Me confundo entre la gente que camina en silencio, que protesta mostrando
fotografías, pancartas. No me atrevo a leer los mensajes... Me distraen los
sollozos. Me alegra, si algo puede alegrarme ahora, haber ocultado mi rostro
tras las gafas oscuras, haber recogido mi cabello bajo una gorra cualquiera,
no traer nada que me identifique. Me tranquiliza que nadie se vuelva a
mirarme, porque mis ojos se quebrarían de vergüenza. No me da miedo pensar
en lo que harían conmigo. Me da miedo lo que a ellos les hicieron.
Es un aniversario más, y la plaza se llena de recuerdos. Los míos son
distintos. No puedo decírselo a nadie. Vine porque quise unirme a su
protesta. A su empeño por no olvidar, aunque nada de lo que anida en mi
memoria se parece a lo que sucedió en este lugar. Que los tanques cerraron
el camino, dicen. Que eran muchos, que venían tan cerca unos de otros que no
había manera de esquivarlos, de encontrar espacio para huir. Atrás sólo
quedaban los edificios plenos de francotiradores, paredes viejas; no sé si
entonces habrán olido a orines pero ahora sí, percibo ese tufo ácido, añejo.
Me imagino que sería fácil perder control sobre el cuerpo cuando el miedo
invade así de pronto, con la certeza de una muerte violenta. Me pregunto si
entre la sangre de los muertos también se mezclaron lágrimas y orina... No
me atrevo a preguntarles a quienes estuvieron aquí y vivieron para contarlo,
para decir lo que ahora sabemos todos. Sólo a ellos les consta a qué huele
la muerte cuando ataca. Cómo suena su voz: voz de balas, explosiones que
ensordecen pero hacen con gritos y gemidos un tatuaje dentro de las orejas,
de modo que nunca más se puede dormir en paz.
Tanques y soldados los rodearon sin dejarles un solo espacio para respirar.
Tenían la misma edad que yo ahora, pero sabían mucho más de la vida, porque
nunca he tenido hambre, ni temido la cárcel, ni me arrancaron a mis seres
amados para torturarlos en lugares oscuros y fétidos y luego desaparecerlos.
Tampoco pregunto qué es peor, si saber con certeza que alguien murió en esta
plaza, de forma rápida -ojalá-, o tener la incertidumbre de qué pasó entre
cuatro paredes escondidas. Cómo daña preguntarse cuántas horas que se
soportó el dolor; no saber en dónde acabó de pudrirse la persona que todavía
hoy se echa de menos, y cuya ausencia una vez más se llora aquí.
Mi país luce tan distinto... Hace tanto no andaba sus calles que me perdí
buscando caminos que antes conocía de memoria. Me pregunto qué dirá él
cuando sepa que vine. Qué le diré cuando estemos juntos de nuevo. "Y mira,
es que tenía que ir a la plaza..." No debería preocuparme por dar
explicaciones. Debería preocuparme por pedirlas, pero no tendré valor. Me
tiemblan las rodillas y hasta la brisa me hace creer que perderé el
equilibrio. Clavo los ojos hacia el asfalto que se ahogó en sangre: debe
haber sido difícil correr resbalando entre charcos escarlata. La sangre
huele a metal. Las balas son metal. La mezcla debe haber sido insoportable.
Cuántos zapatos extraviados en la prisa que no ayudó... Y mientras tanto,
recuerdo. Aquella tarde me regalaron un juego de magia, y él de inmediato se
lo apoderó para jugar conmigo. Se llevaba un foco a la oreja y el foco se
encendía, pero sólo en la oreja suya, no en la mía, y yo no podía dejar de
reír. De entre sus dedos salían monedas que luego volvían a desaparecer
frente a mis ojos, y largos pañuelos de colores anudados uno detrás del
otro. De un sombrero salió mi perrita Susa, tan frágil y pequeña...
Él podía calmar mis pesadillas, frenar mi llanto, cumplir mis caprichos, y
además hizo magia para mí toda la tarde. La mejor de mis tardes. Y la peor
para la señora que va junto a mí y reza por su hijo. Me detengo y repaso mi
memoria. No. No vi cuándo dio la orden. Debe haber sido mientras estaba
distraída, tal vez abrazando a Susa y buscándole nombre. Mi padre era
también mi madre porque ella murió antes de que yo pudiera extrañar su piel.
Y creí que no la había necesitado, pero ahora, tan quieta, comprendo que uno
no se acostumbra nunca a semejantes ausencias; me lo dicen los pasos de cada
una de las personas que pasa a mi alrededor. Pero yo sé dónde está su
cuerpo, que murió en paz; la morfina le quitó el dolor. A los muertos de la
plaza, en cambio, no los consoló nadie. Ni siquiera yo sé dónde están, y si
alguien podría saberlo debiera ser yo, yo entre esta multitud vestida de
negro y de blanco y de gris, pero mi padre no habla de eso. No ofrece
disculpas. Hace como que no pasó nada; como si ya respirar en otro idioma
fuera normal para ambos. Quisiera decirle a aquella mujer a quien la pena le
dobla la espalda que lo lamento mucho, que le ofrezco disculpas, aunque
signifique poco, porque mientras su hijo moría atrapado entre
francotiradores y tanques, mi padre hacía magia para mí en casa, y durante
mucho tiempo yo no supe nada de lo sucedido, y luego demoré meses en
decidirme a venir.
No sé cómo veré las manos de mi padre al volver. Todavía su abrazo me
confortaba antes de marcharme a escondidas para regresar aquí. Me arrodillo
frente a un altar con velas, cientos de velas y flores, y rezo por quienes
murieron bajo el régimen que encabezó la persona que más amo. Rezo por
ellos; por él; por mí. Ahora fluye el llanto, porque también aquel día
perdí algo. "Nos quitaste la Patria, papá," pienso, sabiendo que nunca seré
capaz de decírselo. "Me quitaste mi ciudad, mi gente, mi nombre. Nos
desangraste a todos," y me descalzo para sentir la textura de este suelo
seco, tibio de beber rayos de sol, cansado de absorber dolores. Descalza me
alejo, sin volverme hacia el altar, ni alzar la cara, pero sé que la gente
sigue llegando. Me parece que el país entero se ha congregado y mi corazón
late tan fuerte que va a delatarme. "Mírenme, soy la hija del asesino que
tanto odian". Y yo quisiera odiarlo también, pero no puedo, porque es lo
único que tengo. A pesar de todo, sus brazos me tejieron un hogar fuera de
esta tierra que era mía y ya nunca lo será. No estoy sola, pero sí vacía.
Extraviada. "Perdónenme," musito, y miro algunos niños: ellos ya comprenden
la importancia de no olvidar. "Perdónenlo", suplica mi boca mordiendo los
labios tan fuertemente que pronto percibo el sabor de mi sangre. Es justo
que me lleve de aquí este gusto acre. Es justo que me lleve en los pies el
polvo de mis calles. Así no olvidaré lo perdido. Y aunque mi cuerpo no
pertenezca a ninguna parte, mientras me alejo algo me dice que sí, sí: mi
corazón en este instante pertenece aquí, porque yo tampoco puedo dejar de
llorar.
-----------
Martha Batiz
Martha Batiz es una escritora mexicana que vive en Toronto. Es autora de un
libro de cuentos, que ha recibido premios en su país y en el extranjero, y
esta trabajando sobre sus primeras novelas, una en inglés y otra en
castellano. Ha colaborado en diversos diarios y revistas mexicanos, y ha
sido beneficiaria de varias becas literarias. Estudio Literatura Inglesa en
la UNAM en México, y está haciendo una maestría en Literatura
Latinoamericana en la Universidad de Toronto
|