- ¡Caballo!- y el animal vibraba del casco a las orejas; ¡brrrr!, hacía
y el suelo trepidaba bajo sus patas.
Caballo
Onelio Jorge Cardoso
Ver correr a aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable.
Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices.
El potro salvaje.
Horacio Quiroga.
A Onelio Jorge Cardoso.
A Horacio Quiroga.
Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que había llegado a
nuestro reino para entregarse a la lucha en defensa del soberano. Potro, era
un caballo completamente negro. Negro intenso como el azabache pero no era
el único en el reino, y a pesar de su orgullo como guerrero, aquello lo
reconfortaba. Además, había otros en campo contrario, otros defendiendo las
posiciones del enemigo; y quizás fueran tan hábiles como él, quizás no tan
de pura raza, no tan retinto, tan intenso; pero existían otros prestos al
combate y eso merecía cautela.
Desde bien temprano había comenzado el desafío, y él, todo brío, todo
gallardía, había permanecido bastante quieto, observador. Se había movido
poco a pesar de vaticinarse un combate demoledor. El resultado de aquella
batalla tendría implicaciones internacionales, y él lo sabía. La contienda
la habían iniciado ellos, allende; nosotros solamente respondíamos a sus
ataques, nuestras posiciones eran estrictamente defensivas. Él tenía
experiencia en pendencias similares y en muchas había salido vencedor.
Potro, comprendía que había un ser supremo, divino, inmenso y quizás lo
podía ver, allá, a lo lejos, disponiendo cómo se desarrollaría la contienda:
él y sólo él podía imponer su voluntad. Comprendía además, que en todo
combate había una estrategia superior que aquel disponía, mientras Potro
sólo tenía que obedecer, mantener su posición y cumplir con la misión
asignada como defensor del monarca y del reino.
Allí, cerca de donde estaba, había una gran torre que marcaba los límites
del reino por uno de los flancos y por el fondo, y sintió deseos de llegar
hasta la cima, examinar el terreno y observar las posiciones del enemigo,
allá, justo enfrente, preparado con igual fuerza para el desenlace. Pero no,
esa era la posición que le habían asignado para la defensa del reino y debía
mantenerla como buen guerrero. Y así lo hizo. Luego ocupó una nueva
posición, más defensiva, y luego otras; hasta llegar por primera vez cerca
de nuestro soberano, y lo miró con recelo y lo vio agobiado; ya para
entonces la reina no estaba.
Transcurridas las dos primeras horas, la situación se tornaba compleja por
instantes, el enemigo estaba cerca, preparando el ataque final. Los
movimientos comenzaron a precipitarse y nuestro maltrecho ejército no daba
síntomas de recuperación. Entonces, Potro comprendió que aquel ser
todopoderoso que nos guiaba no era infalible, no era un ser divino, supremo;
era simplemente un ser terrenal, carnal, humano. Y sintió temor pues
presentía que estaba llegando el final. Lo comprendió al ver como nuestra
majestad se movía con ligereza, una y otra vez, con pasos cortos, y Potro
tras él, hasta llegar a uno de los extremos del reino, allí donde en otros
tiempos estuvo la torre. Potro junto a él, ambos frente al enemigo
dispuestos a todo, manteniendo dignamente sus posiciones en la defensa
incondicional del reino.
Y murió el caballo, y se cometió el magnicidio, tras pronunciarse aquellas
palabras sagradas y únicas en toda la contienda: Jaque mate.
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Fernando Lobaina Quiala
Nacido en Guantánamo, Cuba en agosto de 1963. Graduado de Ingeniería
Industrial en la Universidad Central de Las Villas, Cuba, 1988. Graduado de
Ingeniería Mecánica en la Universidad de Matanzas, Cuba, 1996. Graduado de
Master en Marketing y Gestión Empresarial, ESEM, España, 1999. Residente en
Toronto, Ontario, Canadá desde 2003.
Tiene dos libros de cuentos, en manuscritos inéditos: "Pueblo bendito" y
"Cuentos sencillos".
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