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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

El descarte

por Claudio Andrés Kúczer

Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá

El descartePedro y Susana Diplano eran para muchos la pareja perfecta: se querían entrañablemente, tenían muchos intereses en común y compartían los buenos momentos con los amigos y las familias de ambos. Pero cuando, a los tres años de casados, Susana declaró que quería tener uno y hasta dos bebes,…y pronto…, el matrimonio comenzó a deteriorarse. Sus amigas, parientes y compañeras de trabajo se habían lanzado a la maternidad en forma sistemática y exhaustiva y no pasaban más de un mes o dos sin que se produjeran anuncios de alguna inminente maternidad o algún nacimiento. Susana se sentía entonces incompleta y disminuida frente a la fecundidad que la rodeaba. El tema de los niños le causaba a Pedro tanta angustia que no quería siquiera hablar de eso y cuando tenía que hacerlo porque no le quedaba otro remedio, se refería a una posible paternidad como una catástrofe potencial sin paralelo. Los chicos nunca le habían gustado, ni siquiera cuando él era uno de ellos.

Durante el prolongado desgaste de la relación, las razones que Susana y Pedro tenían para llevarse mal aumentaban a un promedio de una cada siete semanas, si es que uno quiere ser preciso, aunque a mucha gente estos detalles le pueden parecer totalmente innecesarios. Por la época del séptimo aniversario de bodas, las desavenencias de la pareja eran tantas que rara vez podían pasar tiempo juntos sin que se generara una discusión que casi siempre llevaba a una pelea feroz, de esas que terminan en portazos y largos silencios. Los desacuerdos más frecuentes tenían que ver con que Pedro trabajaba demasiado y desatendía su vida de hogar, o dónde, cuándo o cómo ir de vacaciones, o de que forma gastar el dinero de ambos: si en los viajes a lugares exóticos que tanto le gustaban a Pedro, o en el pago inicial para una casa, como Susana quería. Había también irritantes menores como los modales de mesa de Pedro, que hacía ruido al tomar la sopa y comía con la boca abierta y la costumbre de Susana de festejar ruidosamente sus propias ocurrencias. Lo que los mantenía aún juntos eran más que nada el esquí y la navegación a vela que ambos gozaban mucho aunque también la adicción común a las palabras cruzadas y las novelas policiales contribuían a la sobrevivencia del matrimonio.

Al cabo de muchas disputas acerca de unas futuras vacaciones que Susana había decidido tomar en casa de unos primos en San Diego, ella decidió que estaba totalmente harta de Pedro. Habló mucho con sus amigas más cercanas, que insistieron que ella tenía que hacer algo drástico para cambiar su situación y con su hermana mayor que siempre la había aconsejado bien, y le dijo esa vez que, si bien Pedro detestaba a esos primos, y se había sentido sin duda menoscabado por la decisión de Susana de tomarse vacaciones sin consultarlo, su comportamiento hostil y distante era totalmente inaceptable.

El día de la partida de Susana la situación entre ambos era muy tensa. Él se quedó muy tarde en el trabajo para evitar llevarla al aeropuerto, pero, cuando volvió a casa esa noche, se encontró con una carta en la cual ella le decía que el matrimonio no tenía futuro y que, por lo tanto, iba a buscar un nuevo lugar para vivir cuando volviera de su viaje y que se iría de casa a más tardar en dos meses.

“Mi querido Pedro: en estos tantos anos que hemos pasados juntos hemos tenido largos momentos de felicidad pero también hemos vivido muchos episodios que nos llenaron a ambos de pesar y amargura. Siento que hemos llegado a una instancia en que lo malo de nuestro matrimonio supera lo bueno y que ahora es por lo tanto el momento para comenzar de nuevo…”

La sorpresa de Pedro fue completa, pues ha pesar de las frecuentes desavenencias y desacuerdos anteriores, la posibilidad de una separación jamás había sido mencionada, ni aún en los momentos de más acrimonia. No pudo dormir esa noche, ni las dos noches siguientes, totalmente desconsolado, porque el tono de la carta no dejaba dudas de que Susana estaba decidida a dejarlo.

Pedro no quiso llamarla para pedirle que reconsiderara su decisión, pues él había insistido antes que ella partiera, que ese viaje lo hacía contra su voluntad y manifestó que prefería que ellos no tuvieran ningún contacto mientras ella estuviese en San Diego. El tono de la carta de Susana era de calma resolución, y traslucía una decisión serena pero irrevocable.

Al cabo de tres días en vela, Pedro decidió que, cuando Susana retornara, él se iba a comportar en forma muy amigable, que iba a evitar hablar de cualquier tema que pudiera crear enfrentamientos y que, más que nada, no iba a mencionar la carta. A partir de allí durmió mejor. Cuando a la semana Susana volvió, se sorprendió un poco de la súbita afabilidad y el buen talante de Pedro y adivinó que esto se debía a su carta. Quedó a la espera de que él que abordara el tema de la inminente separación, pues ella venía de una familia donde todos se trataban con suma gentileza y los temas desagradables y las confrontaciones se evitaban a toda costa.

A medida que pasaban los días, el dilema de Susana crecía, porque Pedro seguía sin mencionar la carta y ella no podía decidirse a hablar de la separación. Estaba sumamente decidida a dejarlo, pero no podía iniciar el camino de la ruptura mientras él se comportara cada día mejor y la complaciera en todo lo que ella quería o necesitaba. Pedro mientras tanto había llegado a la conclusión de que amaba profundamente a Susana y por lo tanto haría lo necesario para que ella no dejara la casa. Si ella hubiese abordado el tema de la separación, él habría negado haber visto la carta y hubiera culpado a Ondina, la mujer que venía a hacer la limpieza una vez por semana, de haber traspapelado la misiva en algún lugar ignoto, como Ondina hacía a veces con ciertos objetos, que se desvanecían por meses y volvían luego a aparecer en los lugares más insólitos. Él quería que Susana percibiera su comportamiento de esos días como espontáneo y no como una respuesta a la amenaza de separación.

Susana no pudo iniciar ni en ese momento, ni nunca después, el tema de la separación, porque ella siempre había sido comprensiva, amable y generosa con la gente que la trataba bien y desde su vuelta, Pedro había sido muy atento, complaciente y buen compañero. A pesar de eso, mientras vivieron juntos, ella nunca volvió a quererlo y pensaba en ser libre y comenzar de nuevo mucho más que lo que pensaba en cualquier otra cosa.

A Pedro le aterraba la posibilidad de que ella mencionara la carta o la separación o, aún peor, que un día cualquiera se fuera de casa y no volviera. El miedo permanente y la incertidumbre hizo que su salud se fuera deteriorando a pesar de que él se cuidaba mucho con la comida y practicaba deporte al menos dos veces por semana. Más que nada temía que Susana expresara nuevamente el deseo de que tuvieran un hijo, a lo cual él hubiera tenido sin duda que acceder, pues en aquella época no se atrevía a negarle nada.

Poco después del octavo aniversario de bodas, Pedro finalmente no pudo resistir más la angustia de todos los días y su corazón cedió. Su asistente lo encontró frío, sin vida, con su mano derecha crispada en el bolsillo interior izquierdo de su chaqueta, de donde había tratado de extraer en vano la carta de Susana, para leerla una vez más.
Susana no se volvió a casar, ni mantuvo después relación alguna con otro hombre, pues los únicos temas de conversación de esa mujer, muy dulce y bonita, siempre tenían que ver con su difunto marido, “el hombre más maravilloso, considerado y bueno que jamás haya existido”, y eso terminaba por desalentar aún a los festejantes más tenaces.

 

***



Claudio Andrés Kuczer,
es boanerense, Ingeniero Electrónico de la Universidad de Buenos Aires. En 1969 emigró a Toronto, Canadá, donde vive desde entonces. Se graduó en Maestría en Ingeniería (M.Eng) en la Universidad de McMaster en Hamilton y la obtuvo una Maestría en Administración de Empresas (MBA) en la Universidad de Toronto. Ha escrito cuentos cortos en inglés y en espanol. En el concurso Nuestra Palabra en 2004 recibié el segundo y tercer premio y mencion de honor por tres de sus cuentos, algo extraordinario, sin duda.. El mismo ano uno de sus ensayos recibió el primer premio en un concurso organizado por el Departamento de Espanol de York University en Toronto, donde cursa estudios de traducción.

En Canada ha trabajado como ingeniero en varias firmas de telecomunicaciones y después de graduarse con el MBA en 1978, como consultor privado en Marketing Industrial. Desde 1987 hasta la fecha ha estado empleado por el gobierno de la provincia de Ontario como Asesor Económico con el Ministry of Economic Development and Trade.



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Publicado 27 de marzo de 2006
 
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