Ingrid
por Alejandro Segura Loarte
Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá
Con el calor de la leña de balso a los pies, se despertó Ingrid. A la distancia, podía escuchar las bandadas de guacamayas del otro lado de la colina. Entonces, pensaba indecisa, “Ahora es un buen momento, todos duermen ¿pero Lorenzo, Malenie?”. Eran sus hijos, para ella los niños, quienes no le permitían el sueño profundo ni el ánimo suicida para esa osada travesía llamada LIBERTAD (en mayúsculas pues así de temeraria era aquella travesía).
El escenario le parecía extraordinario esa mañana. A pesar que, como de costumbre, las hojarascas y las caídas frutas de arazá y copoazú colmaban las trochas caminadas el día anterior, y el sofocante aire matutino comenzaba a filtrarse por entre las copas de los granadillos y siringas; árboles que sólo podía identificar por esos nombres debido a que fueron así aprendidos del indígena nukak-makú, Yeuna, que como guía cautivo, hacía también de enseñante de universalidades amazónicas, para envidia de los profesores del Liceo Francés de Ingrid.
Le decían estar en San Vicente del Cagúan, pero por aquellas oceánicas caminatas, comenzadas de día y terminadas de noche, y vueltas a empezar al otro día y finalizar a la otra noche, sin razón a estas alturas de calendarios y pronósticos basados en los conteos solares y estelares, era absurdo suponer que los insurgentes la tendrían en el mismo lugar donde se inició su cautiverio y, en simultáneo, su travesía LIBERTAD. Además, aquellos compatriotas tenían para cada una de sus prisioneras su propio “San Vicente de Cagúan” como lugar de partida y actual estadía; con lo cual se insostenía tan absurda aseveración de su ubicación.
Aún cuando hacía encomiables esfuerzos para el registro del tiempo, basándose en las fechas traídas por las nuevas retenidas en la unidad “Huarihuallín”, perdía la cuenta aquellas veces que caía enferma de insolación, cuyos efectos eran tratados con las hojas del banano aplicadas húmedas en las partes desmejoradas del cuerpo, simulando ser alguna medicina naturista u otra aún más ancestral venida de los Incas o culturas precolombinas; al fin y al cabo era Cecilia “La Peruana” quien convencidamente así lo aseguraba para lograr siquiera un remedio placebo para la tranquilidad de las prisioneras.
“Sin una referencia geográfica conocida, ni una fecha al presente día ¿cuál debiera ser mi rumbo de destino, cuándo mi día mejor de partida?”, se preguntaba Ingrid, cuando los primeros rayos del sol caían sobre su rostro todavía apesadumbrado por la noche atiborrada de recuerdos viejos y nostalgias del hogar distante. A lo lejos, la colina reaparecía a la vista y, por detrás también, la desesperanzadora cadena de montes con sus sendas escondidas, comunidades invisibles y pobladores esquivos.
Seis comisionados regresaban con lo que sería el desayuno; traían en sus redes pirarucús y jaraquís recién pescados, que serían fritos con bananos y servidos con fréjoles. Estos últimos obtenidos de la “vacuna” a los pobladores de Tabatinga; otro pueblo con un nombre propio, pero sin una posición reconocible en el mapa geográfico mental de Ingrid. Cuando abruptamente el llamado del sereno indolente irrumpía en el sueño de las prisioneras, “Despertarse, a las tres…dos...”. Era la hora del aseo, el pase de revista, la asignación de tareas y una interminable caminata, como tantas otras, deambulatoria y zigzagueante.
Clara Leticia, compañera “Olvidada”, con los pasos aletargados, se acercó a Ingrid para hacerle saber que juntas habían sido comisionadas al rancho, sin distinguir el guisado entre soldados o reclusas, pues para la unidad todos eran combatientes, luchadores populares o hasta, en la peor de las circunstancias, prisioneras de guerra; pero por ninguna razón eran secuestradas, ni menos víctimas. Ingrid y “Olvidada” partieron silentes hacia unos arbustos, a semiescondidas de las miradas, donde sin apuros ni vergüenzas expulsaron sus residuos orgánicos, aprovechando la mejor de las ocasiones para las conversaciones secretas, en una suerte de mediodía post-telenovela en quinta de chismosas.
En medio de los comentarios de sus sueños de esperanza y los otros del reposo, se acercó “La Peruana” quien les comentó del regreso, por la madrugada, del grupo que había partido a Puerto Alegría semanas atrás; como otras tantas comunidades sin un nombre reconocible en términos (mejor dicho, límites) del personal mapa geográfico de Ingrid. Le habían comentado que el teniente “Jairo” habría mandado ejecutar a los colaboradores del enemigo, ante la mirada resignada de sus hijos, cuyas madres y hermanas pagaron con sus cuerpos, sexualmente violentados, el delito de colaboración. “De seguro que en los días siguientes por ahí mismo pasará el Ejército ¿quién sabe si hará lo mismo a aquellos que contra su voluntad ayudaron a nosotros, el otro enemigo? Los derechos humanos sirven más para la sustentación en el Presupuesto Nacional de los sueldos y bonificaciones de miembros de las comisiones congresales o directivos de las organizaciones gubernamentales, que para la provisión de seguridad en las zonas donde tan sólo llega la esperanza en los rezos a Dios para ayudarlos a comprender y tolerar su pobre miseria”, decía Ingrid.
Camino hacia el fogón, el cual ya se había encendido, Ingrid divisó a Yolanda, era una imagen nítida, clara, sin lugar a dudas; Yolanda, su madre, con el rostro nervioso de la impaciencia y una leve sonrisa contenida de euforia, estaba ahí mismo, en la unidad “Huarihuallín”, tan distante del lugar racional donde debía de estar; entonces, muchísimos pensamientos inundaron a Ingrid “¿qué hace aquí? ¿acaso Puerto Alegría sería el San Vicente del Cagúan de mi madre? ¿o a lo mejor lo sería Tabatinga?”. Entonces el amor -que nunca piensa- la llevó donde hacía muchos días había querido estar. Corrió a su encuentro como el río cruza su cauce y la colmó de besos repetidos abrazándola fuerte y volviéndola a abrazar y besar cíclica, pero no monótonamente. Las cautivas no entendían qué pasaba, los vigías inquietos comenzaron a preguntar, pero Clara Leticia “La Olvidada” solamente les decía que ya lo había olvidado y que ellos deberían de actuar igual, pues sólo en el olvido se puede encontrar la (sin) razón para la tranquilidad.
Entonces, Yolanda le susurró: “Calmate, porque ahora es cuándo y dónde Libertad”. “LIBERTAD”, corrigió Ingrid. Yolanda le comentó que se había entregado sin resistencia, pues había logrado contactar, convencer y compensar a unos vigías para que le hicieren ingresar inadvertidamente, para luego -en ese mismo día- le permitieran abandonar juntas esa prisión de tiendas de campañas nómades, para caminar hacia la peruana Islandia en donde un piloto las esperaría en las coordenadas que daban en la mismísima plaza de armas, a las que Ingrid sólo podía dejarse llevar, pues su madre era la única quien tenía el conocimiento exacto; mapa cartográfico y brújula en mano. Sin embargo, preguntas sueltas merodeaban en el mundo dubitativo de Ingrid: “¿si sabía dónde y cuándo estoy, porqué no se acompañó de un regimiento armado?”, “¿cómo podría haber conocido mi dónde y cuándo, si ni siquiera yo había dado con aquellos?”. Sin embargo, el amor nos hace ver solamente aquello que quiere que veamos e Ingrid amaba estar al lado de sus hijos; con lo que Ingrid dio más que por resueltas sus dudas.
La mañana transcurría según lo pronosticado: una caminata más deambulatoria y zigzagueante. En mitad de un sendero, ni tanto expuesto ni muy secreto, Yolanda le tomó las manos a Ingrid y le susurro: “¡Despierta!… Es aquí y es ahora”. Juntas echaron a correr, detrás les siguieron “La Peruana” y “Olvidada”, quienes ya habían advertido el plan libertador. Corrieron como si estuvieren naciendo: gimiendo, ensangrentándose, desesperándose, buscando el claro de luz. Pero la traición llega cuando menos se le espera y uno de los vigías compensados, en un grito animalesco, quizás por miedo, a lo mejor por reconciliación con sus ideales o por casualidad pura, dio aviso que el canje de la Sonia, “La Ingrid”, junto con otras cautivas, huía de la unidad, de la lucha popular, de San Vicente de Cagúa, de los fréjoles con bananos y pescado, y las caminatas comenzadas de día y terminadas de noche.
Los proyectiles comenzaron a iluminar el bosque, primero cayó “Olvidada” y por eso mismo nadie la recuerda, a “La Peruana” un mortero le destrozó el pecho y con éste se fueron los brazos curativos incaicos. Una bala le abrió el vientre a Yolanda quien solamente dijo a Ingrid: “¡Despierta!… Corre; te amo tanto”. Pero la derrota festeja junta con la traición. Ingrid caía herida. Un pulmón destrozado y podía sentir su existencia como un río ardiente que fluye bravío hacia el mar para desaparecer, se sentía levitar en una nube con fragancias de frutos de maracuyá y aguagé. Era el cielo, el descanso, se decía sin palabras, cuando el llamado abrupto del sereno indolente le despertó y permitió oír las bandadas de guacamayas del otro lado de la colina, ver las hojarascas y frutas de arazá y copoazú caídas en las trochas, sentir el sofocante aire matutino filtrarse por entre las copas de los granadillos y siringas, entender que todo había sido un sueño, ni siquiera un sueño nuevo, sino el mismo sueño llamado LIBERTAD.
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Alejandro Segura Loarte,
Perú, 1969. Abogado peruano con estudios de post-grado en Derecho Internacional Humanitario y una especialización en Administración Pública. En Perú, se desempeñó como gerente, director y asesor jurídico en varios organismos públicos, así como catedrático universitario; escribió diversos artículos sobre el efecto de las Tecnologías de la Información y Comunicación en el Derecho para sendos espacios profesionales Latinoamericanos y de España. En 2002, su ensayo “Promoción de la participación electoral en las zonas rurales en el Perú; un enfoque desde la Sociedad de la Información” fue reconocido con una mención honrosa por el “Department for International Development (DFID) of United Kingdom”. En Canadá, se ha desempeñado como consejero de asentamiento para nuevos inmigrantes; editó un boletín electrónico referente a la situación de los derechos humanos en Latinoamérica. Ha escrito varios artículos sobre las políticas migratorias y el sistema de protección de refugio canadienses para los periódicos hispanos en Canadá y otros medios del extranjero. Su obra “Artículos periodísticos sobre Migración y Refugio para Latinoamericanos en Canadá 2004 - 2005”, próximo a publicarse, ha sido reconocido por un Concejal de la ciudad de Toronto.
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