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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "Los usurpadores"
por Paul Fortis

Los Usurpadores Nadie se dio cuenta en la fecha en que llegaron y cuando la gente de la comunidad supo de ellos ya habían echado raíces. Según Salvador Espino, el historiador de mayor sapiencia comunal, llegaron en los días de la gran tormenta, aunque otros opinan que fue cuando hizo erupción el cerro de Los Coyotes llenando de lava sangría todos los alrededores, de cualquier manera, cuando salieron al sol ya tenían las raíces más gruesas que el amatón centenario de la cruz de caminos que llevan a ninguna parte y se hacía difícil arrancarlos y darles fuego.

El brujo Miguel, que así se llamaba uno de los usurpadores, era diferente a todos los habitantes de la comunidad, tenía pelo cenizo que le caía hasta las nalgas, uñas largas y amarillentas, las canillas torneadas en forma de horqueta y era color azabache, prieto como el carbón de copinol. Era si no feo, horrible y ermitaño como ningún otro.

El día de las fiestas de octubre apareció con una retahíla de gallos prietos, venenosos y envenenados y ni los pedidos de los religiosos lograron evitar que se iniciaran en la comunidad las peleas a muerte entre gallos endiablados creadores de adicciones a la sangre derramada. Nada de esto es bueno, exclamaba el curita, malos vientos y tormentas se acercan a nuestra pacífica comunidad.

No se había equivocado. El primer suceso fue que los religiosos desertaron de la iglesia y se volvieron adictos a las peleas que se celebraban más a menudo que antes. De primero fueron sabatinas, después diariamente hasta que la comunidad entera abandonó sus deberes y obligaciones para dedicarse al ruedo de las navajas mortales. La degeneración cundía por todo el poblado, jovencitas vendían su cuerpo para pagar las apuestas, la alcaldía comenzó a importar cereales ya que nada se producía y las autoridades como siempre no servían para nada ya que los militares vendieron sus viejos equipos y fusiles de un tiro y fueron dados de baja permanente por el comandante Lala. Mientras la mayoría empobrecía, el gallero se construía un palacio en cuya cúspide se había colocado un gran gallo de oro custodiado por dos águilas que tenían diamantes en los ojos y rubíes en la garras. El cura organizaba procesiones, pero poca gente asistía y los que asistían corrían al nomás terminar hacia las peleas, aún cuando sólo fuera de mirones ya que la mayoría de gente había terminado con su dinero y empezaron a vender ganados y a empeñar terrenos y las casas que habitaban. El brujo era también leguleyo, él mismo se encargaba de hacer los documentos de retroventa que firmaba y sellaba con sangre de gallo y ninguno que recibía préstamos por sus propiedades fue capaz de recuperarlas.

Los sucesos de aquella pobre comunidad fueron dignos de recordarse por largo tiempo. El sacristán Paradise vendió el vaso de oro del cura y la misma jefa de la guardia de la iglesia, la María Tacuazina empeñó a la virgen de Los Remedios y el cáliz en promesa de venta. Un turco llegó con una sinfonola y abrió un salón de putas usando a las muchachas que en otros tiempos habían sido el orgullo de la comunidad. Otro palestino barrigón se paseaba en las calles en un brioso palomino que había sido propiedad de don Beto Curruncho, el farmacéutico local y lo mismo sucedía con el rayo veloz del comandante Lala y el helicóptero de don Calixto Espino ya que eran los usurpadores desconocidos los que se habían apropiado de dichos animales y aparatos.

La comunidad se deterioró tanto que hasta don Chusito, el cura, se suicidó. Tomándose un inmenso trago en un vaso de a diez de chaparro Arráncame la Vida, gritó: adiós Gomorra moderna, adiós ateos de siempre, se va el que quiso salvarlos, quédense ya con el diablo y pegó el último salto del campanario quedando colgado del péndulo de la vieja campana que no paró de repicar durante una semana. El suicidio del sacerdote marcó la proximidad de la muerte entera de aquella comunidad, el ganado comenzó a desaparecer por patachos, se corrió la bulla de que había aparecido una inmensa serpiente en Tres Ríos que se tragaba las yuntas con todo y carretas. Lo más terrible e increíble sucedió cuando en propia Semana Santa se había paseado al brujo Miguel cargando un inmenso gallo azabache calzado con picudas navajas doradas, pero ni aún así la comunidad despertaba de aquella maldita adicción ya que las procesiones del brujo y el gallo, eran encabezadas por el antiguo sacristán y por la ex-guardia sacerdotal como siempre dirigiendo las huestes profanas.

Finales de marzo, tierra caliente y humeante, nadie trabajaba. La comunidad comenzó a lucir sus costillas descalcificadas, los perros se morían con los hocicos abiertos, las gallinas volaban como águilas hambrientas, las hormigas se habían vuelto del tamaño de ratas, las ratas parecían conejos, los conejos canguros, aparecieron potros con cuernos, toros con cascos de caballos. Auras hambrientas acechaban desde el espacio. El miedo comenzó a posesionarse de los semi-vivientes que advertían las profecías que antes habían negado. No hubo tiempo para rezar. El último viernes de cuaresma las llamas comenzaron a devorar las plantaciones, los ríos se secaron, en la Posa Redonda apareció un inmenso esqueleto con forma de dragón mitológico con las ruedas de las carretas entre el costillaje lodoso. En pleno marzo cuando el verano es más profundo y las aves cantan de hambre y no de alegría, el cielo se puso negro e inmensas bolas de hielo empezaron a caer sobre aquella comunidad maldita, todo moría, los cafetales confundían sus blancas flores con la granizada, no quedaba nada en pié, sólo el gallero y los otros usurpadores. De repente los gallos se salieron de las jaulas. Quieren pelear, dijo el brujo, pero esta vez se había equivocado, tres gallos alzaron vuelo diabólico y desde muy alto se vinieron revoloteando y cayeron primero sobre el gallero, después sobre los turcos picoteándole los ojos hasta que sólo quedaron los huecos con ligones amarillentos. Salvador Espino que jamás participó en aquellos juegos diabólicos, salió de su casa y viendo la destrucción terminó de escribir los sucesos dando gracias a Dios que todo había terminado.

Después, cuando el historiador comunicó los sucesos a las autoridades de la nación nadie creyó hasta que llegaron a ver la destruida comunidad. Vieron los cafetales hechos trizas, los ceibos y madroños de montaña como partidos en dos por sierras especiales, vieron el montón de pájaros congelados, millones de chapulines muertos, vieron perros con los hocicos grotescos con expresión de miedo fantasmal queriendo escapar aquel infierno, vieron el largo esqueleto de la serpiente y lo más dantesco, los cuerpos degollados como si hubiesen usado para ello, cuchillos especiales y los huecos de los ojos engusanados de los tres usurpadores. El palacio del gallero había sido arrasado por las llamas, lo mismo el puterío del palestino y el almacén del turco. Sólo quedaba en planta el campanario de la vieja iglesia y un péndulo que se mecía tenuemente tocando indefinidamente campanadas de desesperanza y eterno terror. Una gringa que acompañaba al presidente de la nación expresó: el volcán se ve bonito desde este campanario.

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Paul Fortis

nació en El Salvador en 1949. Egresado de Licenciatura en Idioma Inglés de la Universidad Nacional de El Salvador. En Canadá estudió una licenciatura en lingüística inglesa, una maestría en literatura española y terminó su trabajo de aula para su doctorado en literatura española en la Universidad de Toronto. Escribió para Combate Popular (Universidad Nacional de El Salvador), Barricada (Órgano oficial del F.S.L.N) y ha publicado (Ediciones Amaranta) su libro de poesía "Desnudos en el Parque". Se dedica a escribir poesía, teatro, cuento y novela. Reside en Ottawa, Ontario.




Auspicia: MarTour



Publicado 25 de Enero de 2005
 
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