En la habitación
por Luis Antonio Casuso
Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá
Mientras fantaseo sobre cómo liquidar a mi roommate, descubro que de cada tres canciones de hip-hop, una hace alusión a la muerte. Sirenas, balazos, ostentosos puñetes se intercalan al ritmo de una melodía infantil sobre la cual se escucha la voz machacante de un barítono desmotivado y quizás amenazador. Desearía, en este momento, tomar el bate de béisbol para reventar la radio de mi roommate. Dejaría esta esquina que me protege y caminaría los tres ó cuatro metros que me separan de su habitación. A manera de advertencia, golpearía su puerta con energía para luego, en swing perfecto del bat, hacer volar la perilla de bronce, homerun privado, cede la puerta, los aplausos, ella al fin asustada, la radio a todo volumen, strike one, strike two, y finalmente el hit.
Espero. De nuevo espero enquistado en mi esquina. Subo el volumen de mi propia radio. Trato de cubrir sus ruidos con los míos. Las membranas de los parlantes vibran inseguras luego de meses de no haber sido utilizadas. Escucho rock de mi niñez lo más cercano que mis oídos silenciosos pueden acercarse al todo volumen. Cindy Lauper tiene caminatas en las que se pierde una vez tras otra. Don Henley no ve a nadie en las playas, extrañando a los amigos del verano. ¿Entendía yo estas letras cuando era niño? Cada una de ellas parece narrar a la perfección la soledad de aquellos años. Y lo que es más raro aún, la soledad de éstos.
Apago la radio al no soportar tantos recuerdos. De nuevo distingo sus ruidos. En la escalera sus pasos se alejan y se acercan. Suenan puertas, gabinetes, ollas. Se escuchan discusiones en el callejón. Ya no necesito abrir mi puerta para saber qué sucede afuera. Puedo seguir su caos y el de sus amigos, con tan solo cerrar los ojos. Cuando oigo que ella baja, me apuro a la cocina sólo para comprobar que ha dejado mis ollas llenas de su suciedad. Tomo papel y lápiz y le escribo una nota: No vuelvas a usar mis cosas. Vuelvo a mi cuarto a terminar las traducciones. Quizás si avanzo más rápido pueda pagar algo mejor que esta pocilga. Al rato ella vuelve a subir, se detiene en la cocina, seguramente leyendo mi nota, hace una bola de papel y junto con seis u ocho pisadas más, se interna en su habitación. Por un momento pienso que el mensaje ha surtido efecto pero luego el pegajoso olor de la marihuana entra hasta mi pieza. Me asomo y el humo pasea por mis pulmones. No puedo trabajar así.
Trato de escapar, gasto minutos del celular para volver a llamar al casero. De nuevo las historias del caos, desorden, suciedad y ollas. De nuevo soy yo quien tiene que arreglar sus problemas con ella. Menciono al paso el humo de la marihuana. El casero por fin reacciona. No por la droga si no por el hecho de fumar en un lugar cerrado. En Canadá los inmigrantes valen menos que los incendios. Ahora iba a arreglar el problema, que no me preocupara. Llega en la noche y toca ambas puertas. Su solución, un papel en el que ambos nos comprometemos a no fumar en los interiores. Logro añadir una línea al acuerdo: no ruidos después de las once. Pero nada que hacer con las ollas. El casero, con su inglés a media lengua, sugiere que separemos los estantes de la cocina y, en un arranque de lucidez que no reconozco en el ruso, que ella sea más dura con sus novios. Si alguien no cumple estos acuerdos, añade para terminar, siéntanse en derecho de llamar a la policía.
Quizás si consiguiera un trabajo. Tomaría un departamento de soltero e incluso a una compañera. O mejor aún, disfrutaría al fin de la soledad, el silencio.
Hacia las dos de la mañana al fin me duermo. El piso ha estado sospechosamente silencioso todas estas horas. Quizás ella duerme. Aunque no. Alrededor de las tres de la mañana recién llega. Pasos en la escalera de cuatro personas. Ella y tres invitados. Risas. Ruidos. Me incorporo del sueño ligero. Con esfuerzo abro la puerta. Al verme, ella se apura a su propio cuarto y tira la puerta. Asumo que ha entendido el mensaje. Silencio, necesito silencio para volver a conciliar el sueño.
Cada vez que me duermo un ruido. Risas, gemidos, violentas jaladas de coca, la ducha por un tiempo que soy incapaz de calcular en mi duermevela. Duermo fragmentos de diez o quince minutos hasta que el azote de la puerta principal termina de despertarme. Por un momento quiero creer que se han ido pero ha sido sólo uno de ellos. Desesperado, toco su puerta. Es suficiente, le digo, son las cinco de la mañana y los quiero fuera de mi casa. El corazón me late acelerado cuando veo la pareja de negros en su habitación. Distingo drogas, cadenas, dientes de oro, mafia negra. Sin embargo ellos también parecen asustados. Debe notarse que estoy a punto de desbordarme. De ella recibo un escueto OK y un portazo en la cara. Regreso a mi habitación. El que estaba abajo vuelve a subir. Discusiones. Ella insultando y él, vociferando beligerante. Sin prender la luz, estiro la mano hasta el bate de béisbol. El que ha subido sale del cuarto y se para, amenazante, en el rellano de mi puerta. Discute violento, le habla a mi habitación, escucho el traqueteo de un arma. Apunta contra mi puerta y sin soltar el bat, me paro en la esquina protectora, la única que según calculo, podría aguantar el disparo.
Uso el celular para llamar a la policía. Ella ya logró deshacerse de los tres negros cuando llegan dos oficiales. Toman mi declaratoria y la interrogan a ella. Sólo quiero que no vuelvan a mi casa, les repito. Que los llame de vuelta si hay algún otro lío. Cuando se marchan, ella grita, me golpea. Por un momento pienso en matarla. Tomar el bate de béisbol y en swing perfecto, abollarle la cabeza. Y si vuelves a llamar, remata, antes de volver a arrojarme la puerta de su habitación, voy a presentar cargos en tu contra, para que pierdas tu visa, maldito inmigrante.
Matarla. Ya no puedo escapar de ese pensamiento.
El mediodía me sorprende dormido. Ella despierta particularmente ruidosa. Mientras me ducho, oigo a alguien que entra. Afino el oído sin cerrar el agua. Me cruzan imágenes de la infancia: la ducha, el cuchillo, la sangre dando remolinos a mis pies. Pero los pasos siguen de largo a su habitación. Es el jefe de la pandilla, que recibe los insultos y gritos de mi roommate. Él es de pocas palabras, pero reconozco la voz que se paró anoche al pie de mi puerta. Me envuelvo en la toalla y cruzo hacia mi habitación. Cerrojo.
Los ruidos en la habitación de al lado son nuevos. Forcejeos, patadas. Gritos de ella contenidos en la mano del negro. Paredes que suenan, pisos de madera que crujen, muebles que se arriman, pesados paquetes que caen sobre sí mismos. El gemido eterno, suplicante de la víctima que al fin se reconoce apresada. Quizás tendría que llamar a la policía. Busco el celular entre mi ropa. Lo tengo en la palma de la mano, pero aún espero unos segundos antes de apretar la tecla. Pasos. Pasos apurados de una sola persona, la puerta, las escaleras, el primer piso, la calle, hasta que el ruido desaparece. Silencio. Al fin el silencio.
Disfruto del silencio largos minutos. Luego, como un bicho asomándose después de la tormenta, salgo de mi cuarto. Apenas distingo el golpeteo tenaz de la estación hip-hop a lo lejos. Me acerco incrédulo a su puerta. Jacqueline está en silencio. Sin dejar huellas, pego la oreja a su puerta. Me animo a tocar y ya nadie contesta. Sin poder evitar una sonrisa nerviosa, poseída, me alejo.
Cuando estoy por regresar a mi cuarto y llamar satisfecho a la policía, un gemido. Es Jacqueline que se queja, pidiendo ayuda, en la habitación. Con el celular en la mano me acerco a su pieza. El sonido de su voz es inaudible más allá de los centímetros de su puerta. Espero.
Mi esquina protectora se muda al rellano de su puerta. Llevo mi cubrecama y me acurruco al pie de su pieza, escuchando la música de sus gemidos cada día más sordos. A veces la puerta deja escapar una gota de sangre que limpio delicadamente. Otras, el agudo de uñas que rasgan las venas de la madera. Luego de varios días en los que afuera se acumula la nieve y adentro los sollozos moribundos, una sonrisa helada me felicita por haber conseguido por fin, el silencio definitivo. Mi mano toma la forma de la perilla, abre la puerta, entra en la habitación, apaga la radio y antes de dedicarse al descubrimiento de la carcasa yaciente, alcanza a arrepentirse de no haber entrado antes, para disfrutar del sonido de su último aliento.
***
Luis Antonio Casuso,
obtuvo una mención honrosa en el concurso "Nuestra palabra" 2005 por su cuento "En la habitación", uno de los favoritos del jurado. Nacido en Lima en 1974, es un Comunicador Social, graduado en los primeros lugares de la Universidad de Lima y depositario de una beca por méritos académicos de la misma institución. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios en el Perú, incluyendo premios en el prestigioso Cuento de las 1,000 Palabras de la revista Caretas, la Bienal Copé de Cuento y en los Juegos Florales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha escrito para MTV, Save the Children y la Corporación Andina de Fomento, entre otros. "En la habitación" es su primera participación literaria a nivel internacional así como su primer cuento ambientado en Toronto.
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