Nadie se dio cuenta en la fecha en que llegaron y cuando la gente de la
comunidad supo de ellos ya habían echado raíces. Según Salvador Espino, el
historiador de mayor sapiencia comunal, llegaron en los días de la gran
tormenta, aunque otros opinan que fue cuando hizo erupción el cerro de Los
Coyotes llenando de lava sangría todos los alrededores, de cualquier manera,
cuando salieron al sol ya tenían las raíces más gruesas que el amatón
centenario de la cruz de caminos que llevan a ninguna parte y se hacía
difícil arrancarlos y darles fuego.
El brujo Miguel, que así se llamaba uno de los usurpadores, era diferente
a todos los habitantes de la comunidad, tenía pelo cenizo que le caía hasta
las nalgas, uñas largas y amarillentas, las canillas torneadas en forma de
horqueta y era color azabache, prieto como el carbón de copinol. Era si no
feo, horrible y ermitaño como ningún otro.
El día de las fiestas de octubre apareció con una retahíla de gallos
prietos, venenosos y envenenados y ni los pedidos de los religiosos lograron
evitar que se iniciaran en la comunidad las peleas a muerte entre gallos
endiablados creadores de adicciones a la sangre derramada. Nada de esto es
bueno, exclamaba el curita, malos vientos y tormentas se acercan a nuestra
pacífica comunidad.
No se había equivocado. El primer suceso fue que los religiosos
desertaron de la iglesia y se volvieron adictos a las peleas que se
celebraban más a menudo que antes. De primero fueron sabatinas, después
diariamente hasta que la comunidad entera abandonó sus deberes y
obligaciones para dedicarse al ruedo de las navajas mortales. La
degeneración cundía por todo el poblado, jovencitas vendían su cuerpo para
pagar las apuestas, la alcaldía comenzó a importar cereales ya que nada se
producía y las autoridades como siempre no servían para nada ya que los
militares vendieron sus viejos equipos y fusiles de un tiro y fueron dados
de baja permanente por el comandante Lala. Mientras la mayoría empobrecía,
el gallero se construía un palacio en cuya cúspide se había colocado un gran
gallo de oro custodiado por dos águilas que tenían diamantes en los ojos y
rubíes en la garras. El cura organizaba procesiones, pero poca gente asistía
y los que asistían corrían al nomás terminar hacia las peleas, aún cuando
sólo fuera de mirones ya que la mayoría de gente había terminado con su
dinero y empezaron a vender ganados y a empeñar terrenos y las casas que
habitaban. El brujo era también leguleyo, él mismo se encargaba de hacer los
documentos de retroventa que firmaba y sellaba con sangre de gallo y ninguno
que recibía préstamos por sus propiedades fue capaz de recuperarlas.
Los sucesos de aquella pobre comunidad fueron dignos de recordarse por
largo tiempo. El sacristán Paradise vendió el vaso de oro del cura y la
misma jefa de la guardia de la iglesia, la María Tacuazina empeñó a la
virgen de Los Remedios y el cáliz en promesa de venta. Un turco llegó con
una sinfonola y abrió un salón de putas usando a las muchachas que en otros
tiempos habían sido el orgullo de la comunidad. Otro palestino barrigón se
paseaba en las calles en un brioso palomino que había sido propiedad de don
Beto Curruncho, el farmacéutico local y lo mismo sucedía con el rayo veloz
del comandante Lala y el helicóptero de don Calixto Espino ya que eran los
usurpadores desconocidos los que se habían apropiado de dichos animales y
aparatos.
La comunidad se deterioró tanto que hasta don Chusito, el cura, se
suicidó. Tomándose un inmenso trago en un vaso de a diez de chaparro
Arráncame la Vida, gritó: adiós Gomorra moderna, adiós ateos de siempre, se
va el que quiso salvarlos, quédense ya con el diablo y pegó el último salto
del campanario quedando colgado del péndulo de la vieja campana que no paró
de repicar durante una semana. El suicidio del sacerdote marcó la proximidad
de la muerte entera de aquella comunidad, el ganado comenzó a desaparecer
por patachos, se corrió la bulla de que había aparecido una inmensa
serpiente en Tres Ríos que se tragaba las yuntas con todo y carretas. Lo más
terrible e increíble sucedió cuando en propia Semana Santa se había paseado
al brujo Miguel cargando un inmenso gallo azabache calzado con picudas
navajas doradas, pero ni aún así la comunidad despertaba de aquella maldita
adicción ya que las procesiones del brujo y el gallo, eran encabezadas por
el antiguo sacristán y por la ex-guardia sacerdotal como siempre dirigiendo
las huestes profanas.
Finales de marzo, tierra caliente y humeante, nadie trabajaba. La
comunidad comenzó a lucir sus costillas descalcificadas, los perros se
morían con los hocicos abiertos, las gallinas volaban como águilas
hambrientas, las hormigas se habían vuelto del tamaño de ratas, las ratas
parecían conejos, los conejos canguros, aparecieron potros con cuernos,
toros con cascos de caballos. Auras hambrientas acechaban desde el
espacio. El miedo comenzó a posesionarse de los semi-vivientes que advertían
las profecías que antes habían negado. No hubo tiempo para rezar. El último
viernes de cuaresma las llamas comenzaron a devorar las plantaciones, los
ríos se secaron, en la Posa Redonda apareció un inmenso esqueleto con forma
de dragón mitológico con las ruedas de las carretas entre el costillaje
lodoso. En pleno marzo cuando el verano es más profundo y las aves cantan de
hambre y no de alegría, el cielo se puso negro e inmensas bolas de hielo
empezaron a caer sobre aquella comunidad maldita, todo moría, los cafetales
confundían sus blancas flores con la granizada, no quedaba nada en pié, sólo
el gallero y los otros usurpadores. De repente los gallos se salieron de las
jaulas. Quieren pelear, dijo el brujo, pero esta vez se había equivocado,
tres gallos alzaron vuelo diabólico y desde muy alto se vinieron
revoloteando y cayeron primero sobre el gallero, después sobre los turcos
picoteándole los ojos hasta que sólo quedaron los huecos con ligones
amarillentos. Salvador Espino que jamás participó en aquellos juegos
diabólicos, salió de su casa y viendo la destrucción terminó de escribir los
sucesos dando gracias a Dios que todo había terminado.
Después, cuando el historiador comunicó los sucesos a las autoridades de
la nación nadie creyó hasta que llegaron a ver la destruida comunidad.
Vieron los cafetales hechos trizas, los ceibos y madroños de montaña como
partidos en dos por sierras especiales, vieron el montón de pájaros
congelados, millones de chapulines muertos, vieron perros con los hocicos
grotescos con expresión de miedo fantasmal queriendo escapar aquel infierno,
vieron el largo esqueleto de la serpiente y lo más dantesco, los cuerpos
degollados como si hubiesen usado para ello, cuchillos especiales y los
huecos de los ojos engusanados de los tres usurpadores. El palacio del
gallero había sido arrasado por las llamas, lo mismo el puterío del
palestino y el almacén del turco. Sólo quedaba en planta el campanario de la
vieja iglesia y un péndulo que se mecía tenuemente tocando indefinidamente
campanadas de desesperanza y eterno terror. Una gringa que acompañaba al
presidente de la nación expresó: el volcán se ve bonito desde este
campanario.
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Paul Fortis
nació en El Salvador en 1949. Egresado de Licenciatura en
Idioma Inglés de la Universidad Nacional de El Salvador. En Canadá estudió
una licenciatura en lingüística inglesa, una maestría en literatura española
y terminó su trabajo de aula para su doctorado en literatura española en la
Universidad de Toronto. Escribió para Combate Popular (Universidad Nacional
de El Salvador), Barricada (Órgano oficial del F.S.L.N) y ha publicado
(Ediciones Amaranta) su libro de poesía "Desnudos en el Parque". Se dedica
a escribir poesía, teatro, cuento y novela. Reside en Ottawa, Ontario.
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