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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

La leona en el museo

por Ramón M. Sepúlveda

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

La Leona del MuseoLas casualidades no existían, pensé, mientras observaba la salida de los oficinistas en la antesala del museo. Todo obedecía a cierta voluntad o imposición, nada era al azar. Ella, por ejemplo, nunca pensaría que mi presencia en ese hall de altos vitrales, correspondía a una visita casual a los dinosaurios, a las abejas, o a los pájaros embalsamados del segundo piso. A decir verdad, yo tampoco.

Esa antesala era el paso obligado de la Leona. Así, me oculté tras una de las columnas para verla antes de que ella me viera. Apenas descubrí su perfil perfecto, salté a su lado:

-How are you, Lioness?
-Please don't call me that. I have a name.
-Lo siento, Carole, era solo en honor a otros tiempos
-No me digas que vienes por mí. Hoy tengo quehacer. Bien lo sabes, no quiero hablar contigo.
-Carole, solo vine a ver los búfalos, pero una vez aquí se me ocurrió que quizás podríamos tomarnos un cafecito, alguna golosina, que sé yo, un yogurt. Todavía eres vegetariana ¿no?
-No hay nada que discutir -repitió la Leona, e intentó seguir caminando.
-Te pregunté si todavía eras vegetariana, porque si no, entonces podríamos ir a la Maison du Churrasco. ¿Qué me dices?
-Soy vegetariana y tengo quehacer.
-Ah, bien, entonces podemos ir al Wild Carrot que está aquí a la vuelta no más.
-Mira Roberto: No tengo ni tiempo, ni deseos de salir contigo. No insistas. Ten la bondad, suéltame el brazo. Alguien me espera en el auto.
-Tengo una idea genial: llámalo al celular y deshazte de él. Salimos por la puerta del fondo y asunto arreglado. C’mon Lioness.

Habría que decir que ella y yo nunca fuimos pareja. La Leona era amiga de Michelle, que sí fue mi pareja por unos años locos. Los tres nos hicimos hedonistas. Michelle me había hablado de ella a susurros, lo que nunca dejaba de seducirme; digo, hasta que caí imaginariamente en los brazos de la Leona que me había engatusado con sus ojos felinos.

Carole tenía gusto para vestirse, para moverse y lo más atrayente: esa mirada verde, intensa. Cuando hablaba, no me sacaba los ojos de encima, luego me contradecía solo para estimularme. Su entonación no era ni sarcástica ni agresiva, sino de sorpresa, el inicio de una grata conversación.

Michelle y la Leona ya habían tenido intimidad sexual, Michelle me lo contó, quizá las dos y el vendedor de vitaminas aquel. Esto último no me constaba, pero tampoco iba a preguntarlo.

Era la noche de San Valentín, creo, porque había nieve en las calles. La Leona llegó a la casa de Michelle y se quitó el abrigo, quedando en jeans ajustados y polera cereza. Traía una botella de vino del mismo tono que la polera, que puse junto a otra sobre la mesa.

Cenamos frugalmente y sin hablar del tema; bien sabíamos el propósito de la noche. No me acuerdo como fue que el aliento vinoso de ella se mezcló con el de Michelle y el mío para perderse entre los labios, las vellosidades y recodos de la piel de los tres.

La Leona se divertía sin timidez desde que se quitó la polera cereza. En un momento le ordenó a Michelle que arrastrara sus tetitas desnudas y erguidas sobre mi pecho de lobo, tal como ella lo hacía por los senos de Michelle. Como Michelle no paraba de reírse, Carole se irguió sobre mí y desdibujó mi vello pectoral con sus pezones que semejaban dos semillas de eucalipto pendiendo de sus pechos.

Yo adiviné el peligro a partir de ese momento. Aquel arrojo alentaba mi imaginación inquieta, y gradualmente; lo digo así para no herir a Michelle, porque lo que debería decir es: estrepitosamente quedé prendado de ella. Lo que hiciera era gracioso, cuanto hablara era ingenioso. Sus ojos frescos me llenaban de fantasía. ¿Qué hace un hombre ante tamaña fiera? Me enamoré perdidamente de la Leona. Era un adicto, quería más de ella, de sus risas, de su humor, de su aliento, de su perfume, de esa voz, que a veces era la de una niña y en seguida la de una jazzista.

¿Por qué razón había un trasfondo político en todo lo que hablaban? Me dijo una vez refiriéndose a los chilenos exiliados, que era entonces mi grupo; ¿no crees que ya es hora de pasar a lo de uno? A las razones del individuo, a la búsqueda de las respuestas en el yo y no en una sociedad como las güevas... Vos te identificás con la Maga de Rayuela, contesté, imitando malamente el acento argentino, pero tocándole la novela en español que mas apreciaba. -Tanto, que tenés que tomarte dos años para leer todo lo que no has leído.

Por esos días, Carole había encontrado pareja, y no era el vendedor de vitaminas, solo que no me iba a decir quien era. Justo en ese tiempo también, Michelle y yo nos separamos. Lo cierto es que yo abrigué esperanzas con la Leona, pero ella no respondía mis llamados, ni se alegraba cuando “fortuitamente” la encontraba en la health food store, o aquí mismo en la entrada del museo. Su trato frío no terminaba por desanimarme.

Nunca olvidé cómo olía, así, sin perfume, o sus ojos durante aquellos encuentros amatorios. Encuentros que ciertamente no duraron mucho. Ya Michelle se cansaba de la experimentación y lo mismo le pasaba a la Leona, creía yo.

Lo nuestro había sido algo lúdico, sin complicaciones, no era sino sorpresitas y curiosidades, juegos casi infantiles. Pero ni Michelle ni Carole asociaban mucho sentimiento a ello. Fueron encuentros inocuos, parecidos a las partidas de bridge, o pictionary. Salvo que a mí, el menos maduro emocionalmente, me pareció algo tan sublime, tan especial, y era incapaz de reconocerlo por lo que era: un juego.

“Arrestaron a Pinochet en Inglaterra”, me dijo un día la Leona por teléfono con esas erres tan francesas que siempre tuvo en castellano. “Estarás feliz, supongo.” Era un llamado de cortesía. La voz distante, cumpliendo lo que ella creía era una obligación, como un saludo de Navidad. Yo quise transformar esto en una ocasión para acercarnos y mentí, le dije por ella recién me enteraba, que no había visto las noticias.

-¿Por qué no nos juntamos en el Second Cup y te cuento lo que esto significa para mí?

Sentí su ausencia en la respuesta. No quería “involucrarse”, dijo, seguro pensando en inglés, pero haciendo valer la ambigüedad, porque no quedaba claro si get involved era con la noticia o conmigo. Cuando insistí repetidamente, fue mucho mas explícita.

-No quiero terminar en la cama contigo --dijo.

No hubo café, ni volvió a contestar mis mensajes telefónicos. Michelle no podía ser mi consuelo porque, cobardemente, nunca tuve la entereza de contarle que estaba enamorado de la Leona.

Pero debo insistir en algo, nuestro ménage à trois no fue una forma de vida, ni ocupaba todas nuestras horas. Era una diversión, al menos para ellas; para mí, como lo decía, era otra cosa. Carole, Michelle y yo no vivíamos juntos. Teníamos, eso sí, una amistad más íntima que con el resto, amparada en la aromaterapia, el yoga, un poquitín de yerba, pero más vino tinto. La ingenuidad pura. Nos juntábamos los viernes, y conversábamos de la paz, del individuo, la sociedad, ocasionalmente, de las canalladas de Bush, el pelotudo de Blair; y ya en los últimos meses, casi nunca en la cama.

Hoy, en el umbral del museo asía a la Leona del brazo, para que no escapara, para verle los ojos felinos de cerca.

-Let me go, Roberto.

-Te pido solo un momento, Carole. Apenas unos minutos de tu vida –suplicaba -.Quiero contarte como me hice vegetariano -ensayaba el humor.

Carole finalmente se deshizo de mi mano y partió rápidamente hacia la salida. Yo intenté seguirla, pero nuestro forcejeo ya había alertado a los guardias del museo. Solo atiné a mirarle la espalda perfecta alejándose hacia la puerta de cristales.

Disimuladamente miré a los guardias y apuré mis pasos tras ella. Afuera había un sol otoñal que anaranjaba los árboles. Reconocí el coche de Michelle -vaya casualidad- y vi a la Leona subirse ágilmente. Una vez adentro la besó en los labios, largamente, como en la intimidad de a tres, pero hoy no era lujuria, sino el encuentro con su pareja. La puerta del coche aun no cerraba, y yo me apuré, quise decirles que ahora sabía que el único engañado era yo, no Michelle. Que habían sido unas zorras conmigo.

Recuerdo el golpe de la puerta y el coche alejándose por la calle Metcalfe bajo arces y abedules. Los guardias rodeándome prudentemente, Easy, man... Calm down, decían.

El semáforo en rojo detuvo al coche de Michelle. Aunque me zafara de los guardias no llegaría hasta ellas a tiempo. A la distancia, creí distinguir la silueta a contrasol de las amantes riendo.

 

***



Ramón M. Sepúlveda,
escritor nacido en Santiago de Chile en 1951, reside en Ottawa. Estudió en la Universidad de Chile y vive en Canadá desde 1974. Miembro fundador de Ediciones Cordillera, y de varios talleres de creación literaria en Canadá. Es actual colaborador de diarios y revistas canadienses. Su trabajo narrativo ha sido antologado en la República Dominicana, México, Estados Unidos, Chile y Canadá. Sus cuentos han formado parte de varias antologías, incluyendo: Literatura Chilena en Canadá de Naín Nómez, Canadá, 1982, Cruzando La Cordillera de Juan Armando Epple, México, 1986, Symbiosis, de Luciano Díaz, Canadá, 1995. Publicó en inglés con Split/Quotation el libro de cuentos Red Rock en Ottawa, 1990 y su versión en castellano en Chile en 1991. Su relato The Reception figura en el texto de enseñanza del inglés: Pens of Many Colours, publicado por Seneca College, Toronto, 1997. En la actualidad prepara una colección de cuentos que espera publicar en 2006.



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Publicado 02 de Enero de 2006
 
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