Mi nombre es María Alejandrina Graciela Fernández Posa, pero todos me llaman
Alejandrina. Mis hermanos son todos casados y con hijos. Mis padres me han
presentado a muchos candidatos, pero todos muy mayores para mí... Me quiero
casar, pero tampoco con alguien que esté a punto de estirar la pata. Mis
primas y amigas dicen que pido mucho... Yo sólo pido a una persona de mi
edad, entre 37 y 45 años, con profesión y educación, con ganas de reírse de
todo, y sobre todo con un buen corazón. No pido mucho, y no importa si es
feo... pero Dios, tampoco me mandes un ogro, por favor. Todos los días
rezo un rosario entero para que se me haga ese milagro, pero creo que Dios
salió de vacaciones, porque ya ha pasado bastante tiempo, y aún no he
conocido a nadie que valga la pena.
Es un verano tranquilo, donde los acontecimientos de este pueblo son bodas,
bautizos, y funerales.... Ah, y también están las tómbolas que organiza la
iglesia. Así es mi pueblo, chiquito, con mucha gente, donde todos se
conocen, donde no hay mucha privacidad, donde se escuchan las olas del mar
si es que te sientas en la última banca de la plaza del pueblo, pero si te
sientas en la primera banca, solo llegas a escuchar a Doña Catina, la dueña
del salón de belleza. La pobre Doña Catina tiene 70 años y se la pasa todo
el día en la puerta, conversando con todo el que pase por allí.
Resulta que el mes pasado se casó Matilda, la hija mayor del comisario. Se
casó con uno que vino de la capital. Es un poco mayor que ella, pero parece
ser un buen hombre, aunque el bisoñé no lo ayuda mucho. Dice la vecina que
la pobre Matilda no está enamorada. ¡A mí que me importa! Qué daría yo por
casarme, pero como todos dicen, ya se me pasó el tren.
Esa noche conocí al primo de mi amiga Sabina. Se llamaba Faustino, y vino
de visita por dos meses. Él no fue invitado al matrimonio, pero en este
pueblo eso no es problema, todo el que vive aquí estuvo invitado a la boda.
Fuimos a la fiesta, bailamos toda la noche. Faustino es alto, guapo,
moreno, musculoso, tiene una marca en la cara, parece que tuvo un accidente
muy grande años atrás, pero aún así, me pareció todo un galán. Me contó que
no tenía esposa, y yo le dije que era soltera. A penas terminó la fiesta
fui a casa y recé dos rosarios enteros, me dieron las tres de la mañana,
pero tenía que pedirle a Dios que no se olvidara de mí.
A la mañana siguiente me encontré a Faustino en la panadería, él iba a
recoger unas cajas que su tía, la mamá de Sabina, había recibido de un
pueblo del norte. Parece ser una orden grande de cuajes. Los cuajes son
unos dulces típicos, y la mamá de Sabina tiene una tienda donde venden desde
cuajes, hasta ropa de bebe. Faustino me saludó muy amablemente, y me dijo
que Sabina y su familia lo trataban muy bien. También me dijo que Sabina le
había hablado bastante de mí. Esa misma tarde Sabina me invitó a tomar el
té a su casa. A mi no me gusta el té, pero fui con tal de ver a Faustino.
¡Él estaba más guapo que nunca! Tomamos el té, y luego los tres fuimos a
caminar. Felizmente, mi amiga Sabina, la que sabe todos mis secretos,
dolores y pasiones, sabía que yo quería estar sola con su primo y nos dejó
solos. Esa era mi oportunidad. Yo no sabía qué hacer ni qué decir. A mi
edad yo no tendría que temerle a nada, pero Faustino es prácticamente ese
tren que todos decían que ya había perdido... No podía dejar que se me pase
este tren. Inmediatamente, metí la mano en mi bolsillo y apreté con fuerzas
mi rosario que está tan viejo y desgastado de tanto que le he rezado. El
rosario me dio esa fuerza que necesitaba, y le dije a Faustino que yo estaba
muy interesada en él. Faustino me miró fijamente, un poco sorprendido...
para qué abrí mi bocota, el sentimiento de vergüenza era tan grande que
hubiese preferido desmayarme. Faustino no dijo nada por algunos minutos, y
el silencio me mataba. Luego antes de llegar a la casa, Faustino me dijo
que él buscaba esposa, pero que habían ciertas cosas que yo no sabía de él.
Luego me dijo que se había escapado de su pueblo y que se estaba refugiando
en la casa de Sabina, hasta que las cosas se aclarasen, y quería casarse y
empezar una vida nueva. Yo no pude decir mucho después de eso.
Fui a casa, lo pensé bastante y hablé con Sabina, mi amiga de siempre.
Sabina me dijo que tenía que tomar una decisión, que Faustino era un buen
hombre, y que no me asombrase si es que otra lo chapaba antes que yo.
Dos semanas atrás, lo vi a Faustino con una joven, guapa como él. Faustino
me saludó como siempre. Qué horrible me sentí al comienzo, pero luego
Sabina me explicó que había sido la hermana de Faustino.
Antes de ayer, recibí una carta, en la cual Faustino me preguntaba si me
quería ir con él. ¡Qué emoción! Jamás me había escapado de ningún sitio,
ni del colegio, ni de los castigos de mis padres. Tenía que pensarlo muy
seriamente, si me escapaba con Faustino, qué iba a ser de mi familia, y si
me quedaba en el pueblo, que iba a ser de mí. Empaqué por si acaso, lo
último que quería es escaparme, y luego darme cuenta que me había olvidado
de algo.
En la carta Faustino me decía que vendría por mí entre la una y las dos de
la madrugada. Yo no sabía si ponerme el camisón de dormir o no. Dieron la
una y media y finalmente se apareció Faustino. ¡Todo un galán como siempre!
Nos escapamos sin decirle nada a nadie, pero apuesto a que Sabina se imagina
qué es lo que está pasando. Hoy estamos sentados en el último vagón del
tren que sale en cinco minutos hacia otro pueblo costero. La madrugada es
linda, muy tranquila... como mi pueblo. Le dejé una carta a mi familia, sé
que regresaré pronto. Es gracioso pensar cómo la gente pensaba que se me
había pasado el tren, pero en realidad lo tomé cinco minutos antes de la
partida. Y en mi mano el rosario, al que le recé tanto, y en la otra, la
mano de Faustino.
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