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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

El desenlace

por Luz Marina Ortiz

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

El desenlaceNadie sospechaba la tragedia. Ni siquiera ella fue consciente de los hechos ocurridos, pues esa mañana fue muy diferente a todas las demás. Sofía saltó de la cama, corrió al baño, se duchó y se vistió con lo primero que encontró. Sabía que si se alistaba rápido, podía alcanzar el bus y llegar a tiempo a la escuela de adultos donde estudiaba inglés. Iba allí todos los días no por gusto sino por obligación, por la necesidad de estudiar ese idioma que tanto detestaba pero que tenía que aprender si realmente quería seguir viviendo en Toronto y continuar sus estudios universitarios, como lo había soñado desde el momento en que llegó.

Después de haber estudiado Derecho y haber trabajado como abogada en los lugares más recónditos y peligrosos de su país ayudando a los desplazados, defendiendo Derechos Humanos, visitando cárceles e investigando a los corruptos, ahora en estas frías latitudes, lo único que deseaba era ser una trabajadora social ya que su vocación era servir a los demás. Y para hacerlo debía aprender inglés, no tenía otra opción, a no ser que se fuera a vivir a un país de habla hispana donde se le facilitaran más las cosas, pero era demasiado tarde porque se había casado y por ahora, ese era su lugar, tenía un nuevo hogar y debía permanecer en el y seguir luchando por lo que ella consideraba importante en su vida, como siempre lo había hecho.

Sofía sintió cómo su ser se desmoronaba poco a poco y cómo en las películas antiguas, su vida comenzó a proyectarse en su memoria a una velocidad vertiginosa. Sus recuerdos algunas veces en sepia, otras en blanco y negro, eran recurrentes, iban y venían erráticamente de la adolescencia a la infancia; de la escuela a la universidad; de las calles a los lugares donde había vivido; de esa mañana a los últimos días vividos junto a su esposo; de los conflictos familiares de este su último hogar, a su casa materna allá en Colombia antes del exilio y después de visitarla de nuevo. Eran imágenes desteñidas por el paso del tiempo que tenían como común denominador el dolor. Sí el dolor de haber nacido en el aire, de sentirse en el aire, de saber que no tenía nada estable en su vida, que había perdido todo lo que amaba. Entonces lloró desconsoladamente y se sumergió en un mar de desesperación que le devoraba las entrañas y los deseos de vivir.

Sofía estaba agotada. Había librado tantas batallas contra las injusticias, subsistido en medio de la guerra civil a las amenazas de muerte, el desplazamiento forzado, el secuestro y desaparición de su ex esposo, la soledad y orfandad de ella y sus dos hijas en el exilio y su correlativa pérdida de identidad y sentido de pertenencia, que a ratos olvidaba episodios de su vida y sentía que la fortaleza que siempre la había sostenido en pié, la estaba abandonando esa mañana.

Bajó a la cocina a preparar café y se dispuso a beberlo negro y amargo como solo a ella le gustaba su primer café del día, pues en su entender y sentir, la despertaba de inmediato y le espantaba los fantasmas de sus malos sueños. Se sentó en el pequeño comedor de la cocina saboreando lentamente aquel delicioso y reconfortante tónico, cuando escuchó la puerta. Alguien llegaba en ese momento pero ella no se movió. Permaneció allí sentada con la taza en la mano como hipnotizada con el aroma, bebiendo entre lágrimas pequeños sorbos mezclados con su propia amargura y dolor. Inmediatamente supo que era su esposo por la forma en que abrió la puerta y porque le reconoció sus pesados pasos al entrar. Él se sorprendió al verla allí sentada; ella se sorprendió también al verlo en casa, pues a esa hora él debía estar trabajando, pero lo que más le impactó fue el recordar que no se hablaban. Él fue hasta el sótano, subió con unas cajas en las manos y se marcho sin decir una sola palabra, sin imaginar lo que estaba por suceder.

Un avión cruzó cerca y su ruido ensordecedor la sacudió sacándola de su ensimismamiento. Secó sus lágrimas, miró el radio reloj encima de la nevera que marcaba las 9:30 a.m. Era demasiado tarde para ir a estudiar. Era demasiado tarde para ella, tarde para todo. Sin embargo revisó su cartera y no encontró dinero para pagar el bus. Se paró y miró por la ventana, las calles y los techos de las casas cubiertos de nieve le produjeron escalofrío y un temblor desagradable se apoderó de su pequeño cuerpo. Entonces decidió volver a la cama con otra taza de café en la mano y su cuaderno de notas y empezó a escribir todo cuanto sentía y se le venía a la cabeza.

Escribió por ejemplo ¿para qué vivir? Quiso hacer una disertación sobre la vida y sobre el hecho de existir, sobre su razón de ser y su propósito, pero le pareció demasiado difícil e irónico escribir acerca de la vida cuando ella se estaba muriendo de frío y de dolor y su ser no hallaba consuelo en nada. Se sentía desarraigada como una matica de maíz que ya no daba ni tusas, aquella que un día salió de la nada cuando por accidente una semilla cayó en cualquier lugar de su ciudad natal, germinó y empezó a luchar para poder vivir y dar frutos, pero debido a las circunstancias fue transplantada de sitio e sitio, de ciudad en ciudad hasta llegar a Toronto, su destino final y ahora sentía que no pertenecía aquí ni allá, que nada tenía, que nada era, que nada había hecho. ¿Y qué es la nada? – se preguntaba. ¿Acaso el no ser, el no existir? Pero ella sí existía o mejor, subsistía a pesar de los reveses de la vida.

Ahora se hallaba frente a sí misma en su propia encrucijada en un conflicto emocional que no podía controlar. Un sudor frío empapó sus manos y humedeció las hojas que había escrito. Su corazón palpitaba aceleradamente como un potro salvaje que recorre las sabanas de la vida y atraviesa caminos inhóspitos. Entonces tuvo miedo. Miedo de vivir, miedo de morir, miedo de sentir y de pensar, de continuar luchando, de renunciar, de abandonarlo todo y huir. ¿Pero a dónde ir? ¿A dónde podría ir para escaparse de si misma?

Como una autómata tomó entre sus manos la madeja de su vida y comenzó a desenredar uno a uno los hilos que la ataban a la existencia. Recordó el día que fue por primera vez al hospital debido a la depresión que se estaba apoderando de ella.

Sí, recordó vívidamente cuando salió corriendo y se escondió detrás de un árbol al ver a un joven demente caminando hacia ella y que no corría por temor a él, sino por miedo a la locura; entonces rió, rió a carcajadas hasta el cansancio y el llanto. Luego, con esa maraña de recuerdos bajó las escaleras, abrió la puerta y caminó descalza sobre la nieve. Bailando, saltando y riendo por todo y por nada, se fue sin decir adiós, sin percibir la frontera que la separó de lo real y lo imaginario. Así partió Sofía dejando sus huellas en la nieve y el eco de su llanto y de su risa en el aire. Quizá ahora sí sea dichosa en sus soliloquios, quizá sea libre y pueda reír y llorar de felicidad en una calle cualquiera de cualquier ciudad.

 

***



Luz Marina Ortiz,
nació en Villavicencio, Colombia. Cursó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Colombia en Bogotá. Ha trabajado como Abogada Penalista, Defensora de Derechos Humanos y como reportera en diarios y revistas colombianas y canadienses. Ha participado en talleres de literatura y poesía en Colombia. Confiesa que sus autores favoritos son Fedor Dostoievski, Oriana Fallaci, Walt Whitman, Juan Bosh, John Steinbeck, Tomas Mann, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Marguerite Yourcenar e Isabel Allende.

Luz Marina vive en Toronto desde 1999 y actualmente trabaja en un Programa de Asentamiento para Nuevos Inmigrantes y como voluntaria en St. Christopher House Older Adult Centre.



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Publicado 21 de marzo de 2006