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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

La puerta abierta

por María del Rocío Acosta Rodríguez de Zupanc

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

La puerta abierta

A lo mejor llegó antes.
No, estoy segura. Ya no ha de tardar

El hombre a su lado no podía disimular su contrariedad. Formaban una pareja curiosa: Ella, pequeña y robusta, con el abrigo rojo y su prendedor tricolor. Su cabellera negra era el marco perfecto para sus ojos oscuros y tristes. Él, muy alto, desgarbado, con la ropa descuidada, y su piel blanca, demasiado, como si hubiera pasado años sin haber visto la luz del sol. Pero en medio de aquélla vorágine de gente que pugnaba por alcanzar el metro en plena hora pico, cada quien volaba en su propio Mundo, y aquellos dos pasaban totalmente inadvertidos.

Te digo que a lo mejor ya se fue.

Si quieres, vete. Yo puedo esperarlo sola.

Una señora pasó cerca de ellos, con una niña en su carreola. La niña sonreía, y su carita estaba iluminada mientras mordía un dulce en forma de sonaja. Ella sonrió también, y él dijo:
no te dejaré.

Hoy se cumple un año, y sé que va a venir. Siempre toma el metro en esta estación. Sale a comer al mismo restaurante, a las doce en punto. Le gusta ir siempre en el vagón delantero, porque se marea si no va viendo el camino de frente. En las noches se pone a ver la tele en el mismo canal, su show tradicional, y luego se va a dormir.

Lo conozco muy bien.

-Siendo así, no sé cómo te enamoraste de ese tipo.

Se arrepintió de ser tan duro cuando vio que en sus ojos palpitaban dos lágrimas, dolorosas y calladas. “Mejor cierro el hocico” pensó, y fingió no haberla visto a punto de quiebra.

Luego escuchó su dulce voz:
Pues lo sigo amando. Aunque me engañó, ya lo perdoné. Cuando lo dejé, hice de su vida un infierno. Yo debería de haberle creído lo que me dijo entonces: que la otra no le importaba de verdad. Tengo que hablar con él, cueste lo que cueste.

No pudo aguantarse más, y replicó:
Entiendo que lo ames, y hasta que lo hayas perdonado aunque te hizo el sancho. Pero ¿todavía te echas la culpa? Él se buscó lo que tiene. Estás mal, muy mal.

Por primera vez le pareció verla enojada:
-Mira quién habla, ¡como si tú fueras tan perfecto!

Tenía razón. ¿Quién era él, sino un perdedor, un vago cualquiera, enamorado sin remedio de aquella mujer que sólo pensaba en el hombre que la había traicionado? Ni siquiera se hubiera atrevido a tocarla, aunque hubiese podido. Ella, tan hermosa, llena de pasión y esperanza, aún en ese universo de sombras y de olvido.

“Nunca voy a tener los huevos para decírselo. Prefiero purgarme del coraje con las historias de su ex, que perderla.”

Recordaba el primer día en que la había visto, exactamente hacía un año, vagando llorosa y confundida entre el relajo de la multitud y un operativo policiaco. La casualidad los había reunido cuando ella, sin nadie más a quien acudir, le había confiado su sufrimiento.

Acababa de descubrir que su marido la engañaba. A ella, que había dejado su tierra y familia por él, que trabajaba a lomo partido para ayudarlo, quien sólo pensaba en hacer feliz a su esposo, siempre optimista, cariñosa y entregada... y ese mismo día, en medio de su agonía, el destino los presentó y los volvió compañeros, en un intento por subsanar quizás la desgracia de sus circunstancias.

La mujer seguía viendo hacia la escalera. “Si tan sólo pudiera tocarla...” alargó su mano callosa hacia la piel de su cuello, y luego se arrepintió, y se cruzó de brazos.

-¡Ahí viene! – escuchó que decía, ahogada de emoción.

Él sintió celos.

“Cómo ha envejecido” pensó ella enternecida, observando al hombre que caminaba rumbo al metro con aspecto cansado. Su cabeza tenía algunos espacios blancos, y aún traía puesto el anillo de casados.

Su corazón tembló de Amor, y luego lo perdió de vista entre el maremágnum de gorros y abrigos que se desataba hacia los vagones.

-Corre - le dijo ella - hay que alcanzarlo.

“Es inútil”, pensó amargamente, pero la siguió.

Las puertas del metro se cerraron con el ruido de campanitas, justo cuando llegaron corriendo hasta el primer vagón. Ella sabía que su oportunidad había llegado. Un año, trescientos sesenta y cinco soles después, no iba a desperdiciarla.

Él quiso rogarle: “¡No lo hagas!”

Pero su voz se le atoró en la garganta cuando la vio frente al vagón que ya empezaba a caminar, su cabello flotando, sus gritos rompiendo el chirriar del monstruo de metal que ya avanzaba hacia ella... ahí estaba su hombre, parado frente a la ventana del vagón principal, su rostro marchito y amado en medio de otras caras desconocidas, y le gritó:

- ¡Te amo, Martín! ¡Perdóname por haberte dejado! Sé que estás arrepentido... ¡TE AMO!

Un alarido femenino se escuchó, y luego un golpe en el piso, como un cuerpo que ha caído. El fragor de la máquina en movimiento le impidió oír más, mientras él se cubría el rostro con las manos.

***

La mujer despertó, sólo para encontrarse rodeada de curiosos. Escuchó al paramédico decir:
-¡Háganse a un lado, por favor!...Señora, venimos a ayudarla. Todo estará bien.

La señora, aterrorizada, alcanzó a balbucear:
Había... había una mujer en el túnel... estaba gritando, y el tren no se detuvo. ¡La atropellamos!

Se escucharon murmullos. El paramédico, y los pocos pasajeros que se habían quedado esperando el servicio, ahora parecían perplejos.

-¿De qué mujer habla, señora?

-Ella... era chaparrita... de cabello negro, con abrigo rojo, se puso frente al metro... fue espantoso...una suicida... ¡Dios santo!

Mientras sus compañeros sacaban a la afectada en camilla, el primer paramédico alcanzó a escuchar los comentarios de la gente:

-Ha de estar drogada.

-Yo no vi nada, y eso que iba hasta adelante y al lado de ella antes de que se pusiera a gritar y se desmayara.

-A lo mejor está enferma. Pobre.

Un policía se acercó para intercambiar información con el paramédico. Luego le dijo:
-No hay nadie en el túnel, está confirmado. Creo que la señora se encontraba bajo la influencia de alguna sustancia. Vaya manera de empezar el fin de semana, ¿eh?

***

Ella estaba de rodillas en las vías, el rostro lleno de lágrimas, cuando él se acercó para hablarle:
- Te lo dije. Él no puede verte. Sólo algunos, que tienen el don, pueden hacerlo. Pero por lo general, sólo les provocamos ataques de miedo. ¿Qué no ves, que ya no pertenecemos a este mundo?

Recordó ese dos de noviembre, hacía un año, cuando había tomado la determinación fatal, con el alma rota por el engaño de su marido. Con su abrigo rojo y sus cabellos perfumados, sin pensarlo dos veces, saltó a la muerte.

Y se encontró con él, alma errante y solitaria, prisionero como ella entre el Cielo y la Tierra, ignorados por los vivos... Un desconocido con una muerte también trágica, que se volvió su compañero en las tardes de lluvia que no los mojaba, y los pasillos interminables salpicados de melancolía.

Él, que nunca comprendió el sentido de la Vida, hasta que se encontró con la Muerte... y con ella.

-Vámonos- murmuró, y amarrándose el Amor que se le desbordaba por los ojos, le dijo suavemente -Ya buscaremos otra manera de ayudarte.

Ella no discutió, y se perdieron en la oscuridad del túnel, como dos seres indefensos, acurrucados uno junto al otro.

 

*****

Cada dos de noviembre, Día de Muertos, otra dimensión se abre, y los espíritus pueden tocar, por unos instantes, el Mundo de los Vivos.

Desgraciadamente, estamos tan inmersos en lo material que no nos damos cuenta: los que se nos han adelantado se quieren comunicar con nosotros, y tratan de alcanzarnos a través de la puerta que se ha abierto para ellos.

Hay unos pocos que alcanzan a percibirlos -un aroma que de pronto se hace presente, la sensación de que alguien nos observa, una vela que se apaga, o el Amor flotando en el ambiente... - pero son los menos.

Por eso, y como lo hacía mi madre, mi abuela, y la bisabuela de mi abuela, levanten su altar con inciensos y ofrendas en el día indicado. Y enciendan las velas, y beban tequila, y recuerden a los que se han ido. Quizás ustedes no alcancen a oír sus voces... pero díganles que los han perdonado, y que los aman. Curen su dolor con palabras de consuelo. Ellos sí los escucharán.

Y al caer el día, dejen que se consuma la última veladora para que su humo guíe al alma perdida, ya sin cuentas pendientes, al descanso eterno...

 

***



María del Rocío Acosta Rodríguez de Zupanc,
nacida en Torreón, Coahuila, México, el 31 de Marzo de 1970. Titulada Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana Laguna ( UIA LAGUNA), con nueve años de carrera en la TV y Radio de la Comarca Lagunera, como reportera, conductora de noticieros en TV, y locutora de radio, y con Premios Estatales de Periodismo otorgados por el Gobierno del Estado de Coahuila por reportajes y editoriales televisivas.
Ha obtenido primeros premios en el “Cuento Navideño” convocado por la Casa de la Cultura de Gómez Palacio, y en el “ Ensayo sobre la historia del Deporte en la Comarca Lagunera”, convocado por la entonces CONADEIP Laguna.

Se confiesa amante de la literatura, del cine, de los viajes, de México y su gente y su deliciosa comida y hermosos paisajes, enamorada de la vida y de la playa de Cancún, la Riviera Maya, Playa del Carmen y sus pirámides y su legado, así como del desierto lagunero, enamorada de Canadá y su gente entrañable, y sus espacios naturales mágicos e imponentes, alterna sus actividades como escritora y periodista independiente con el quehacer de la casa. María del Rocío está casada con “el Amor de su Vida”, el canadiense Stephen Zupanc.



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Publicado 12 de Octubre de 2006
 
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