Elisa se desnuda frente al espejo. "En realidad," piensa, "no me veo tan
flaca." Sin distinguir si aquello era hueso o piel, se pregunta cuándo habrá
de desaparecer de una buena vez, ya por completo, del mundo. Y cómo saberlo,
si en esa casa no transcurría el tiempo. Y es que Elisa decidió encerrarse
años atrás, sus motivos tuvo. Pero eso ya no le importaba. "El pasado", le
dice a Soledad mientras acaricia sus bigotes, "ya se me olvidó".
Aquello era una especie de autoexilio doméstico, un retiro improvisado, muy
poco espiritual que más bien sonaba a arrebato o, mejor aún, a "pendejismo",
dicho en palabras de Jaime, que por si no tuviera suficiente trabajo en el
taller, tenía que trasladarse cada semana desde el Molinito hasta Palmira
para llevarle a Elisa, a la absurda y desquiciada de Elisa, provisiones que
de no ser por él, ella jamás saldría a buscar. Es que, después de lo que le
pasó, no tendría el dinero o las fuerzas para comprar las cosas elementales
que se le ocurrían a Jaime para llevarle a su hermana. Eso sin olvidar, por
supuesto, el alimento para sus gatos que, obligadamente, como todo lo demás,
el hombre arrastraba -como un peso enorme en su lomo y, sobre todo en su
bolsillo- hasta su ventana.
"Por piedad", le hablaría Jaime. "Ábreme un momento, Eli, necesito ver que
estás bien. Aquí traje tus cosas. También la comida para tus animales como
te lo prometí. Total, si eso te hace feliz. Pero, ¿no crees que me debes
aunque sea un poco de tranquilidad? Anda, ábreme esta vez. Escríbeme al
menos, aquí te dejo lápiz y papel. Ya déjate de estupideces. No me obligues
a llamar al psiquiátrico. Acuérdate cómo te pusiste de mal la última vez. Te
juro, ahora sí, Elisa María que te refundo, vamos, abre ya". Todos los tonos
y amenazas había intentado ya el desdichado Jaime, cada lunes tarde para el
trabajo, resignándose al asomo fugaz que, tras la cortina polvorienta de la
ventana, era todo lo que su hermana mostraba para él.
Los gatos favoritos de Elisa eran Soledad y Tumba. Los llamó así porque, el
primero, de un color gris insoportable, le recordaba su misma tristeza, y el
segundo, de tan negro y absoluto, evocaba a la muerte. Así había llamado a
cada uno de sus gatos: como sus temores. Soledad y Tumba eran los más viejos
y les había dado el privilegio de dormir en su cama, no tanto por viejos
sino, -como si eso fuera posible en sus gatos-, porque eran los menos
traicioneros. Además, fueron los primeros que llegaron a su casa. Ya nunca
quisieron irse o más bien, Elisa nunca los dejó salir. No tenían queja los
felinos, al menos no al principio, el alimento era bueno. El resto, los
otros nueve, estaban a fuerza. Y cómo no estarlo, rasguñarla a ratos, orinar
su cama y los sillones de puro gusto, si junto a ella estaban purgando
también quién sabe qué penas.
"El único oxígeno que recibe mi hermana y sus malditos gatos es cuando abre
la ventana para meter sus bolsas, claro, tras cerciorarse que he subido ya
al coche. Por lo menos sé que está viva. Estoy muy preocupado, Lupe, no sea
que cometa una locura. Quiero decir, una locura mayor. Que pierda la razón
no me preocupa, total, allá Elisa con sus gatos. Muy su gusto y muy su vida.
Pero que se mate, eso sí que no lo podría soportar, Lupe, como quiera es mi
hermana. Digo, lo que le pasó, pues ya estaba de Dios, ¿no crees?
Soy tu mujer y como tal te digo, Jaime, que primero es tu familia, yo, tus
hijos y luego ella, Elisa. Le debiste ayudar hace años, cuando pasó lo que
pasó. Al cabo, ahora ya, no puede ayudarla nadie. Ya sé, no te gusta hablar
del tema. No te enojes. Lo único que quisiera es que reconsideres lo de
Tampico. No se trata de algo definitivo, ya te lo dijo mi papá. Qué son dos
semanas, hombre. Además, es buen dinero y mucha falta que nos hace. Óyeme,
está bien la comida para Elisa, pero mira que eso de los gatos me encabrona.
Cuándo te he pedido un lujo para mí, ya no digas dos kilos de alimento, que
ahora resulta -porque para eso sí es buena para escribir- que necesita otros
dos por semana. Ya sé lo que estás pensando: es que nos necesita Lupe,
tienes que entenderla Lupe, está enferma Lupe. Y ¿cuándo vas a hacer algo
especial por Lupe?, dime. Aceptar la oferta de mi padre, por ejemplo, eso me
agradaría. Al fin que tu hermana, te lo apuesto, no padecerá tu ausencia.
Tú ganas Lupe. Yo compraré lo de Elisa y los gatos. Tú escribe en un papel
los datos de tu padre para que los tenga a la mano mi hermana. Anota bien
grandes los teléfonos de emergencia y también el de Marcelo, el muchacho de
la tienda de abarrotes, por si le falta algo, para que se lo lleve en su
bicicleta. Yo ya me arreglé con él. Dos semanas. Ay, Lupe, me voy a quedar
con el alma en un hilo".
"Un mes y de Jaime, nada", pensó Elisa mientras se desnudaba frente al
espejo, incapaz de llamar a Marcelo para pedirle comida, para los gatos
claro, porque ella, hacía mucho que había dejado de comer atún o papas.
Hundió entonces su delgadísimo brazo en el bulto de alimento hasta que sus
dedos tocaron fondo y recogieron como espátulas los sobrantes. "Sabía que
esto sucedería. Hace tiempo que lo sé, he de morir así", suspiró mientras
terminaba de lamer de su mano los residuos de carne rancia para luego
acariciar a Insomnio, que rondaba entre sus piernas, enrollando su cola
erecta en su pantorrilla. "¿Hambre, minino?"
Elisa llamó a los gatos a comer. Se había preparado bien y los gatos estaban
ya dispuestos. Tras recostar su cuerpo desnudo y escuálido en el piso de la
cocina, todos ellos, los once animales se fueron acercando y tomaron lo que
era suyo y que ella les había otorgado desde que los metió en su casa. Cada
uno tomó un poco de Elisa, de esto y aquello, de su cuerpo y de su alma, en
una comunión terrible. Todavía, con un poco de miedo a morir -porque sabía
que iba a morir en cualquier momento- cerró los ojos hasta que los gatos se
perdieron más y más en las cavernas de su cuerpo. Elisa ya no tuvo miedo. El
miedo, ya tampoco, tuvo a Elisa. Al fin era libre, liviana como ella quería.
Invisible y libre.
Cuando Jaime forzó la puerta de la casa, un hedor inundó el aire y su
tormento llegó hasta las fosas de su nariz. La fetidez, sin embargo, al
tiempo de repugnar, seducía. Con el movimiento defensivo pero simulador de
sus dedos, obstruyó el suministro de aquella pestilencia que se había
fermentado en sus bronquios. Elisa no apareció por ningún lado, sólo el olor
que, insistente, se postraba en el aire. Los gatos, -"los malditos gatos",
pensó Jaime-, estaban ahí, mirándolo fijamente, gordos y ronroneantes.
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Wendolyn Lozano Tovar
 Egresada de la Licenciatura en Derecho por la Universidad Iberoamericana. Ha
colaborado en despachos corporativos, así como en el sector público, en la
Secretaría de Educación del Distrito Federal.
Ha pertenecido a talleres de Creación Literaria dirigidos por maestros como
Antonio Tenorio Muñoz Cota, Maricruz Patiño y Andrés Acosta. Asimismo, ha
participado en diversos cursos literarios ofrecidos por Casa Lamm- México,
dirigidos por Hugo Gutiérrez Vega e Iván Portela.
Ha impartido clases de Derecho Positivo Mexicano, así como Talleres de
Expresión y Apreciación Literaria en el Instituto Cultural
México-norteamericano y el Colegio Hebreo Magen David.
Actualmente reside en Toronto, Canadá, donde ha impartido talleres
literarios para maestros de español en la Universidad de Toronto, así como
en la Universidad de York. Recientemente, su primera novela en inglés fue
seleccionada por el Muskoka Novel Marathon 2004. Su mayor interés reside en
la expresión poética. Evocación Poética (1995), Tiempo de Agua (2002) y
Poesía eres Mujer (2004) constituyen sus primeros trabajos poéticos.
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