me encuentro con aquellos que cabizbajos me ven llegar sin decirme nada porque entonces ya lo comprendo todo.
***
Herley Ramírez,
nació en Cartago, Valle del Cauca en Colombia. Se graduó de abogado en la Universidad Santiago de Cali. Realizó una Maestría en Desarrollo Socio Económico en la Universidad Santo Tomas de Bogotá, y se especializó en Derecho Administrativo en la Universidad Santiago de Cali. Fue catedrático de Derecho Constitucional en la misma universidad de 1990 a 2002; también ha sido profesor de Derecho Comercial y laboral en la Universidad de San Buenaventura de Cali y en el ICESI de Cali.
Ganó el segundo puesto en el concurso histórico-literario organizado por el Archivo Histórico de Cali en el año de 1983. Mención Honrosa en el concurso de cuento Juan Rulfo de Radio Francia Internacional. Y ahora, Mención Honrosa en el concurso de cuentos Nuestra Palabra con “Un común presentimiento”, una narración que con claridad cotidiana nos hace entrar en la mente y sentimientos de Miguel Porras. Su estilo sencillo e impactante nos deja con el deseo de leer más de su obra creativa.
[an error occurred while processing this directive]
|