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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "VERÓNICA"
por Irania Ledesma Paredes

Veronica, Cuento con mención honrosa Eran las seis de la tarde y Diego no tardaba en llegar a la casa. Yo no podía dejar de temblar por más que lo intentaba y los niños inquietos esperaban también con nerviosismo. Tenía ganas de seguir fumando pero no quería que Diego me cachara, eso podía destruir los planes; llevaba mucho tiempo esperando ese momento como para arruinarlo por una tontería.
Constantemente regresaba a revisar los detalles para asegurarme de que todo estaba listo; me asomaba cada dos minutos a la ventana para verlo venir pero el tiempo parecía correr muy despacio y todo ese día me pareció eterno. Cuando por fin Diego llegó a la casa, Sergio, Carlitos y yo volteamos a vernos; nuestros ojos bien abiertos se llenaron de miedo y de complicidad. La ansiedad que salía con cada flujo de nuestra respiración convirtió el departamento en una cámara de angustia. Escuchamos sus pasos venir por el corredor.

La puerta se abrió y respiré profundamente antes de saludarlo para calmar mi ansia y aparentar una actitud habitual. "Hola. ¿Cómo te fue?" pregunté y tomé sus portafolios.
"Pues igual que siempre. ¿Cómo quieres que me vaya?" respondió con fastidio.
"¿Cómo se han portado los niños, Verónica? ¿Dónde están?" me preguntó, al momento que aflojaba su corbata y desabrochaba el primer botón de su camisa.
"Se portaron bien. Dieguito está terminando de leer los capítulos del libro que le dejaste y Sergio y Carlitos han pasado toda la tarde haciendo su tarea" respondí.
"Y tú, ¿qué hiciste? ¿Lustraste mis zapatos como te dije?"
"Sí".
"¿Donde están? Enséñamelos".

Me dirigí al clóset y saqué los tres pares de zapatos que había lustrado esa mañana y al verlos, Diego me gritó: "¿A esto le llamas lustrar los zapatos? ¡El brillo no se ve parejo! ¿Con qué los limpiaste?"

Las manos me empezaron a sudar a chorros y las palabras atoradas en mi garganta querían salir corriendo de un solo grito, pero respondí inmediatamente con voz muy baja:
"Los limpié con el trapo que me dijiste, el rojo". "¡Como eres tonta!" gritó, "¡Seguramente no lo hiciste como te expliqué! Nada de lo que haces lo haces bien. Yo no sé porque me casé contigo si siempre supe que eres una mujer simple y una buena para nada...".

Mientras Diego me gritaba esas palabras mi mente se puso en blanco, tratando de bloquear mi pensamiento para no registrar sus insultos y aunque él no dejaba de hablar yo sólo escuchaba sonidos aislados sin significado alguno. Sergio se paró detrás de la puerta de su recámara y sólo asomaba la cabeza para no ser visto por su padre. Cuando levanté la mirada lo vi ahí, con la piel pálida y la mirada cristalina; sus ojos negros me hablaron diciendo 'Resiste, que esta será la ultima vez'.

"... y más te vale que mañana antes de irme a trabajar ya los hayas lustrado como se debe..." continuó Diego "...porque estoy cansado de dar mala impresión con la gente por tu culpa. Quita esa cara de estúpida y ya sírveme la cena, a ver si por lo menos eso lo hiciste como me gusta".

Caminé hacia la cocina. Con cada paso que daba, sentía que mi cuerpo se iba llenando de fuerza para ponerle fin a todos esos años de tormento. Mientras servía la sopa, Diego llamó a los niños: "Sergio, Carlos y Diego, ¡vengan para acá!" Los niños salieron de su habitación y se acercaron a su padre. "Aquí estamos papá" dijo Sergio. Diego, con su usual actitud de patriarca les ordenó que se sentaran a la mesa y les preguntó: "¿Cómo les fue en la escuela?" "Bien, papá" contestaron los muchachos al mismo tiempo.

"¿Nada más bien? Carlos, ¿que pasó con el examen de Química que hiciste ayer?"
"Ya nos dieron hoy la calificación y me fue bien."

Llevé el plato de sopa a la mesa, y al dar el primer sorbo, Diego exclamó: "¡La sopa está caliente Verónica! ¿Qué no has aprendido después de tanto tiempo que no me gusta la comida tan caliente? ¡Enfríamela!"

Tomé el plato y comencé mover al caldo con la cuchara mientras le soplaba. Terminé de enfriar la sopa y puse el plato frente a Diego otra vez. Tomé un sorbo para asegurarse de que estuviera un poco mas fría y dijo: "Pues todavía no está bien, pero ya que tengo hambre, por esta vez me la comeré más caliente de lo que me gusta".

Regresé a la cocina por el platillo favorito de Diego: pollo asado con puré de papa. Mientras lo servia, Diego y los niños seguían con la conversación: "¿Nueve punto seis?" Dijo Diego con voz fuerte. "Esa no es una calificación con la cual debas sentirte satisfecho. Hasta que no saques diez en todas las materias alcanzarás el nivel de excelencia que un hijo mío debe lograr, y entonces, me sentiré orgulloso de ti".

Sosteniendo el plato con una mano y la cuchara con la otra, me detuve unos segundos frente a la estufa a pensar que ese momento seria el principio del resto de nuestras vidas. Decidida, serví una cucharada grande de puré de papa en el plato, y pretendiendo que tomaba algo del refrigerador, me cubrí con la puerta abierta. Saqué de la bolsa de mi pantalón una bolsita de plástico con las pastillas para dormir que había machacado esa mañana y vacié el polvo sobre el puré; lo revolví después con la cuchara para esconderlo. Regresé a la estufa y serví un poco de gravy sobre el puré. El momento había llegado. Mis manos, como dos cómplices, sudaban sin parar. Giré lentamente la cabeza para mirar a Diego. Su boca se abría y se cerraba emanando sonidos que parecían muy distantes.

Regresé a la mesa, tomé el plato vacío y lo cambié por el otro. Diego tomó el tenedor, lo clavó en el puré y comió un bocado. Sergio y yo mirábamos fijamente la masa blanca mientras Diego la llevaba una y otra vez del plato a su boca. Sin haber tocado el pollo, Diego casi terminó el puré y empezó a lucir cansado. Se levantó de la mesa diciendo que más tarde terminaría de comer y se dirigió a nuestra habitación para recostarse. Sin dejar pasar mucho tiempo, me acerqué a la cama con un vaso de cristal en la mano y lo dejé caer al suelo. Al romperse en pedazos, el cristal causó un sonido penetrante pero Diego no despertó.

Corrí a la sala en donde los muchachos me esperaban impacientes. Les di la señal esperada, y Sergio guió a sus hermanos hacia su habitación. Del clóset sacaron tres maletas mientras yo sacaba una más que aguardaba silenciosa debajo de la cama. Tomé mi bolsa de mano, me la colgué, y al ver que los niños estaban listos, me fui de la habitación con pasos apurados hacia la salida del departamento. Abrí la puerta y mis hijos salieron rápido. Arrastré mi maleta hacia el pasillo y antes de cerrar volví la mirada hacia aquella sala, en donde pude ver catorce años de suplicio quedándose atrás. Jalé la puerta, la cerré, y en ese momento, respiré mi primer viento de libertad.

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Irania Ledesma Paredes
Nació en Febrero de 1978 en la Ciudad de México en donde vivió por veinticuatro años antes de venir a Canadá. Estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tomó la especialidad en Didáctica de la Lengua, y estudió un Teacher's Training Course para obtener la certificación como maestra lo cual le permitió trabajar dando clases de Inglés y de Español en México por varios años. Llegó a Canada el 23 de Abril del 2003 junto con su esposo y por el momento se dedica a su hogar. Actualmente reside en Oshawa, Ontario.




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Publicado 08 de noviembre de 2004
 
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