Ocurrió un Viernes 13 de Semana Santa. Comenzó con una llamada de teléfono.
Fue al mediodía. En la casa solo esta su dueña-doña María. Ella llevaba
viviendo en el barrio desde que se casó con don Jesús (ya fallecido). Tenía
dos hijos varones, ya mayores y casados que aprovechando el terreno paterno,
se habían construido un departamento cada uno. Pero doña María estaba sola
en esos momentos. Normalmente cuida a sus tres nietos durante el día. Sus
hijos se habían marchado el día anterior para la casita que tenían en un
balneario. La habían invitado, pero ella no había aceptado. ¡Como iba a
dejar la casas sola! ¡Con tantos robos!
Doña María tomó el tubo del teléfono pensando, debe ser uno de los
muchachos. Son tan atentos, pero no. Escuchó la voz de una mujer. Una voz
desconocida. Alguien que llama equivocada, imaginó. No, no era número
equivocado porque conocían su nombre.
- ¿Habla la dueña de casa, Doña María López? - la voz era dulce y clara.
- Sí, habla María López. ¿Quién es usted?
- Oh, doña María, le estoy hablando en nombre del súper mercado "El
Baratillo Amigo", donde usted compra todos sus alimentos -. Doña María no
tenía mucha escuela, pero era muy respetuosa con los extraños.
- Ah, sí, claro que lo conozco, voy todos los días. ¡Pero hoy está cerrado!
Es Viernes Santo.
- Sí, Doña María, el súper está cerrado; yo le estoy hablando desde las
oficinas.
- ¿Y para qué me llama usted? - preguntó algo confusa.
La dulce voz fue más dulce aún.
- Para felicitarla, señora. ¡Es usted la ganadora del premio del
mes! Como usted debe saber, todos los meses se premia a un cliente del
Súper, y esta vez ha sido usted la favorecida.
Doña María seguía confusa de qué concurso le hablaban, pero siguió la
conversación como si lo supiera. Era poco instruida, pero no tonta. Se animó
a preguntar, "¿Qué gané?".
- Usted se ha ganado una máquina de coser de las buenas - ¡una
Singer!
Su emoción fue tanta que solo atinó a decir "¡Una Singer! Sus ojos se
posaron en una vieja máquina de coser a pedal, que don Jesús le regaló al
mes de casados. Se persignó. También se imaginó lo celosa que se iba a poner
la vecina de la derecha cuando se enterara de su suerte. Después agregó, ya
más calma.
- ¿Cuándo puedo ir a retirar el premio? Mis hijos no están y yo no tengo más
el auto. Cuando murió mi Jesús -se persignó-, se lo quedó Manuelito que era
el que no tenía.
- No tiene que preocuparse por eso Doña María, nosotros se lo
entregaremos en su propia casa. ¿Usted duerme la siesta?.
La pregunta la sorprendió y solo atinó a decir no. Repitió dos veces no, no.
Con la alegría que sentía -nada de siesta- se dijo. Luego agregó, "Pueden
venir cuando quieran; yo siempre estoy en casa. Dicen que hay tantos robos,
usted sabe, no".
- ¡Oh sí señora, si lo sabré! ¿Qué le parece a eso de las dos de la tarde?
Ah, otra cosa doña María, no se lo cuente a ninguna vecina todavía; así les
da una sorpresa cuando ya tenga la máquina nueva.
La cara de doña María se iluminó. Su alegría la llevó a decir: "Para mayor
comodidad de ustedes, les dejo el portón de la calle abierto. Mi casa es la
primera; la del parral". (Supuso de que vendrían en un coche). Un "hasta
pronto" fue el saludo final.
Llegaron justo a las dos; eran tres personas. La chica del teléfono,
(supuso), y dos hombres jóvenes. No venían en coche; vinieron en una
camioneta van, grande de color negro. La casa tenía un retiro de unos doce
metros de la vereda. El que oficiaba de chofer solo saludo a doña María que
los esperaba sentada bajo el parral. Solo bajaron la chica y el otro hombre.
Se saludaron -la chica cargaba un portafolio de cuero negro- y fue quien
comentó: "Hace calor aquí afuera".
- Oh, por favor, pasen adentro señores. En el comedor se está mejor.
El barrio dormía la siesta. Media hora más tarde, la camioneta abandonó la
casa de doña María. El portón de calle siguió abierto. Serían las cuatro de
la tarde cuando doña María intentó abrir los ojos. La cabeza le dolía
terriblemente. Cuando logró abrir los ojos, quiso moverse. Estaba acostada
sobre el sofá grande. La cabeza, además de dolerle, le daba vueltas y
vueltas. Quiso sentarse y casi se cae al suelo. Después del segundo intento,
lo logró. Sus ojos, ya más despejados miraron alrededor. Dudó de que aquella
fuese su casa. ¿Dónde estaba el televisor a color? ¿Dónde estaba el equipo
de música? ¿Los cuadros? ¿Los jarrones? ¿El teléfono inalámbrico? Pero su
duda quedó clara, cuando sus ojos se posaron en su vieja máquina de coser a
pedal que descansaba bajo una ventana. Sí, estaba en su casa. Entonces, a
pesar del fuerte dolor de cabeza, lo vio todo muy claro. ¡La habían robado!
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. En el silencio, sintió una voz muy
querida, ¡la voz de su difunto Jesús! Te lo he dicho, mujer; vos sos muy
confiada, dejas entrar a cualquiera.
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