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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "El potro"
por Fernando Lobaina Quiala

El Potro, Cuento con mención honrosa - ¡Caballo!- y el animal vibraba del casco a las orejas; ¡brrrr!, hacía y el suelo trepidaba bajo sus patas.

Caballo
Onelio Jorge Cardoso

Ver correr a aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices.

El potro salvaje.
Horacio Quiroga.

A Onelio Jorge Cardoso.
A Horacio Quiroga.

Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que había llegado a nuestro reino para entregarse a la lucha en defensa del soberano. Potro, era un caballo completamente negro. Negro intenso como el azabache pero no era el único en el reino, y a pesar de su orgullo como guerrero, aquello lo reconfortaba. Además, había otros en campo contrario, otros defendiendo las posiciones del enemigo; y quizás fueran tan hábiles como él, quizás no tan de pura raza, no tan retinto, tan intenso; pero existían otros prestos al combate y eso merecía cautela.

Desde bien temprano había comenzado el desafío, y él, todo brío, todo gallardía, había permanecido bastante quieto, observador. Se había movido poco a pesar de vaticinarse un combate demoledor. El resultado de aquella batalla tendría implicaciones internacionales, y él lo sabía. La contienda la habían iniciado ellos, allende; nosotros solamente respondíamos a sus ataques, nuestras posiciones eran estrictamente defensivas. Él tenía experiencia en pendencias similares y en muchas había salido vencedor.

Potro, comprendía que había un ser supremo, divino, inmenso y quizás lo podía ver, allá, a lo lejos, disponiendo cómo se desarrollaría la contienda: él y sólo él podía imponer su voluntad. Comprendía además, que en todo combate había una estrategia superior que aquel disponía, mientras Potro sólo tenía que obedecer, mantener su posición y cumplir con la misión asignada como defensor del monarca y del reino.

Allí, cerca de donde estaba, había una gran torre que marcaba los límites del reino por uno de los flancos y por el fondo, y sintió deseos de llegar hasta la cima, examinar el terreno y observar las posiciones del enemigo, allá, justo enfrente, preparado con igual fuerza para el desenlace. Pero no, esa era la posición que le habían asignado para la defensa del reino y debía mantenerla como buen guerrero. Y así lo hizo. Luego ocupó una nueva posición, más defensiva, y luego otras; hasta llegar por primera vez cerca de nuestro soberano, y lo miró con recelo y lo vio agobiado; ya para entonces la reina no estaba.

Transcurridas las dos primeras horas, la situación se tornaba compleja por instantes, el enemigo estaba cerca, preparando el ataque final. Los movimientos comenzaron a precipitarse y nuestro maltrecho ejército no daba síntomas de recuperación. Entonces, Potro comprendió que aquel ser todopoderoso que nos guiaba no era infalible, no era un ser divino, supremo; era simplemente un ser terrenal, carnal, humano. Y sintió temor pues presentía que estaba llegando el final. Lo comprendió al ver como nuestra majestad se movía con ligereza, una y otra vez, con pasos cortos, y Potro tras él, hasta llegar a uno de los extremos del reino, allí donde en otros tiempos estuvo la torre. Potro junto a él, ambos frente al enemigo dispuestos a todo, manteniendo dignamente sus posiciones en la defensa incondicional del reino.

Y murió el caballo, y se cometió el magnicidio, tras pronunciarse aquellas palabras sagradas y únicas en toda la contienda: Jaque mate.

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Fernando Lobaina Quiala
Nacido en Guantánamo, Cuba en agosto de 1963. Graduado de Ingeniería Industrial en la Universidad Central de Las Villas, Cuba, 1988. Graduado de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Matanzas, Cuba, 1996. Graduado de Master en Marketing y Gestión Empresarial, ESEM, España, 1999. Residente en Toronto, Ontario, Canadá desde 2003.

Tiene dos libros de cuentos, en manuscritos inéditos: "Pueblo bendito" y "Cuentos sencillos".




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Publicado 22 de noviembre de 2004
 
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