El cofre de la abuela
por Aleyda Ruiz Muñoz
Participante en el Concurso de Cuentos “Nuestra Palabra 2005”
Toronto, Ontario, Canadá

Esa mañana la lluvia se interrumpió de repente. La abuela Emilia pudo por fin correr las cortinas después de un mes de refugiarse del frío de la lluvia. El miedo de una antigua pulmonía padecida después del parto de su último hijo, la obligaba a encerrarse en los inviernos trágicos que anualmente se hacían más devastadores para la humedad de sus huesos.
Pero esa mañana al correr las cortinas sintió la tibia línea de sol que perforó el vidrio de la ventana y calentó con la sutileza de sus rayos matutinos ese ánimo de vivir ochenta años más, que surgía en su alma cada vez que cesaba la lluvia. Como siempre, después del invierno, el sol hacía evidente la capa de polvo en los anaqueles y en los baúles coloniales, donde reposan las fotos del abuelo en los portarretratos sonrientes que el murmullo de sus inveteradas imágenes, recuerdan el inevitable mutismo en que sucumbió el abuelo; ese detestable silencio que desterró su alegre voz del eco de los pasillos de la casa y sentenció a la eternidad las frases cariñosas que habían impregnado de amor los más hondos recovecos del alma de la abuela.
Una lágrima con todo el frío de la lluvia viajó descendente en las ondulantes líneas de expresión que a la abuela le marcaron su rostro tantos años de alegrías y muchos más de sufrimientos en su vida. Una vida que ahora la condenaba a estar sola. Esa reiteración de la soledad de los últimos diez años de rutinas solitarias le ha insinuado al oído el afán de querer morir. Pero esa mañana al descubrir la línea de polvo en sus muebles y al sentir que revivía el calor en sus huesos solapados, desertó la idea de su muerte; confluyó en su mente la alegría de todos sus hijos y mientras desterraba el polvo de su vida y mientras levantaba las sábanas mohosas de sus magníficos muebles de antaño, decidió compartir la alegría de sus baúles y de su cofre de jade donde guardaba las fotos sepia, mechones de cabello y dientes de las primeras mudas de sus hijos.
El comedor de guayacán volvió a respirar el aire de la alegría, la antigua mecedora de mimbre heredada de su abuela volvió a mecer el calor sus centenares años; el hollín de las ollas sin usar desapareció para preparar un almuerzo de multitudes como los que acostumbró desde siempre. Puso la olla, encendió el fogón y lloró con la alegría del sabor que quería darle a su vida. Bajó con el palo de la escoba el pesado llavero que colgaba en una puntilla clavada en la columna más alta de la casa para evitar que sus hijos las encontraran. Viajó por el corredor, recordando cuando ella dormía en una de las habitaciones y tiritaba al sentir los pesados pasos de su madre en las madrugas para ir al colegio.
Fueron esos primeros pasos en su vida que se tambaleaban entre el cielo y el suelo, entre los sueños de niña y los deberes de mujer prematura madurada a correazos. “Apúrese niña que se retrasa” le decía su madre para que fuera a la escuela, pero lo que en realidad quería decir era, “cásese que ya merece”. Esas órdenes en la madrugada de su vida fabricaron la idea de casarse para huir de los castigos y antes de sus quince años puso fin a toda su vida de hija y la condujeron al camino de esposa y de madre impúber. Pero el rigor de los quehaceres la obligaron a servir a su madre antes de su muerte, los quehaceres de hija se unieron a las obligaciones de esposa y a la dedicación de madre.
Esa mañana con las llaves en sus manos mientras recorría los cuartos, recordó el entusiasmo de la ampliación de la casa, a los jornaleros felices silbando boleros mientras pegaban los ladrillos, mientras ella preparaba los menjurjes de hierbas para su madre. Al abrir el primer cuarto recordó a su primer hijo, fue un parto difícil para su útero escolar, también a su segundo hijo y el alegre llanto que iluminó la casa. Al abrir el segundo cuarto se vio a ella misma tiritando de miedo y de frío en las madrugadas de la correa de su madre; ese era el último cuarto de la casa antes de la ampliación, de ahí en adelante ella siguió abriendo los cuartos consecutivos pero no los vio, sino que recorrió en su memoria el camino del solar, rodeada de cerezos y de árboles de mangos y las azucenas que no podían faltar alrededor del camino.
Vio en el antiguo tendedero la sábana que probó la pérdida de su inocencia y en un esfuerzo sublime regresó al presente, abrió todas las ventanas, recogió todas las sábanas que seguían cubriendo los muebles de su vida y recordó la olla en el fogón. Se apuró a condimentar el caldo con toda la sazón de sus años, buscó en los gabinetes todos los platos despicados de su vajilla china y recordó que servía el almuerzo para sus quince hijos, para sus treinta y seis nietos, para sus dos bisnietos y para su tataranieto que llegaría gateando.
Corrió con el afán de su alegría hacia la puerta, quitó los cuatro candados para abrir con la alegría de sus años la puerta que sólo se abría para ir los miércoles al mercado; para ir los domingos a la iglesia donde el cura de la parroquia le había perdonado todos los pecados del pasado de la abuela y de antemano los del futuro en caso de una muerte repentina; en un tiempo se abrió para ir al médico, nunca lo volvió a hacer porque el doctor que le había dictaminado que moriría al cumplir dos años de la muerte del abuelo, murió sin razón aparente un día antes del aniversario del abuelo, sin poder ver que su sentencia no se había cumplido más de ocho años después. La abuela buscó la libreta de teléfonos y marcó varios números para llamar al azar a todos sus hijos. Sin querer llamó sólo a los hombres, “porque mis hijos hombres sí son mis hijos”, decía cada vez que alguno le regalaba un melón o una papaya o un título para colgar en la oficina. Su mano tembló para llamar a sus hijas, “a mis hijas no las quiero, por perras” decía cada vez que quedaban preñadas. Lloró al saber que nunca pensó eso y que siempre lo dijo para descargar la ira contra su madre que la condenó a esos mismos comentarios de los cuales tal vez ella también fue víctima en la trágica ascendencia de las mujeres de la historia.
Al confirmar la multitudinaria visita, registró los baúles para encontrar el mejor vestido de todos sus años, escogió unos aretes que encontró en el cofrecito de jade, se fue a la cocina y bajó la olla y sirvió la mesa. Siguió hacia el baño y se duchó con el aroma de hierba buena y manzanilla que revivió su aroma maternal. Se vistió hermosa para esperar su visita; se sentó en la mecedora de mimbre repasando las palabras con las que pediría perdón y las palabras para decirles que los quería a todos, que los amaba y que no quiso desterrarlos de su vida después de la muerte del abuelo, quería que la perdonaran por su error y soñando con estas palabras tomó una siesta sonriente en la mecedora milenaria. Así encontramos a la abuela, a la que amábamos tanto, había tomado una deliciosa siesta de la que nunca despertó, no sin antes garabatear algo en su libreta de teléfonos, algo que no eran sus quejas, ni sus dolores, ni su orgullo, ni su mal genio. Un amor inmenso que tuvo su fin en unos garabatos en los que pudimos descifrar el amor de tantos años. Una pequeña nota ilegible que habría de parar en el cofrecito verde de jade.
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Aleyda Ruiz Muñoz,
vive en Toronto con su esposo y sus dos hijos. Es colombiana, graduada en Administración de Empresas en Colombia. Confiesa que le gusta mucho la lectura y que en sus ratos libres escribe cuentos. En 2005 participó por vez primera en un concurso literario con “El cofre de la abuela”, una muestra de que Aleyda posee un buen estilo que esperamos continúe produciendo muchas más narraciones en nuestro medio.
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