"Creí que tu vida era mía y que tú me querías/ como yo te quiero a ti...".
Así entonaba la canción de sus recuerdos Nicolás Bermúdez al momento de
expirar. La cantaba de puro arrepentimiento por haber comprometido su
palabra, pues al fin y al cabo sabía que nadie era honesto en cumplir con
tales compromisos, que más bien eran cosas de corridos y películas.
Corridos que había escuchado en la radio y películas que no había visto. De
todos modos, sentía pena de haberse equivocado porque defendiendo un falso
honor, perdía la vida dejando, a merced de su contrincante, lo que más
adoraba, su mujer.
Ya no alcanzó a completar ni siquiera la primera estrofa porque su cabeza se
desprendió por completo del cuello y salió rodando ladera abajo todavía
parpadeando y abriendo la boca tratando de articular las últimas sílabas.
Mientras su cuerpo seguía parado con el corvo engazado retando todavía a su
rival. Por último tiró tres machetazos al aire y a la ciega y como un
síntoma de honor. Expresando su último deseo se resistía a caer. Y era que
Nicolás Bermúdez quería morir parado, entonces enganchó sus brazos en la
cerca quedando de espaldas y de pecho al sol, pues ya no podía hablar de
frente porque su cabeza estaba tirada a unas cuantas brazadas de sus pies.
Luego, medio se arrodilló y quedó como pidiendo perdón pero en verdad era
que quería morir de pie como nunca nadie lo había hecho.
Nicolás Bermúdez era un hombre arrecho y correcto en sus tratos, pero hubo
un momento que no pudo cumplir con su palabra, y prefirió pagar con su vida.
Sabía que se estaba enfrentando con el jugador más temerario y tramposo del
cantón Jobal Arrozales: Arturo Ayala. Pero todo también fue producto de la
mala suerte, porque el hombrecito tenía coraje, y si esta vez lo agarraron
fue por un ligero descuido que no se pudo desquitar el machetazo certero que
le iba a la nuca. Fue el único y último descuido de su vida que lo llevó a
la muerte. Y lo que más a él le dolía era saber que a aquel duelo le
restaba honor, pues Arturo no le había jugado a las cabales.
Arturo era un jugador de chivo muy experimentado. Nicolás, en cambio, era
un jugador esporádico, quien sólo se acercaba a las chiveaderas en Semana
Santa que se ponían de moda en las sandilleras y en las bocalles y en
algunos recovecos escondidos, de modo que poder evitar ser avistados por
alguna pareja de la tenebrosa Policía de Hacienda porque de hallarlos
chiveando, desde ya se tenían ganadas unas buenas pijeadas que hasta la juma
se les iba al carajo, porque en estos murmullos nunca faltaba el vendedor
clandestino de guaro-e-chaparro, que siempre iba de la mano con el dueño de
la chiveadera.
-No querés jugar conmigo Nicolasito -lo convidó Arturo con un
tono irónico-. Me tenés miedo, ¿verdá?
-Si tenés con qué apostar -dijo Nicolás para no quedarse
achicado- ¿porqué no pues? Pero no me vayas hacer trampa que entonces sí van
a sonar los corvos. Si jugamos que sea a las cabales.
Terencio Bonilla, el dueño de los dados hizo un limpiecito en el suelo,
extendió un plástico, y dijo:
-Estos son los dados de la buena suerte. Aquí no hay jarana ni
nada a qué temerle.
Nicolás se puso el corvo envainado en la coyuntura de sus pies y se
acurrucó. Arturo hizo lo mismo.
-¿De a cuánto le vamos? -retó Arturo.
-Vámole de a cincuenta pesos pues -dijo Nicolás pujando fuerte.
-Muy poquito -dijo Arturo-, pero en fin para comenzar está bien.
Era puro embuste el de Arturo porque cincuenta pesos en esos
tiempos era un gran pistal, podían significar hasta la cosecha de una
manzana de maíz.
Hicieron todas sus ceremonias pertinentes antes de comenzar, simbolizando un
juramento de honestidad y de honor a la palabra. Arturo tira los dados
primero.
-¡Seises! -dijo- Doblo la apuesta.
-Dale -dijo Nicolás.
-¡Seises! -dijo otra vez Arturo dejando un suspenso que
significaba reto.
-¡Jum! -pujó Nicolás- Esto no es así nomás. Pido revisar los
dados.
-¡Cómo vas a creer Nicolás! -reprochó Terencio Bonilla- Estás
desconfiando de mi palabra. Yo puedo permitir que me los revisen pero si
fallas en tu sospecha, esto quedará sentado como una acusación seria a mi
persona.
Nicolás se sentía acorralado. Miró al firmamento como buscando una
respuesta su derrota. Algo le decía en sus adentros que no siguiera pero a
la vez se negaba a dar su brazo a torcer.
Así siguieron jugando aquellos hombres, aún cuando Nicolás estaba de mala
suerte no se daba por vencido. El crepúsculo los envolvía. Nicolás desde
que se acurrucó, jamás vio la suya, todo el tiempo para atrás y para atrás.
Cuando Arturo se dio cuenta que había barrido con todo lo que Nicolás poseía
en sus bolsillos, le dijo:
-Todo lo que te he ganado por tu mujer.
Nicolás pensó poco y se sintió desafiado.
-Dale pues -dijo aceptando-. De todos modos, modos son todos.
-¡Seises! -dijo Arturo con los dados en la carpeta.
Nicolás se quedó desconcertado, luego se levantó y le dijo:
-Renunció a mi palabra de hombre y te pagaré con mi vida.
-Recapacita Nicolás -le dijo Arturo-. Pero si no cambias de
parecer te doy hasta mañana a las seis de la tarde. Nos vemos en el Quinto
Patio, allí vamos a ver de quién son las mulas. Una de dos, o te morís vos
o me muero yo. Yo no le temo a la muerte.
Nicolás se paró, agarró su corvo y respondió con el silencio. Todo
significaba que atendería a la cita. Él confiaba en sus habilidades de
esgrimista, sabía que Arturo no la tenía con él si se trataba de pelear
cuerpo a cuerpo. Se fue con el dilema de cobrárselas de esa forma porque
sospechaba que en el juego de dados había gato encerrado, porque jamás pudo
ganar una tan sola jugada.
Al día siguiente, llegada la hora, ambos hicieron acto de presencia al sitio
acordado. Los dos hombres comenzaron parejo a pelear, los corvos sonaban y
echaban chispas en el aire como luces de bengala. Dentro de poco, Arturo
retrocedía sintiéndose acosado y sin lugar a correrse porque Nicolás lo
había aculado al cerco. Ya casi vencido y resuelto a morir se reivindicó, y
en un cerrar y abrir de ojos de Nicolás, Arturo le dio un machetazo certero
en la nuca, el que le desprendió la cabeza de un solo golpe. Nicolás con
los ojos abiertos comenzó a entonar la canción: "Creí que tu vida era mía y
que tú me querías/ como yo te quiero a ti,..." hasta que cayó rodando por el
suelo y desde el último suspiro le ordenó, como un control remoto, al cuerpo
de Nicolás que aún así se defendiera y que no se diera por vencido. Así fue
como Nicolás tiró los últimos machetazos en el aire porque ya no miraba lo
que hacía, se apoyó en el cerco y medio dobló los pies para arrodillarse
pidiéndole perdón a su mujer por haberla comprometido de una manera tan
absurda.
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Ramón Portillo Chávez
Ramón Portillo Chávez escribe con el seudónimo Ernesto Jobal Arrozales y
reside en Kitchener. Nació en 1952 en Uzulatán, El Salvador. Es poeta,
novelista, cuentista y "testimoniador". Políticamente activo en el sector
agrícola de su país, Ramón reside en Canadá desde diciembre de 1985.
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