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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

Mi arce en arce

por Pastor Valle-Garay

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

Mención Honrosa: Mi arce en arceYa lo habían plantado cuando nos mudamos al vecindario cuatro años antes. Verde esmeralda. Hermoso, saludable. Bajito comparado con los demás. Único por lo pequeño. En nuestro suburbio de casas en serie, arquitectura-a-la-carrera, monótonas residencias de indefinido diseño neocanadiense que por lo idéntico se confunde, el arce ocupaba un sitio especial. Por subdesarrollado. Además era mi brújula al regresar del trabajo.

Desnudo en el invierno sus peladas ramas imploraban oxígeno del cielo. Las nubes, sin embargo, solo cargaban nieve. Las ramas parecían raquíticas, antiguas antenas de aluminio que la gente colocaba en los techos antes del cable digital y que descartaban al hacerlas trizas los elementos. Pero bastaba con divisar sus esqueléticas extremidades para sentirme satisfecho que había llegado a casa, particularmente durante las heladas noches invernales. Indicaban el fin de mi jornada tras caminar cansado, maldiciendo y tiritando el kilómetro que separaba la parada de autobuses de una triple neumonía.

Era otra cosa en el verano. Nuestra arboleda revestía de esplendor la indiferente avenida. Adquiría un aspecto acogedor, señorial. Madura, y en ambos lados de la espaciosa vía, lucía frondosa, coqueta su traje de intenso verde veranero. Las tupidas ramas se entrelazaban en cúpula a 40 pies del suelo, elevada bóveda sugiriendo a veces acogedora alameda y otras la nave central de una catedral de bosque.

No así mi arce. Pobre huérfano. Por mucho que lo intentara no alcanzaba la meta que la naturaleza y la municipalidad lograron con los demás. Lo fertilizaba dos veces al año. Lo regaba día de por medio y seguía con el síndrome de Peter Pan, el niño del cuento que rehusó crecer. No maduraba. Mientras más pensaba que viviría acomplejado ante lo majestuoso de los demás, más agua le echaba. En vano. Se disparó la cuenta del líquido pero no aceleró su crecimiento. Seguía enano. Metáfora de los niños desnutridos del Tercer Mundo. De ahí que le guardase especial cariño. Me consolaba la ilusión de que con el tiempo y mucho cuidado sería fuerte, hermoso y sus ramas tocarían el cielo.

El arce tenía protectores. Desde tiernos mis cuatro hijos aprendieron a respetar las plantas, flores y árboles tanto como a los adultos. Al llegar la primavera sembraban la hortaliza que les premiaría con deliciosos vegetales y frutas en el verano y hasta bien entrado el otoño. Gozaba pues el arbolito del cariño de los pequeños quienes, a pesar de las típicas travesuras de su edad, juegos de fútbol, básquetbol, carreras en bicicleta y patines, bolas de nieve y distracciones al aire libre, lo protegían. No permitían que sus compañeritos de juegos colgasen de sus ramas. Por temor a romperlas. Invariablemente les amenazaban con la exagerada advertencia de que la policía se llevaría preso a quien quebrarse una sola rama aunque fuese accidentalmente. No ocurrió.

A diferencia de los desafortunados niños centroamericanos, el arbolito no padecía de enfermedad alguna. Se veía normal. Medía apenas tres metros. Pequeño para un arce en la pequeña comunidad de su nombre, Maple. Sin embargo lo que no tenía en estatura lo manifestaba con creces en su perfecta armonía con la naturaleza. La paleta de otoño pintaba sus hojas a las mil maravillas y en la primavera cambiaba otra vez de maquillaje.

Era fascinante observar su transfiguración al prepararse para invernar. Su verde follaje paulatinamente se transformaba en transparentes amarillos, rojos oscuros y dramáticos marrones, todo un vibrante lienzo que descartaría en breve, en último suspiro que anunciaba el inexorable invierno. Tan otoñal como la más exuberante muestra de la estación. Para noviembre se desprendían lánguidas las hojas muertas desapareciendo para retoñar puntualmente en la primavera. Claros indicios de esperanza, de renovación.

Al invernar sus ramas quedaban expuestas. Las extendía cual largos, flacos brazos, manos y dedos que daban la impresión de cansado, frágil anciano. No lo era. Dos o tres nidos abandonados atestiguaban de su juventud, de su fortaleza y de su capacidad de acoger vida. Por la primavera, parejas de tórtolos anidaban en su regazo. Depositaban huevos, nacían las avecillas para alzar vuelo y retornar al año siguiente.

Quién sabe si retornarían las mismas parejas año tras año. Pero no sería extraño. Solo los humanos se ufanan de superior inteligencia creyendo que la fenomenal memoria del chip de la computadora es la madre de Tarzán. Olvidan que el diminuto cerebro de un ave o de una hormiga cumple funciones infinitamente más complejas que el chip electrónico. Por milenios los tórtolos retienen datos para orientarse, sobrevivir los rigores del tiempo, anidar y reproducirse en los arces del mundo, enriquecer de susurros el ambiente y continuar el interminable milagro de la supervivencia. Proceso más perfecto que la tecnología moderna más avanzada. En mi arce las aves lo repetían con maravillosa precisión.

Siguió así hasta que ocurrió lo inusitado. Se derritió la nieve. Despuntó la primavera. Los niños, pequeñitos osos hastiados del prolongado encierro, abandonaban madrigueras para retozar al aire libre. Una tarde sonó el timbre. Las manitas de Domenic cargaban huesos blanquedos por la nieve, el entierro y el tiempo. Habían más cerca del arce, dijo. En efecto, ahí estaban. A flor de tierra. Pequeñas costillas buscando la luz del día. Empujando hacia afuera. No fue difícil sacarlas. Menos aún echarlas al basurero.

Ese fin de semana, cuando los chicos practicaban fútbol, le conté al padre de Domenic, amigo e inspector de policía, el curioso hallazgo de los huesos. No se inmutó. Cambió el tema. Dos días después, cuando salía al trabajo, noté una cruz anaranjada pintada en el césped, cerca del arce. No le puse atención. ¡La ciudad sabría lo que hacía! La acera y los árboles les pertenecen. Al volver a casa por la noche todo seguía igual.

Al día siguiente me asomé a la ventana. Presentía algo extraño. Nunca me imaginé lo que me esperaba. Por un instante me traumatizó. Donde antes crecía el arce ahora bostezaba un enorme hueco, mudo testigo de su ausencia. ¡Quién sabe quién o cómo o cuándo lo cortarían a ras de suelo y se lo llevarían! No quedó nada. Ni una hoja. En su lugar colocaron una cinta amarilla de las que emplea la policía en sus investigaciones.

Quise comprender la magnitud de la situación pero solo logré enfurecerme por el despale. Pronto llegaría la respuesta. Dos detectives llamaron a la puerta indagando sobre la osamenta. Les señalé el basurero. Sin más palabras los policías enfundaron manos en guantes plásticos, sacaron los huesos, los colocaron en una bolsa y se los llevaron advirtiendo que nadie tocara el área alrededor del arce. Les pregunté quién cortó el árbol. Me dieron una respuesta tan ilógica como el arboricidio. No les competía. Habría que llamar a la ciudad que tampoco aclaró nada. Un camión municipal, ante la congregación de niños curiosos, excavó un hoyo tan profundo como un pozo y extrajo las raíces del arce. Llegó la policía y hurgó más huesos. Los recogieron. Cubrieron los escombros y se marcharon. Aquí no pasó nada.

Días después el padre de Domenic me suministró escuetos detalles. El previo dueño de mi casa tenía harto historial en negocios turbios. Traía toneladas de uvas californianas y hacía vino ilegal. Otras las vendía al mayoreo sin reportar impuestos. Tampoco pagó el importe de las uvas y los distribuidores le demandaron por dos millones de dólares. Igualmente le buscaban los federales por otro tanto en impuestos rezagados. Más curioso aún, la mafia local quería charlar con el viejo sobre el paradero de millones de dólares, su comisión en la venta del vino ilegal. Pero se esfumaron hombre y dinero sin dejar pistas. Compramos su casa. Saltaron los huesos del suelo. Cortaron el arce.

La prensa le dedicó tres párrafos. Rutina. En artículo anterior reportaron la exhumación de 15 esqueletos. Se trataba de un cementerio indígena. Esta vez el médico forense concluyó decepcionado que nuestra osamenta no era humana. La gendarmería no comentó. Al viejo zorro se lo tragaría la tierra. Enterrarían sus huesos bajo otro árbol. Tampoco se sabe. Pero como por encanto se esfumaron policía, empresario, municipalidad y arce.

Sentí indignación. La burocracia no ofreció disculpas ni explicación. Llamé para que lo repusieran. Como oír llover. Esperé un año. Lo reemplazaron con un palillo de dientes. Parecía huérfano. Con suerte crecería. Los demás árboles pretendían que no lo conocían. Daba lástima. Lo afianzaron a tres estacas de acero para que no lo derrumbaran los elementos sin embargo en la primera embestida invernal quedó malparado. Lo enderezamos.

La imaginación infantil alardeó de descubrir la supuesta osamenta del criminal enterrado bajo su sombra. Lo bautizaron el arbolito del muerto. Aparte del macabro obituario, es un árbol inconsecuente. Quizá crezca y madure robusto. Quizá. Lo único cierto es que una vez frondoso, indicará el camino a otra generación. La de hoy se habrá marchado. Quizá para siempre. Como el misterioso traficante. Quizá el hallazgo de los niños se convierta en leyenda y perdure más que el arce. Por ahora, ni los perros lo mean.

 

***



Pastor Valle-Garay,
incursiona en nuestro concurso de cuentos con gran éxito, con “Mi arce en arce” una historia que refleja con humor satírico las bondades y sorpresas que el sistema canadiense tiene para los latinoamericanos. Originario de Nicaragua, ciudadano canadiense, con educación universitaria en California y Toronto, profesor jubilado, con 37 años de docencia. Enseña en el departamento de Idiomas, Literatura y Lingüística de la Universidad de York, en Toronto, Canadá. Enseña en el Programa de Maestría Internacional en Administración de Empresas (IMBA), Escuela de Negocios Schulich, de la Universidad de York, Toronto, Canadá. Fue diplomático del Gobierno de Nicaragua en Canadá (1979 – 1989). Es corresponsal acreditado en el extranjero para diarios de Nicaragua desde 1954. Escribe artículos de opinión en inglés, español y francés para diarios canadienses, estadounidenses, GRANMA (Cuba); El Nuevo Diario y La Prensa (Nicaragua); en Toronto escribe para TorontoHispano, Correo Canadiense, El Popular, Latino Post, The Globe and Mail, Toronto Star, NOW, Corriere Canadese, Tandem, The Liberal, Rabble.

Otras publicaciones incluyen:

• Doce poemas y una esperanza, Poetry (1978)
• Nicaraguan Portfolio, Photo Essay (1990)
• Publishers’ Reviews, Spanish Grammar and Cultural
• Texts for Canadian Universities (1980 al presente)
• Foreword, Poetry by Dr. Federico Allodi (2004)
• Canadian Who´s Who, 1989 al presente.
• Who’s Who in Toronto, 1984



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Publicado 02 de Marzo de 2006