Mi abuelita Julia era sabia y bella, por fuera y por dentro. Su familia era una familia española muy adinerada proveniente de Arequipa, la más bella ciudad del sur peruano. A los 16 años se había escapado con el hijo inca de su nana de leche, el amor de su vida. Se escaparon sin casarse, eso era un gran pecado en aquella época porque no podían enfrentar el racismo ni las diferencias sociales y se amaban tanto que no podían vivir separados. Mi bisabuelo desheredó a Julia y la pareja tuvo que trabajar el doble para poder mantener a sus ocho hijos, uno de ellos, el cuarto, como yo, fue mi padre, médico ejemplar y en el año 1980 Ministro de Salud; todos llegaron a ser profesionales, gentes de buenos sentimientos y muy influyentes en sus profesiones. Mis abuelos celebraron bodas de diamante. Mi viejecita era mi confidente, yo le contaba todas mis penas desde que era chiquitita. Fue ella la primera que supo que, a pesar de tener la iglesia reservada, no habría boda, porque el hombre con el que me iba a casar se había casado con otra. He nacido estrellada le dije y me respondió: “Eres una estrella a la imagen de Dios, somos seres de luz que estamos en un viaje, nuestro paradero final es el cielo. El amor hijita cuesta una vida, es dedicación, sacrificio, superar todos los obstáculos juntos, siguiendo una luz que solo tú y tu alma gemela conocen”.
La traición me hizo reservada, tímida, temerosa de abrir mi corazón. Cinco años después estaba en la playa, mi lugar preferido y, a lo lejos, vi un ladrón peleando con un gringo al que trataba de arrebatarle su billetera. Era joven entonces y me creía invencible, la palabra peligro no existía en mi vocabulario. En un impulso corrí adonde ellos estaban y grité con todas mis fuerzas, mis gritos atrajeron a otras personas y el bandido escapó sin hacerle daño al extranjero. Mi abuelita decía que los ojos son el espejo del alma. El agradecido turista me miró con tanto cariño; desde el primer momento vi en sus ojos azules como el mar y bondadosos, su sinceridad y sentí un afecto difícil de expresar, él me miraba como si solo yo existiera en el mundo; apenas podíamos entendernos pero la comunicación era fácil como si nos conociéramos de toda la vida. Al día siguiente nos vimos otra vez, y así por una semana, ya no podíamos separarnos, sígueme me dijo, yo estoy solo también y quiero una familia. Lo que más quería en ese momento era una familia.
Cuando se enteraron mis padres y mis amigos, me decían que cómo podía confiar en un forastero, pero mi abuelita Julia decía cuando el amor nos llama hay que seguirlo, lo importante hijita es que estés dispuesta a sacrificarlo todo por tu amado, el que no arriesga no gana; entonces con seguridad dejé lo que más quería en la vida, mis abuelos, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos, mis amigas de la infancia, mi trabajo de diez años, mi casita junto al mar para seguirlo a su país sin dudar un momento; la palabra duda no forma parte del amor que conquista todas las dudas.
Su país era bello, pero la gente más reservada, siempre con prisa y más introvertida que mi gente. Fue muy difícil para mí acostumbrarme al idioma inglés y a la cultura imperante. Los días eran largos esperando que regresara del trabajo; pero al final de su jornada me tomaba en sus brazos y por arte de magia se esfumaban los problemas y los convertía en desafíos que superábamos sin esfuerzo. Mi cuerpo era todo energía entonces y lo más horrible de este país norteño, el frío, casi no lo sentía. Recuerdo como tomé miles de fotos de la primera nieve que me parecía maravillosa. Él se reía al verme fotografiar la nieve una y otra vez y hacía fogatas en la chimenea para que mi cuerpo se sintiera calientito junto al calor del suyo.
Veinticinco años después, la nieve ha perdido su hechizo para convertirse en algo cotidiano que me deprime por tres meses y los inviernos vienen con dolores artríticos que me recuerdan con nostalgia el sol de mi Perú lejano.
Quisimos tener hijos, saber de la experiencia de llevar el bebé de mi amado en mi vientre, pero los años fértiles pasaron implacables y mi vientre siguió vacío por mucho tiempo.
Para espantar la soledad y sentirme útil tomé muchos trabajos, desde limpiar casas, cuidar a bebés ajenos, escribir poesías, hacer traducciones y estudiar otra vez en la universidad, trabajo social, los certificados de mi tierra no sirvieron de mucho aquí, como trabajadora social era un éxito, arreglaba adopciones para niños desamparados; procuraba para los niños y los padres adoptivos la felicidad que yo no tenía en ese momento. Al principio hice los trabajos difíciles con una sonrisa, como todos los inmigrantes lo hacemos tratando de compensar las palabras extranjeras que vienen lentamente y el acento para no perder el trabajo. Tuve que cambiar el idioma de Cervantes por el de Shakespeare, aprender nueva tecnología, estudiar, repasar lo estudiado y después de muchos trabajos perdidos y muchos abortos prematuros, decidimos arriesgar otra vez y adoptar a dos pequeñitos, que son ahora la dicha de nuestra tercera edad, al adoptar escogimos vivir y arriesgar una y otra vez, la palabra desesperación no estaba escrita en nuestros corazones.
Han pasado los años, hemos superado algunas peleítas, solucionando discrepancias y seguimos juntos como cuando sus ojos bondadosos se posaron en los míos un día soleado de enero, en una bellísima playa limeña. Mi cuerpo se ha acostumbrado tanto al suyo que si él no está en mi cama, ésta se torna fría y dura y me cuesta dormir sin su aliento. Nuestra historia es un modelo de arriesgarlo todo y lucha constante. Yo estuve allí para él en salud y enfermedad y él está allí como un árbol generoso para confortarme y darme abrigo siempre. Nuestro amor es un hogar no solo para nuestros hijos pero también para nuestros amigos y cualquiera que busca amor, cariño y respeto. Juntos hemos escrito una historia de amor que es un modelo para los más jóvenes. En verdad, el amor todo lo puede y él no sólo me ha conquistado para siempre, pero ha conseguido que ame su país tanto como amo al mío, que comprenda su cultura y él la mía, nuestros hijos crecen seguros y confiados y aprenden también el español como el inglés; ellos son una mezcla de nuestras dos naciones, pero le hemos enseñado que era verdad lo que me decía mi abuelita, los ojos son el espejo del alma y que el amor es sacrificio y lucha constante pero todo lo puede y el que no arriesga no gana.
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Gina Salinas de Witteveen
Nació en Tacna, Perú. Ha sido publicada en el Perú como “La poeta joven de 1980”. Su cuento “El cuco” obtuvo el segundo premio en narración del concurso del Instituto Peruano de Cultura de Florida en 1999. Es trabajadora social, casada con Sid Witteveen, tiene un hijo, Angello y una hija, Cristina Noelia. Utiliza su poesía para ayudar a los inmigrantes de habla hispana en Ottawa, donde reside desde hace más de 19 años.
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