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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra
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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "La primera vez"
por Fernando Lobaina Quiala

La primera vez A Pilar, mi alma gemela.

Érase un hombre y una mujer.

Llegaban juntos, ella apoyada en él. El hombre sosegado, con rostro firme y decidido. Denotaba que era un entendido en esos asuntos. Ella, completamente nerviosa, insegura. Tenía la desconfianza, toda, reflejada en su rostro; el desasosiego la invadía. Era su primera vez.

El ropaje dejaba entrever las prolongadas curvas de su hermoso cuerpo. Era muy joven, más bella que joven. De piel trigueña, con enormes ojos de color negro, por donde escapaban sus deseos, sus sensaciones: los expresaban todo. Él: alto, corpulento, con la piel curtida por los años y la frente surcada por dos gruesas líneas, de tanto mundo y aventuras.

El lugar había sido previamente acondicionado por él. Todo fue previsto, todo estaba dispuesto. Al llegar, la acomodó en la cama; ella movió los glúteos buscando una posición placentera, y al no encontrarla se acostó. Él aprobó la postura adoptada con una leve sonrisa y continuó parado a su lado, observándola. Estaba verdaderamente impactado por su belleza. La miró con lisura y le dijo unas palabras tiernas, alentadoras. Ella sonrió. Una sonrisa forzada, nacida de la inexperiencia. Estaba convencida de que esto era necesario y natural para toda mujer. "Por placer y por deseo, tengo que hacerlo", pensó.

-No hay que apresurarse. Relájate y ten calma -dijo. Ella respondió con una sonrisa cargada de resignación.

Continuó hablando de forma pausada y dulce, trataba de calmarla. Su voz era serena, suave, cadenciosa. Ella seguía inquieta, con gestos desesperados. Lo miró a los ojos y recordó cuando se conocieron meses atrás. Al inicio le parecía muy viejo pero apostó al divino sabor de la experiencia. En los encuentros posteriores se acostumbró a él, a su forma de decir y hacer. Aquellos encuentros fueron memorables para ella. Él, con mucha paciencia, supo prepararla para este singular momento.

-Al principio será un poquito doloroso, pero luego el placer será inmenso, te lo aseguro. Recuerda que el dolor es la antesala del placer -. Ella respondió con un gesto de agradecimiento y confianza. Presumía conocerlo, mas por momentos le resultaba ajeno.

Se acercó y lentamente le retiró la prenda interior. Ella lo aceptó sin la menor resistencia. Sentía que todo estaba por comenzar después de una larga espera. Con gestos suaves le introdujo un dedo en la vagina. Quedó pensativo, moviendo la cabeza a ambos lados, con una expresión de duda reflejada en el rostro; para asegurarse le introdujo dos. Los movió a ambos lados y luego los retiró un poco insatisfecho. En su rostro asomaba la duda, mas no dijo una palabra. La frase "es mi primera vez" le percutía en la cabeza. Ella se sacudió, y movió los dedos de las manos en gestos de impotencia. No sabía qué sucedía; qué se reflejaba en el rostro de aquel hombre, que ante la duda le resultaba más extraño. Trató de no preocuparse. No era momento para eso. Hacía mucho tiempo que esperaba ansiosa este día, este divino día. Se entregaba a un acto sagrado por su naturaleza, sublime; aunque tal vez para él fuera trivial, cotidiano.

Él continuó hablando con serenidad, trataba de calmarla, de darle tiempo. Ella prefería que callara y actuara.

-Por favor, hazme feliz y comienza ya.

-No te apresures. Todo a su debido tiempo. Recuerda que la preparación es importante para el acto -Por su edad y experiencia él lo sabía muy bien.

Ella comenzó a impacientarse, se movía de un lado a otro. La cubría el frío más espantoso que había sentido en toda su vida, pero estaba dispuesta a darlo todo por ese delicioso momento. Llegó el sudor. Un sudor helado y breve. La respiración fue aumentando su ritmo, se fue haciendo intensa. Estaba completamente preparada, pues sentía como su vagina se expandía poco a poco. Aparecieron sensaciones tan fuertes que la estremecían y recorrían todo su cuerpo. Él la observaba paciente, calmado. Esperaba el momento adecuado para actuar.

Se acercó, deslizó suavemente la mano y le introdujo los dedos en la vagina, uno a uno hasta llegar a cuatro. Los movió de un lado a otro en forma reiterada. Ella prácticamente no los percibía. Él no se desesperó, mas la frase "es mi primera vez" seguía presente. Continuó paciente, observándola y diciéndoles frases amables.

No aguantaba más. De sus pulposos labios salieron gritos y quejidos suaves que fueron llenando todo el local. La sudoración continuaba fría, abundante. Gritos fuertes. El llanto contenido. La respiración se hizo más intensa. Comenzó a moverse sola, respondiendo a sus necesidades interna. Con gesto natural abrió las piernas hasta el límite de lo posible. De pronto sintió un líquido tibio y denso que se deslizaba por la vagina y corrió por sus hermosos muslos, sus abultadas nalgas, hasta mojar la inmaculada sábana blanca. Era la primera vez que experimentaba ese tipo de sensación y quedó completamente desconcertada.

Él se trasladó hasta el límite de la cama, comprendió que había llegado el momento. Con sus manos le ayudó a abrir las piernas. Vio sus genitales abierto, inmenso, mojado. "El hombre desnudo es indefenso; la mujer, una diosa." Bajó la mirada y se pasó la mano por la cabeza, se la apretó y sintió los fuertes latidos del corazón; la sintió a punto de estallar. Con su aparato dispuesto, lo introdujo lentamente en la vagina. Lo introducía con cuidado, pues percibía que se deslizaba con dificultad, era casi una niña y tenía pavor dañarla. Ella sintió algo grueso atravesado en su vagina. Y gritó muy fuerte, lloró. Se retorcía de un lado a otro a punto de caer de la cama. Él pedía que se calmara. Ella no podía contenerse. "Sácame eso por favor, sácalo por favor... ", dijo casi desfallecida. Trató de incorporarse pues sentía que aquello que la penetraba la ahogaba, era desproporcionado. Se contuvo. Aquellas sensaciones internas le arrancaron algunas malas palabras: cosa inusual en ella. Sin poder aguantar más, se desvaneció en la cama. Al verla en aquella situación, tiró su cuerpo hacía atrás, con fuerzas, y la sacó. Entonces, la tomó entre sus manos y la miró con detenimiento; la vio inmensa, más grande que de costumbre. Se asombró. Estaba completamente ensangrentada y con un coágulo de sangre en la cabeza. Tomó un paño y la limpió con detenimiento y suavidad para no dañar su delicada piel. Rió con placer, estaba completamente satisfecho. Ella comenzó a restablecerse, el dolor empezaba a abandonarla cuando un extraño llanto inundó aquel local. Él la miró complacido.

-Estoy completamente satisfecho con tu desempeño. Lo has hecho muy bien. Has parido una hermosa niña. -dijo mientras ponía el forzo ensangrentado a un lado.

-Gracias Doctor, gracias -dijo, al tiempo que levantaba la mirada para ver a la criatura recién llegada, y la vio grande, hermosa. Nunca la había imaginado así. Era su primera vez.

***

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Fernando Lobaina Quiala.
Nacido en Guantánamo, Cuba en agosto de 1963. Graduado de Ingeniería Industrial en la Universidad Central de Las Villas, Cuba, 1988. Graduado de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Matanzas, Cuba, 1996. Graduado de Master en Marketing y Gestión Empresarial, ESEM, España, 1999. Residente en Toronto, Canadá desde 2003.

Ha escrito dos manuscritos: Pueblo Bendito y Cuentos Sencillos. Ambos libros de cuentos están aún inéditos.




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Publicado 6 de Diciembre de 2004
 
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