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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

El peso de un letrero que no debí leer

por Orestes Puente

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

Nuestra Palabra 2005. El peso de un letrero que no debí leerRealmente no puedo precisar cuando fue que leí por primera vez aquel letrero. Puede haber sido, más a menos, hace unos 15 años, pero puedo asegurar que con claridad perfecta y perfecta asiduidad viene a mi mente. Han cambiado las circunstancias mil veces en este tiempo trascurrido, he leído, evidentemente, muchísimas cosas interesantes desde aquel día, pero siempre lo recuerdo. Hoy reconozco que aún no lo entiendo, por mucho que lo he comentado con amigos y en grupos de más o menos nivel intelectual, no lo he logrado interpretar, mejor dicho, le he dado tantas interpretaciones, lo he tratado de asociar con tantos otros, que se me ha hecho recurrente. Quizá sea por eso que lo recuerdo.

Por aquellos tiempos tenía un amigo con mis mismas inquietudes plásticas que, a su vez, conocía a un pintor de nuestra ciudad; verdaderamente casi un desconocido en el ámbito nacional, pero dentro de nuestra provincia ya se valoraba como lo que hoy es, uno de los miembros de la vanguardia a escala nacional, que ha trascendido fronteras. Este amigo común, con el pretexto de ayudarlo en alguna tarea doméstica que ya hoy está perdida en mi memoria, se las ingenió para que nos permitiera visitarlo. Demás está decir que acepté de inmediato a participar en la supuesta ayuda, aunque reconozco que el ir a la casa del artista, conocerlo personalmente y tener la posibilidad de entrar en su taller de trabajo, máxime cuando podríamos ver las obras que llevaría a una de sus primeras exposiciones personales en el extranjero, eran nuestras reales motivaciones.

Todo quedó pactado para un sábado y un mes que no puedo precisar; alrededor de las tres de la tarde estaríamos en su casa. Por aquella época tenía un pequeño automóvil que en mi país llaman “polaquitos”, evidentemente por su procedencia y mi sorpresa fue grande al ver que aquel artista también tenía uno, algo más viejo que el mío y mucho más mal cuidado, como reafirmando que los artistas le dan poca importancia a las cosas materiales, regla con la que no todos comulgan, pero en este caso sí; la cosa empezaba con buen pie para mí, ya tendríamos una conversación alternativa y una posible excusa para futuras visitas. Llegamos, el hombre vivía en lo que pudiéramos llamar “barrio marginal”, quizá mal llamar, porque en sus inexistentes aceras se cruzan profesionales con obreros y algún que otro delincuentes, claro está. La casa en cuestión no era una excepción en la zona: pequeña, de apariencia externa humilde pero lucía bien limpia por lo bien pintada de sus paredes, ventanas y puertas. Nos bajamos del carro y en el preciso momento de llamar a la puerta fue que leí el letrero: “Se reparan sueños y esperanzas. Sin garantías”.

Fue como un flechazo que me adormeció toda la tarde, que me afectó desde el primer momento. Reconozco que disfruté la visita; pude apreciar la limpieza de los trabajos de aquella persona que, a brazo partido y a fuerza de calidad, luchaba por hacerse un lugar en un mundo tan difícil y competitivo, sumándole, como después supe, que su camino era más estrecho y escabroso por cosas como aquel dichoso letrero, porque si, en su momento, a muchísimos más les había llamado la atención el letrero, al cual se le intentó dar hasta significados políticos, contestatarios. Lo cierto es que no me atreví a preguntarle por el significado, por el origen, por el autor, ni aquel día, donde por la cordialidad de la invitación y lo agradable del ambiente creado por el anfitrión, quizá hubiese accedido a dar alguna explicación; ni después, cuando nos encontrábamos esporádicamente, cosa que se fue haciendo cada vez más casual y fortuita, hasta que ya, cuando coincidíamos en algún sitio, solo nos cruzábamos un saludo de cortesía. Por otra parte, yo quizá siga siendo el mismo admirador anónimo de las cosas bellas que son capaces de brindarnos los artistas plásticos y él es hoy todo un icono de este campo en el país.

Muchas veces he hablado del letrero, claro que nunca había dicho hasta donde me ha afectado, muchos menos que he tratado de darle un sin fin de explicaciones, pero tampoco he encontrado a nadie que le haya dado una interpretación adecuada o al menos que me satisfaga.

Reparar un sueño, una esperanza, parece cosa de personas entregadas a un noble fin, digamos entregadas a tratar de solucionar las miserias humanas, tan de moda, lamentablemente, hoy en día. Hasta ahí todo esta clarísimo, funciona, suena bonito, podría estar a la entrada de una iglesia, un templo o una sinagoga; ¿qué sé yo dónde? Pero es la segunda frase del letrero la que trae, al menos para mí, la confusión: “Sin garantías”, claro que tendríamos que analizar en este caso quién es el que da las garantías, si el reparador, casi alquimista, por el terreno que transita, o el reparado, llamémosle mejor el paciente. Pero, nos pudiéramos preguntar; ¿puede un pintor, un artista plástico, reparar sueños y esperanzas?; ¿puede dar garantías a ese trabajo? Mil preguntas más nos haríamos. Mil preguntas me hago al respecto, pero como nunca encuentro una explicación adecuada o al menos que me convenza, sigo viajando con el recuerdo del letrero, con el deseo de interpretarlo, con la culpa de, en su momento, no haber preguntado al artista qué quiso decir, en fin, cargando con el letrero.

Pero como la vida es una especie de espiral eterna donde siempre volvemos a empezar y cada día somos principiantes, recientemente, referido a otra cosa totalmente ajena, encontré algo que me parecía iba a terminar con esta carga. Dirigiéndose a un espectador que trataba de analizar una pintura abstracta en una galería de la ciudad, al cruzar por su lado oí, indiscretamente, cuando, un esquelético crítico de arte le decía: “…lo importante no es el discurso, sino la lectura”. Fue como un rayo de luz, casi causó en mí el mismo magnetismo de cuando leí el letrero. ¿Sería posible qué hubiera encontrado la respuesta a tantos años de búsqueda? Ya no resistí y arriesgándome a un regaño mayúsculo, me acerqué a los dos hombres para poder oír mejor lo que uno decía al otro; era casi un monólogo, donde había un solo oyente; ahora seríamos dos. Craso error, no debí seguir oyendo.

__ “… porque debes entender que a un pintor abstracto lo que más le interesa no es reflejar una realidad cual es, lo que más le interesa es sacar de sus casillas, de su posible pasividad, al espectador”. “¡Qué bien!”, pensé, “este hombre, asociando ideas, me está dando la clave”. ¿Por qué no me fui? ¿Por qué seguí escuchando?

__“…los pintores abstractos pertenecen al grupo de personas responsables de los avances de la humanidad, a los inconformes…”.

Se acabo el encanto. No pude más, me separé de ellos. Lo que al principio me pareció la solución a mi problema, ahora tengo la seguridad de que me lo acrecentó. Más dudas; sueños, esperanzas, garantías, lecturas, discursos, pintores abstractos, inconformes responsables de avances humanos. Mucho para un solo corazón.

 

***



Orestes Puente,
es cubano, Ingeniero Eléctrico. Ha escrito y publicado versos y cuentos en diferentes publicaciones. Ha sido finalista del concurso cubano Pinos Nuevos (1994). Es también artista plástico, miembro del Fondo Cubano de Bienes Culturales y asociado a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Su cuento “El peso de un letrero que no debí leer” muestra una prosa analítica y divertida, de la que podemos esperar muchísimos logros más.



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Publicado 18 de septiembre de 2006
 
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