El ascensorista
por Claudio Andrés Kúczer
Mención Honrosa en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Toronto, Ontario, Canadá
En la carta que Patrick O’Meara le escribió a su sobrino Jimmy después que supo que su enfermedad era incurable, le pidió que se encargara de que lo enterraran en el pozo de uno de los ascensores de las Grandes Tiendas, donde había estado de ascensorista desde los veintidós años, el único trabajo que había conocido fuera de la granja de su familia y del cual se sentía muy orgulloso, pues en cuarenta y tres años había faltado al trabajo solamente dos veces antes de enfermarse gravemente y pasar largo tiempo internado en el hospital. El ascensor era toda su vida, allí estaba en contacto con la gente y el mundo, allí era donde mantenía breves conversaciones con personajes interesantes y niños simpáticos. Patrick vivía solo en una sórdida habitación diminuta, menos acogedora que su ascensor, el cual siempre mantenía impecable y donde, cuando sus superiores se lo permitían, colgaba posters y fotografías de celebridades que habían pasado por las Grandes Tiendas. Él hubiera querido dar su último suspiro yendo hacia arriba, entre el segundo y tercer piso, sus pisos predilectos, pero su enfermedad le impidió ese viaje final. Cuando el sobrino de Patrick, Jimmy O’Meara, le hizo conocer al presidente y director general de las Grandes Tiendas, Mike MacIvor, el deseo postrero de su tío, su reacción fue lo que se esperaría del líder de un gran emporio comercial como eran las Grandes Tiendas:
« Mire Jimmy, yo a mis empleados siempre los he tratado más como si fueran mis hijos que como subordinados y que, mientras ellos no traten de formar un sindicato, yo siempre hago lo imposible para complacerlos, pero lo que su difunto tío quiere, no solamente es prácticamente imposible de llevar a cabo, sino que también excede los límites del decoro », el señor MacIvor no quería dejar lugar a dudas que lo que había solicitado el muerto estaba fuera de sus posibilidades.
Jimmy no se dejó amedrentar por el tono autoritario del presidente: « Senor. MacIvor, yo comprendo su posición, pero, debo insistirle, por dos razones: una es que yo creo que el pedido póstumo de cualquier ser humano siempre se debe tratar de honrar y segundo, mi tío estaba conectado con el IRA* y, usted seguramente comprende que si ellos se enteran de que las Grandes Tiendas se niegan a complacer el deseo póstumo de mi tío, bueno…mejor ni hablar de esas cosas.»
A la mención del IRA el señor MacIvor se mostró más comprensivo « Entiéndame Jimmy, si llega a correr la voz de que su tío está enterrado aquí, en el pozo del ascensor, eso va a terminar por asustar a muchos clientes y la verdad es que ya bastantes problemas tenemos con la competencia despiadada de La Brecha y del Mercado Paredes. Nuestras ventas han caído mucho los últimos tres anos y no podemos permitirnos espantar a los clientes. Además, no creo que sea legal enterrar a la gente donde a uno se le ocurra. Podríamos, si a usted le parece bien, velar a su tío mañana, viernes, en el ascensor grande, durante las horas normales de operación del negocio. ».
« Mi tío quería que su cuerpo reposara aquí, en las Grandes Tiendas. Le ruego que acepte su pedido final.»
« Jimmy, el espíritu de Patrick O’Meara va a estar siempre en las Grandes Tiendas, sobre todo si el velorio tiene lugar aquí, en su ascensor favorito. Honestamente, pienso que eso es lo que él realmente quería. »
Jimmy finalmente aceptó, o tal vez pretendió aceptar, lo que proponía el señor MacIvor. A las ocho y media de la mañana del día siguiente la empresa de pompas fúnebres llegó con el ataúd conteniendo les restos de Patrick O’Meara, los que fueron depositados en la parte de atrás del ascensor, sobre un mueble prestado por Departamento de Enseres Domésticos de la tienda, una mesa de maquillaje con dos espejos y sus respectivos focos, los que encendidos acentuaban la solemnidad de la situación y realzaban la palidez del muerto.
Lo que MacIvor no le dijo a Jimmy y fue causa de consternación entre los amigos, los colegas ascensoristas y los parientes lejanos que asistieron al velorio, fue que el ascensor grande, seguiría a la disposición del público durante las exequias, ya que el antiguo edificio de las Grandes Tiendas que tenía cinco pisos para la venta al público y un piso más de oficinas, contaba solamente con dos ascensores. Por esto, los deudos debieron de compartir el ascensor con los clientes de la tienda, lo cual le restaba solemnidad a la situación y además resultaba en apretujones y empujones, por lo que la mesa donde reposaba el féretro terminó tambaleándose en varias oportunidades y el difunto debió ser reacomodado en una posición más digna un par de veces.
« Qué falta de respeto al finado, qué atropello » la indignación de los concurrentes al velorio iba en aumento a medida que los compradores más curiosos se acercaban al ataúd abierto y algunos pellizcaban al muerto para cerciorarse de que no era un maniquí, y otros hacían comentarios como « Estas promociones comerciales son del peor gusto », o « Por qué no compramos un cajón así para tu mamá, que no creo que aguante mucho más ». Para peor, uno de los compradores, se acerco al muerto y le dio el pésame: « Aunque no lo conozco, lo acompaño en sentimiento, señor….? », el hombre miró alrededor buscando una respuesta, pero nadie estaba de humor para contestar esa pregunta.
A pesar del mal comienzo, cuando llegaron unos cuantos amigos y parientes lejanos de Patrick, el evento se animó y pasó a ser, como otros velorios irlandeses, más bien una fiesta. Como se suele hacer en estos velorios, el reloj en el ascensor fue detenido a la hora que Patrick había muerto, los espejos de la mesa de maquillaje fueron dados vuelta hacia la pared de atrás, se colgaron sábanas cubriendo las paredes del ascensor y se encendieron velas alrededor del féretro. Más tarde llegaron los dolientes profesionales contratados por la funeraria para encabezar los lamentos, y el Departamento de Alimentos y Bebidas de la tienda proveyó sándwiches triples de atún y queso y vino blanco, cerveza y whisky, de la marca Grandes Tiendas, en abundancia. Algunos de los clientes que viajaron en el ascensor no solamente comieron y bebieron sino que también pasaron a formar parte de las ceremonias y los discursos entre una compra y otra.
El primero en hablar fue James Shutter, el encargado de planta: « Patrick se ha ido pero todavía sigue con nosotros, enseñándonos que en la vida hay subidas y bajadas….. »esta metáfora involuntaria fue objeto de algunas risitas seguidas por murmullos de indignación de la mayoría y James Shutter decidió no continuar con su discurso y se despidió precipitadamente. Ninguno de los que habló después, ni siquiera Jimmy o el presidente MacIvor pudieron decir nada realmente interesante sobre la persona de Patrick, solamente que había sido muy cumplidor en su trabajo, que no le había hecho mal a nadie, que casi nunca había faltado y que jamás había dejado de parar el ascensor para ningún cliente que necesitara subir o bajar. En uno de los viajes del ascensor a la media tarde, al llegar al cuarto piso los altavoces anunciaron que por los próximos diez minutos, el Departamento de Artículos de Limpieza para el Hogar tenía una oferta especial de papel toalla, una docena de rollos con un descuento del ochenta por ciento. Todos los pasajeros del ascensor, incluyendo a los asistentes al velorio salieron disparados hacia los estantes de productos para la limpieza y el aseo, porque todo el mundo, más que menos necesita papel toalla y una oportunidad así no se presenta muy a menudo. El ascensor subió y bajó un par de veces sin otro pasajero que el cajón de muerto, deteniéndose en uno que otro piso. Cuando el presidente MacIvor entró al ascensor en el piso de arriba, para ir a una reunión vio que el cajón seguía abierto, pero estaba vacío. Lo cerró inmediatamente, para evitar preguntas incómodas. Cuando los asistentes al velorio volvieron al ascensor, siguieron celebrando bulliciosamente, sin que nadie se percatara que el ataúd estaba cerrado. A las siete de la tarde llegó el camión de la funeraria que se llevó al cementerio el féretro vacío.
Unos meses más tarde, el mecánico de la empresa que hacía el mantenimiento de los ascensores de las Grandes Tiendas vio que en el fondo del pozo del ascensor grande había un promontorio, una cruz de madera y una placa donde se alcanzaba a leer: 1932-1997. Ni él, ni los otros mecánicos de mantenimiento, comentaron o hicieron preguntas sobre lo que habían visto, pues « uno nunca sabe cuando puede meterse en líos con el IRA, por hablar demasiado, y la vida es corta y hay que cuidarla.»
(*) Ejército Republicano Irlandés.
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Claudio Andrés Kuczer,
es boanerense, Ingeniero Electrónico de la Universidad de Buenos Aires. En 1969 emigró a Toronto, Canadá, donde vive desde entonces. Se graduó en Maestría en Ingeniería (M.Eng) en la Universidad de McMaster en Hamilton y la obtuvo una Maestría en Administración de Empresas (MBA) en la Universidad de Toronto. Ha escrito cuentos cortos en inglés y en espanol. En el concurso Nuestra Palabra en 2004 recibió el segundo y tercer premio y mencion de honor por tres de sus cuentos, algo extraordinario, sin duda.. El mismo ano uno de sus ensayos recibió el primer premio en un concurso organizado por el Departamento de Espanol de York University en Toronto, donde cursa estudios de traducción. En Nuestra Palabra 2005 ha obtenido dos menciones honrosas. En « El ascensorista » Kúczer hace gala de un humor negro que mantiene al lector entre sorprendido y divertido a la vez.
En Canadá ha trabajado como ingeniero en varias firmas de telecomunicaciones, después de graduarse con un MBA en 1978, como consultor privado en Marketing Industrial. Desde 1987 hasta la fecha ha estado empleado por el gobierno de la provincia de Ontario como Asesor Económico con el Ministry of Economic Development and Trade.
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