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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "Milagro"
por Jorge Vecellio

Milagro, Cuento con mención honrosa El empujón con que lo echaron del Bacchus casi lo hizo precipitarse sobre el pavimento de Madison Avenue, pero por fortuna todo se redujo a un resbalón en el hielo de la acera. Le costó un poco recuperar el equilibrio, se tambaleó y se sostuvo apoyándose contra el poste de la luz, hasta que al final se encaminó hacia la 21, enterrando los pies en la nieve que lo hacía tambalearse todavía más. "Salvadoreño marica, cualquiera es hombre con un cuchillo", se dijo para sí mismo, mientras que con las dos manos se cruzaba el abrigo sobre el pecho.

No sentía frío. El termómetro debía estar marcando unos diez grados bajo cero, pero Marvin todavía conservaba el calor interno que garantiza el alcohol. ¿Cuántas cervezas habían sido? ¿Diez? ¿Doce? La Corona es pesada cuando no se lleva nada en el estómago. Fue entonces cuando sintió el dolor por primera vez. Agudo, bien adentro, como un cólico, y se llevó una mano al abdomen. Comprendió que necesitaba sentarse, así que dobló en la 21 hacia la izquierda, como quien va hacia El Típico, y en el segundo umbral, en el de la heladería, se apoyó contra la puerta y empezó a descender despacio, hasta llegar a sentarse en el segundo escalón. Al principio el frío le quemó las nalgas a través del pantalón, pero pocos segundos después no podía importarle un detalle tan insignificante. Enfrente, el empleado de Banana King barría la acera y sacudía las alfombras, en lo que seguramente constituiría su última tarea del día.

El dolor en el estómago volvió de repente, esta vez tan fuerte que le hizo cerrar los ojos y con una mano se cubrió la boca, ahogando un grito genuino. El dolor le recordó que tenía que apurarse. En el bolsillo del saco buscó el celular y lo abrió, y la luz que la pantalla del diminuto aparato emitió de repente le hizo retirar la vista hacia un costado, provocando las primeras de muchas náuseas. "¿Cuánto costará una llamada directa a Costa Rica?", se cuestionó, y pronto se dio cuenta de lo estúpido de su pregunta. "A quién le importa cuánto, si yo no voy a pagar esta mierda", dijo en voz alta, casi riéndose. Y otra vez: "Salvadoreño marica", entre dientes, mientras el dolor se hacía por primera vez insoportable de verdad.

Haciendo un esfuerzo enorme, con los dedos endurecidos por el frío, recorrió sobre las teclas del teléfono un camino que conocía de memoria y marcó el número de su casa.

La voz del otro lado sonó dormida e incrédula, como era de esperarse.

- ¿Marvin? ¿Es usté, Marvin?

- Sí, Antonia, soy yo, vaya y despierte a las muchachas.

- ¿Está borracho Marvin?, son las dos y media de la mañana...

- Que despierte a las carajillas, le digo, vaya. Y apúrese. No, no, espere... Dígame primero, ¿cuánta plata tiene guardada?

- Como cuarenta y cinco mil, no sé ¿por qué?

- Por nada, vaya y despiértelas.

- ¿Usté está bien, Marvin?

- ¡Que las despierte, carajo!

No lo dijo gritando, pero la orden fue tan precisa como irrefutable. Antonia ya sabía que cuando Marvin daba una orden de esa manera, había que hacerle caso. La voz de Jenny, la más grande, demoró más o menos un minuto en hacerse oír, aunque a Marvin le pareció que había sido mucho más, una hora, un siglo. Mientras esperaba miró hacia abajo y por fin observó con asombro su propia sangre, cuya imagen había estado evitando hasta ahora como una negación de la realidad, como un niño que no llora sino hasta que no ve la sangre que confirma su lastimadura. Sin sangre no hay dolor, sin sangre no hay herida.

- ¿Papá? ¿Le pasa algo, papá?

- No, m'ija, todo está bien, solamente tenía ganas de escucharla y decirle que la quiero mucho, sabe.

- ¿Usté está borracho otra vez, papá?

Y Marvin que empieza a llorar, a llorar sollozando, en una mezcla de dos dolores fusionados, dolores siameses, a los que es posible distinguir entre sí. La sangre le mancha la mano y la garganta se le cierra, pero igual trata de hablar. Tal vez si no hubiera tomado tanto, pensó.

- La quiero mucho, mi amor, la quiero mucho. Páseme con su hermanita.

La más chica le pareció la más despierta de las tres, ignorando la falta de sentido de una llamada en mitad de la madrugada.

- ¡Papá! ¿Ustedes tienen un circo allá en New Jersey? Porque aquí en Alajuela pusieron un circo y mi mamá dijo que me va a llevar si usted da permiso. ¿Usté da permiso para que mi mamá me lleve?

- Claro que sí m'ijita. Dígale a su mamá que la lleve y que le compre un helado de paso. La quiero mucho mi amor, sabe. Pero mándeme un besito con ruido, sea buena, así como a mí me gusta.

Y ella se lo mandó, y no fue uno sino tres, y a Marvin no le quedó mas remedio que sucumbir a uno de sus dos dolores, el de adentro, y comenzó a llorar, a llorar ahora sí en serio, casi a los gritos, y a rezar entre dientes.

- No deje Señor que muera, por favor. Yo le juro que no voy a volver a tomar, pero no deje que me muera así. Haga un milagro, mi Dios y déjeme ver a las muchachas una vez más... No deje que me muera...

El teléfono cayó sobre la nieve cuando Marvin sin darse cuenta siquiera, acomodó las manos sobre estómago, ya sin fuerzas para nada, y las lágrimas rompieron los diques de su voluntad y comenzaron a ahogarlo, esta vez en silencio. Las náuseas también lo traicionaron y estallaron en un vómito que se repitió dos veces. Tres minutos más tarde ya no había más nada por hacer, apenas le alcanzó el estado de semiconciencia para darse cuenta de que pese a todos sus ruegos se estaba muriendo.

- Déjeme verlas otra vez...

Las luces de la 21 y el empleado de Banana King se fueron perdiendo a medida que Marvin cerraba sus ojos para dar paso a la imagen de las dos niñas tal como las vio por última vez, una a cada lado de su madre en el aeropuerto de San José, con una sonrisa increíble cada una y diciéndole adiós con las manos.

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Jorge Vecellio

Jorge Luis Vecellio nació en Rosario, Argentina, en 1974. A los 16 años, ganó el Premio Nacional de Literatura Pico Truncado, otorgado por el Gobierno de la Provincia de Santa Cruz. En 1992, comenzó su carrera en el periodismo profesional. Ha formado parte de algunos de los medios más prestigiosos de la Argentina, como el diario Clarín y la Revista Noticias, y a partir del 1999, impulsado por su labor en defensa de los derechos humanos, inicia su carrera internacional.

Ha publicado artículos en periódicos y revistas de Madrid, Barcelona, México, Miami y Nueva York. En 1996, en ocasión de una entrevista, conoce al escritor Adolfo Bioy Casares, Premio Cervantes de Literatura, con quien desarrollaría una íntima amistad que perduraría hasta la muerte del autor, en 1999.

En abril de 1998 funda en la ciudad de Rosario la Biblioteca Pública Adolfo Bioy Casares. Durante una entrevista con el Diario La Nación de Buenos Aires, el escritor diría: "El segundo piso del edificio de la Enciclopedia Británica lleva mi nombre, y eso me enorgullece. Pero qué orgulloso estaría mi padre de mí si supiera que desde ahora existe una biblioteca que lleva mi nombre, y eso se lo debo a Jorge".

Desde septiembre de 2003 cumple funciones de periodista y editor en el diario El Popular de Toronto.




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Publicado 27 de diciembre de 2004
 
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