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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
 
 
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» Concurso Nuestra Palabra Versión 2004

 
 
 
2º Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Los cuentos

A la sombra de un viejo pino

por Rafael Rodríguez

Participante en el Concurso de Cuentos “Nuestra Palabra 2005”
Toronto, Ontario, Canadá

A la sombra de un viejo pino

Fue en el atardecer de un día de otoño. Mas bien, a mediado del mes de abril. El coche azul llegó al cruce y dobló hacia la izquierda. Era un cruce sin semáforos. Nomás entrar en la nueva calle, aminoró la marcha. La calle era de una sola mano. Se notaba de que el chofer buscaba donde estacionar. A simple vista no había ningún lugar disponible. Le pareció, de que al final de la cuadra las luces de un auto flasheaban. Dejo ir el auto con lentitud. Tuvo suerte. Un coche negro hizo un par de maniobras y se fue calle arriba. El coche azul se estacionó. Un par de minutos después, descendió el chofer. Un hombre delgado, no muy alto, vestía bien pero sencillo, vaqueros, camisa oscura y campera negra. Sus mocasines también eran del color negro. Se puso un cigarrillo en la boca, pero no lo encendió. Comenzó a caminar calle arriba. Al llegar a la esquina, dobló a su izquierda. Tan solo cincuenta metros por delante estaba la plaza. Sus pasos sabían hacia donde iban. La plaza ocupaba toda una manzana. Tenía una fuente con agua y plantas acuáticas en su centro. Canteros con plantas ya casi marchitas. Varios árboles frondosos. Bancos con respaldos en sus caminos internos. Algunos vacíos y otros ocupados por parejas o personas mayores.

El hombre se internó en la plaza y caminó hacia un banco vacío que estaba al pie de un viejo pino. Seguía con el cigarrillo en su boca sin encenderlo. Se sentó y estiro las piernas. Dejó que su cabeza descansara en la curva del respaldo. Primero, miro los retazos de cielo que se colaban entre el ramaje de los árboles. Luego, cerró los ojos y cruzó sus brazos sobre su pecho. Todo su cuerpo quedo relajado. Inerte. Apenas, el leve movimiento de su estómago al respirar confirmaba su vivencia. Para quienes pudiesen mirarlo al pasar frente al banco solo era un ser durmiendo. Pero no dormía, solo soñaba.

Raúl, ese era su nombre, no estaba allí sentado por casualidad. Solo estaba repitiendo lo que había estado haciendo desde seis meses atrás. Ya se sentía dueño de aquel lugar. Allí, era donde se sentaba a esperar la llegada de Anatole todas las tardes. Se repitió lo que venía sucediendo hacía una semana. Raúl sabía que su espera era en vano. Raúl sabia que Anatole no vendría a sentarse a su lado nunca más. Entonces, ¿porque seguía viniendo él? Raúl seguía viniendo porque era en ese único lugar donde su mente podía reunirse con su amada Anatole. Y allí estaba, una vez más. ¿Hasta cuando? No lo sabía. O acaso, ¿ya lo sabía? Primeramente, la mente de Raúl divagaba entre nieblas por algunos minutos. Poco a poco, esa niebla se iba disipando. Y comenzaban a aparecer luces. Luces y formas. Era primavera. Los canteros de la plaza rebelaban una variedad de colores y aromas. Él no se veía a si mismo, pero sabía que sus ojos estaban fijos en un determinado punto. Fijos en la esquina por donde aparecería la figura tan amada. Su Anatole. Y cuando aparecía Anatole, el resto del mundo desaparecía del entorno de Raúl. Sus ojos se centraban solo en ella. Sus ojos se imantaban para atraerla hacia sí. Antes de que ella llegara, él se levantaba del banco para recibirla. Lo primero era un beso a flor de labios. Luego se sentaban. Se tomaban ambas manos. Se miraban. Sonreían. Él siempre era el primero en preguntar, ¿Cómo te fue? y venían los comentarios... Anatole trabajaba como secretaria de una firma de contadores, emplazada en un edificio de firmas judías. Raúl era visitador medico. Se amaban, se amaban con locura. Fue un flechazo a primera vista. De ser dos seres completamente desconocidos, bastó media hora de conversación para que llegara el hechizo. Cupido flechó sus corazones. Desde entonces Anatole y Raúl solo hablaron de amor. Y el banco de aquella plaza bendecido con la sombra fresca de un viejo árbol de pino, fue el altar donde a diario se unieron sus bocas en apasionados besos. Tejieron planes que a menudo cambiaban por otros. Proyectaron paseos para cuando formalizaran sus relaciones. Y el verano transcurrió con lentitud. Inyectando al paso de cada día más y más amor en el idilio que anidaba en aquellos dos jóvenes corazones. Sus destinos, comenzaron a caminar juntos hacia un futuro pleno de luz y felicidad. El cuerpo del hombre sentado en el banco de la plaza a cuyas espaldas se elevaba un frondoso pino, sufrió un estremecimiento. Sus manos cubrieron su rostro ya húmedo por las lágrimas que brotaban de sus ojos. Su cuerpo se inclinó hacia adelante y sus codos se apoyaron sobre sus rodillas. Raúl lloró en silencio sus penas. Sus ojos, ya no miraban hacia la esquina por donde debiera aparecer su Anatole amada. Aunque él aún se resistía a aceptarlo, las sombras del anochecer se lo decían. Raúl y Anatole se quedaron sin sueños, sin paseos, sin futuro. El destino les hizo trampas. Les apagó la luz y la felicidad. Anatole ya solo era un recuerdo. Ya no se volvería a sentar junto a él en aquel banco de plaza.

Con la ayuda de un pañuelo, Raúl se secó la humedad de sus mejillas. La noche estaba llegando. Algunas estrellas ya tintinearon en la oscuridad del cielo. Raúl dejó el banco y regresó sus pasos. Caminaba lento. Esta vez encendió el cigarrillo que puso entre sus labios. Aspiró muy hondo el humo. Sus pasos lo devolvieron al lugar donde quedó estacionado el coche. Dejó caer la colilla del cigarrillo al suelo y la aplastó con su pie derecho. Abrió la puerta del auto. Se sentó frente al volante. Luego cerró con cierta violencia la puerta. Sus brazos se apoyaron sobre el volante, y su cabeza golpeó dos veces sobre sus brazos, antes de que un rugido feroz brotara de su garganta. ¿Porqué Dios mío?, ¿porqué? fueron sus únicas palabras al estallar en un llanto violento. Raúl lloró desconsoladamente por varios minutos. Sobre el asiento a su derecha reposaba la hoja de un periódico con fotos y grandes letras titulares. Poco a poco Raúl se fue calmando. Usó el mismo pañuelo para secar su rostro. Aún demoró algunos minutos en dar al encendido del motor su orden de arranque. Encendió las luces, maniobró el volante y partió calle arriba. Manejó sin rumbo fijo por más de una hora. Cada cinco minutos bebía de una botella mediana un largo trago. Manipuló las teclas de un pasa-casetero y aumentó el volumen al máximo. Puso rumbo a las afueras de la ciudad. Se encontró con un camino que corría paralelo a las vías del tren. Tomó por él hacia las afueras. Llegó a un cruce ferroviario. Detuvo la marcha del coche y observó el sistema de barreras que protegían el cruce. Luego, dio marcha atrás unos treinta metros y se estacionó. De una sola empinada, vació el contenido de la botella. Diez minutos después oyó el silbato del tren. Puso el coche en movimiento. Al llegar al cruce dobló el volante hacia la derecha. En el momento que las ruedas del vehículo tomaron contacto con los rieles de la vía, Raúl pisó el freno. Al compás del flasheo de una luz roja comenzaron a bajar las barreras del cruce. El pitido del tren se hizo sentir más fuerte de lo común y más continuo.

Los bomberos tardaron horas en poder sacar de entre los retorcidos hierros y chapas los restos despedazados de lo que fue un cuerpo humano. La prensa matutina documentó el accidente ferroviario. Se manejaron varias tesis al respecto. Lo único destacable que podía inclinar hacia la opinión de lo del suicidio, fue el hallazgo de una hoja de periódico ensangrentada que daba detalles de la explosión ocurrida una semana atrás en un edificio, donde funcionaban varias firmas comerciales de la colectividad judía.

 

***



Rafael Rodríguez,
es un escritor residente en Toronto, que participó en el primer concurso de cuentos “Nuestra Palabra 2004” haciéndose merecedor de una mención honrosa de parte del jurado con el cuento “Viernes 13”.



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Publicado 27 de Octubre de 2006
 
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