El empujón con que lo echaron del Bacchus casi lo hizo precipitarse sobre el
pavimento de Madison Avenue, pero por fortuna todo se redujo a un resbalón
en el hielo de la acera. Le costó un poco recuperar el equilibrio, se
tambaleó y se sostuvo apoyándose contra el poste de la luz, hasta que al
final se encaminó hacia la 21, enterrando los pies en la nieve que lo hacía
tambalearse todavía más. "Salvadoreño marica, cualquiera es hombre con un
cuchillo", se dijo para sí mismo, mientras que con las dos manos se cruzaba
el abrigo sobre el pecho.
No sentía frío. El termómetro debía estar marcando unos diez grados bajo
cero, pero Marvin todavía conservaba el calor interno que garantiza el
alcohol. ¿Cuántas cervezas habían sido? ¿Diez? ¿Doce? La Corona es pesada
cuando no se lleva nada en el estómago. Fue entonces cuando sintió el dolor
por primera vez. Agudo, bien adentro, como un cólico, y se llevó una mano al
abdomen. Comprendió que necesitaba sentarse, así que dobló en la 21 hacia la
izquierda, como quien va hacia El Típico, y en el segundo umbral, en el de
la heladería, se apoyó contra la puerta y empezó a descender despacio, hasta
llegar a sentarse en el segundo escalón. Al principio el frío le quemó las
nalgas a través del pantalón, pero pocos segundos después no podía
importarle un detalle tan insignificante. Enfrente, el empleado de Banana
King barría la acera y sacudía las alfombras, en lo que seguramente
constituiría su última tarea del día.
El dolor en el estómago volvió de repente, esta vez tan fuerte que le hizo
cerrar los ojos y con una mano se cubrió la boca, ahogando un grito genuino.
El dolor le recordó que tenía que apurarse. En el bolsillo del saco buscó el
celular y lo abrió, y la luz que la pantalla del diminuto aparato emitió de
repente le hizo retirar la vista hacia un costado, provocando las primeras
de muchas náuseas. "¿Cuánto costará una llamada directa a Costa Rica?", se
cuestionó, y pronto se dio cuenta de lo estúpido de su pregunta. "A quién le
importa cuánto, si yo no voy a pagar esta mierda", dijo en voz alta, casi
riéndose. Y otra vez: "Salvadoreño marica", entre dientes, mientras el dolor
se hacía por primera vez insoportable de verdad.
Haciendo un esfuerzo enorme, con los dedos endurecidos por el frío, recorrió
sobre las teclas del teléfono un camino que conocía de memoria y marcó el
número de su casa.
La voz del otro lado sonó dormida e incrédula, como era de esperarse.
- ¿Marvin? ¿Es usté, Marvin?
- Sí, Antonia, soy yo, vaya y despierte a las muchachas.
- ¿Está borracho Marvin?, son las dos y media de la mañana...
- Que despierte a las carajillas, le digo, vaya. Y apúrese. No, no,
espere... Dígame primero, ¿cuánta plata tiene guardada?
- Como cuarenta y cinco mil, no sé ¿por qué?
- Por nada, vaya y despiértelas.
- ¿Usté está bien, Marvin?
- ¡Que las despierte, carajo!
No lo dijo gritando, pero la orden fue tan precisa como irrefutable. Antonia
ya sabía que cuando Marvin daba una orden de esa manera, había que hacerle
caso. La voz de Jenny, la más grande, demoró más o menos un minuto en
hacerse oír, aunque a Marvin le pareció que había sido mucho más, una hora,
un siglo. Mientras esperaba miró hacia abajo y por fin observó con asombro
su propia sangre, cuya imagen había estado evitando hasta ahora como una
negación de la realidad, como un niño que no llora sino hasta que no ve la
sangre que confirma su lastimadura. Sin sangre no hay dolor, sin sangre no
hay herida.
- ¿Papá? ¿Le pasa algo, papá?
- No, m'ija, todo está bien, solamente tenía ganas de escucharla y decirle
que la quiero mucho, sabe.
- ¿Usté está borracho otra vez, papá?
Y Marvin que empieza a llorar, a llorar sollozando, en una mezcla de dos
dolores fusionados, dolores siameses, a los que es posible distinguir entre
sí. La sangre le mancha la mano y la garganta se le cierra, pero igual trata
de hablar. Tal vez si no hubiera tomado tanto, pensó.
- La quiero mucho, mi amor, la quiero mucho. Páseme con su hermanita.
La más chica le pareció la más despierta de las tres, ignorando la falta de
sentido de una llamada en mitad de la madrugada.
- ¡Papá! ¿Ustedes tienen un circo allá en New Jersey? Porque aquí en
Alajuela pusieron un circo y mi mamá dijo que me va a llevar si usted da
permiso. ¿Usté da permiso para que mi mamá me lleve?
- Claro que sí m'ijita. Dígale a su mamá que la lleve y que le compre un
helado de paso. La quiero mucho mi amor, sabe. Pero mándeme un besito con
ruido, sea buena, así como a mí me gusta.
Y ella se lo mandó, y no fue uno sino tres, y a Marvin no le quedó mas
remedio que sucumbir a uno de sus dos dolores, el de adentro, y comenzó a
llorar, a llorar ahora sí en serio, casi a los gritos, y a rezar entre
dientes.
- No deje Señor que muera, por favor. Yo le juro que no voy a volver a
tomar, pero no deje que me muera así. Haga un milagro, mi Dios y déjeme ver
a las muchachas una vez más... No deje que me muera...
El teléfono cayó sobre la nieve cuando Marvin sin darse cuenta siquiera,
acomodó las manos sobre estómago, ya sin fuerzas para nada, y las lágrimas
rompieron los diques de su voluntad y comenzaron a ahogarlo, esta vez en
silencio. Las náuseas también lo traicionaron y estallaron en un vómito que
se repitió dos veces. Tres minutos más tarde ya no había más nada por hacer,
apenas le alcanzó el estado de semiconciencia para darse cuenta de que pese
a todos sus ruegos se estaba muriendo.
- Déjeme verlas otra vez...
Las luces de la 21 y el empleado de Banana King se fueron perdiendo a medida
que Marvin cerraba sus ojos para dar paso a la imagen de las dos niñas tal
como las vio por última vez, una a cada lado de su madre en el aeropuerto de
San José, con una sonrisa increíble cada una y diciéndole adiós con las
manos.
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Jorge Vecellio
Jorge Luis Vecellio nació en Rosario, Argentina, en 1974. A los 16 años,
ganó el Premio Nacional de Literatura Pico Truncado, otorgado por el
Gobierno de la Provincia de Santa Cruz. En 1992, comenzó su carrera en el
periodismo profesional. Ha formado parte de algunos de los medios más
prestigiosos de la Argentina, como el diario Clarín y la Revista Noticias, y
a partir del 1999, impulsado por su labor en defensa de los derechos
humanos, inicia su carrera internacional.
Ha publicado artículos en periódicos y revistas de Madrid, Barcelona,
México, Miami y Nueva York. En 1996, en ocasión de una entrevista, conoce al
escritor Adolfo Bioy Casares, Premio Cervantes de Literatura, con quien
desarrollaría una íntima amistad que perduraría hasta la muerte del autor,
en 1999.
En abril de 1998 funda en la ciudad de Rosario la Biblioteca Pública Adolfo
Bioy Casares. Durante una entrevista con el Diario La Nación de Buenos
Aires, el escritor diría: "El segundo piso del edificio de la Enciclopedia
Británica lleva mi nombre, y eso me enorgullece. Pero qué orgulloso estaría
mi padre de mí si supiera que desde ahora existe una biblioteca que lleva mi
nombre, y eso se lo debo a Jorge".
Desde septiembre de 2003 cumple funciones de periodista y editor en el
diario El Popular de Toronto.
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