La canalla
por Irania Ledesma
Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá
La mala reputación es algo que difícilmente se puede uno quitar. Yo he tenido que soportar las consecuencias de la mala fama que con el tiempo me he hecho: la insensible, la seductora, la manipuladora, la que deja a los hijos sin padres y a los padres sin hijos.
Cuando conocí a don Felipe Ventura no tenía ninguna intención de estar con él. Fue en la cantina de la calle Copilco, aquella con la fachada amarilla y la puerta verde. Llegué al lugar sin ánimos de conocer a nadie, sólo quería sentarme un rato y observar a la gente. La música estaba tocando y yo tarareaba aquél danzón “… hay que aprender a querer y a vivir, hay que aprender que esta vida se aleja y nos deja…”.
Don Felipe tenía en la mano un vaso y lo miraba fijamente estudiando con calma el mapa de su vida en el reflejo del brandy.
Buscaba el camino que lo sacaría del valle de amargura en el que había pasado la mayor parte de su vida. Él era un hombre ya mayor, entre 65 y 70 años, moreno, con cabellera no muy abundante y gris. Sus manos arrugadas y tibias apretaban el vaso; súbitamente levantó la vista, y cuando volvió la mirada notó mi cara reflejada en el brandy. De inmediato volteé hacia otro lado, pero él, basándose en mi reputación, creyó que le estaba coqueteando. Se acercó a mí y empezó a hablarme de lo infeliz que era con su esposa, de lo mal que le iba en su trabajo como plomero y en lo ingratos que eran sus hijos al no hacerse cargo de él ahora que ya era un viejo. Al principio no puse mucha atención pues supuse que sus palabras llegarían finalmente a: “Estoy dispuesto a dejar a mi esposa por ti”, o a “No le importo a nadie” pero conforme fue pasando el tiempo sus quejas hicieron que la lástima se apoderara de mí. Lo pensé mucho, pero don Felipe finalmente me convenció; lo tomé de la mano y lo jalé con prisa para no arrepentirme. Atravesamos la pista de baile y al cruzar la puerta verde todo fue silencio.
Yo no soy frívola, nunca me aprovecho de la gente pues siempre siento cierta pena por los que vienen a mí. Algunas personas llegan a mí conscientes de lo que hacen, de lo que arriesgan y de lo que dejan atrás, pero la mayoría llegan a mí sin planearlo.
La última vez que estuve en Tijuana sucedió algo que a muchos les parece horroroso pero teniendo el trabajo que tengo, no es raro presenciarlo.
Me encontraba en un hotel cerca de la avenida Revolución al lado de un hombre que había conocido la noche anterior. Antes de estar con él me hablo de lo orgulloso que se sentía de ser policía judicial pero aceptó haberse dejado llevar por la ambición y el vicio y desde hacía tiempo que ayudaba a los narcotraficantes en sus negocios.
Esto era lo que más le dolía, según me contó, pero no tenía otra opción que seguir traicionando los principios que su madre tardó tantos años en inculcarle. Mientras me platicaba todo esto, el hombre inhaló varias líneas de coca y, una vez que lo vi preparado, lo hice mío. Esperé un rato antes de salir de la habitación. El hombre estaba acostado boca abajo y yo descansaba a su lado cuando repentinamente escuché los gritos de una mujer. Puse atención para tratar de entender lo que decía y me di cuenta que hablaba en inglés: “Leave me alone! Stop it! Please, someone help me!”
La mujer gritaba y lloraba al mismo tiempo. Unos minutos más tarde dejé de escuchar los gritos y decidí ver que pasaba. Salí de la habitación y pude ver a tres hombres alejándose con prisa. Al ver la puerta de enfrente abierta me metí al cuarto y lo que encontré fue a una adolescente en el suelo con la ropa desgarrada y la cara sangrando. Sus cabellos rubios y enmarañados le tapaban los ojos y con mucho cuidado los hice a un lado para verla mejor. Cuando sus ojos se abrieron su mirada me dijo que la dejara en paz, que pronto estaría bien y que ella sólo quería regresar con sus padres quienes la esperaban desde la noche anterior. Al principio no supe que hacer pero veía como la sangre seguía escurriendo por su nariz y por sus oídos y no podía dejarla ahí sufriendo. Finalmente la llevé conmigo y curé todas sus heridas.
Todos pasarán por mis brazos, por mis labios y finalmente todos se quedarán conmigo: hombres, mujeres, niños; porque yo no respeto edades, ni razas, ni condiciones sociales porque así es el trabajo que me tocó hacer.
Llámenme muerte, llámenme como quieran, yo sé quién y por qué soy. Algunos creen que soy el final de la vida pero yo soy parte de la vida misma.
***
Irania Ledesma Paredes,
nació en la Ciudad de México y reside en Oshawa, Ontario. Estudió la carrera de Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México en donde tomó talleres de narrativa. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas literarias en México. Recibió una Mención Honrosa en el concurso Nuestra Palabra 2004 por el cuento “Verónica”. Con “La canalla”, Ledesma confirma su calidad de narradora.
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