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Concurso literario de cuentos: Nuestra Palabra



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CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA
Mención Honrosa "Creí que tu vida era mía"
por Ramón Portillo Chávez

Creí que tu vida era mía, Cuento con mención honrosa "Creí que tu vida era mía y que tú me querías/ como yo te quiero a ti...". Así entonaba la canción de sus recuerdos Nicolás Bermúdez al momento de expirar. La cantaba de puro arrepentimiento por haber comprometido su palabra, pues al fin y al cabo sabía que nadie era honesto en cumplir con tales compromisos, que más bien eran cosas de corridos y películas. Corridos que había escuchado en la radio y películas que no había visto. De todos modos, sentía pena de haberse equivocado porque defendiendo un falso honor, perdía la vida dejando, a merced de su contrincante, lo que más adoraba, su mujer.

Ya no alcanzó a completar ni siquiera la primera estrofa porque su cabeza se desprendió por completo del cuello y salió rodando ladera abajo todavía parpadeando y abriendo la boca tratando de articular las últimas sílabas. Mientras su cuerpo seguía parado con el corvo engazado retando todavía a su rival. Por último tiró tres machetazos al aire y a la ciega y como un síntoma de honor. Expresando su último deseo se resistía a caer. Y era que Nicolás Bermúdez quería morir parado, entonces enganchó sus brazos en la cerca quedando de espaldas y de pecho al sol, pues ya no podía hablar de frente porque su cabeza estaba tirada a unas cuantas brazadas de sus pies. Luego, medio se arrodilló y quedó como pidiendo perdón pero en verdad era que quería morir de pie como nunca nadie lo había hecho.

Nicolás Bermúdez era un hombre arrecho y correcto en sus tratos, pero hubo un momento que no pudo cumplir con su palabra, y prefirió pagar con su vida. Sabía que se estaba enfrentando con el jugador más temerario y tramposo del cantón Jobal Arrozales: Arturo Ayala. Pero todo también fue producto de la mala suerte, porque el hombrecito tenía coraje, y si esta vez lo agarraron fue por un ligero descuido que no se pudo desquitar el machetazo certero que le iba a la nuca. Fue el único y último descuido de su vida que lo llevó a la muerte. Y lo que más a él le dolía era saber que a aquel duelo le restaba honor, pues Arturo no le había jugado a las cabales.

Arturo era un jugador de chivo muy experimentado. Nicolás, en cambio, era un jugador esporádico, quien sólo se acercaba a las chiveaderas en Semana Santa que se ponían de moda en las sandilleras y en las bocalles y en algunos recovecos escondidos, de modo que poder evitar ser avistados por alguna pareja de la tenebrosa Policía de Hacienda porque de hallarlos chiveando, desde ya se tenían ganadas unas buenas pijeadas que hasta la juma se les iba al carajo, porque en estos murmullos nunca faltaba el vendedor clandestino de guaro-e-chaparro, que siempre iba de la mano con el dueño de la chiveadera.

-No querés jugar conmigo Nicolasito -lo convidó Arturo con un tono irónico-. Me tenés miedo, ¿verdá?

-Si tenés con qué apostar -dijo Nicolás para no quedarse achicado- ¿porqué no pues? Pero no me vayas hacer trampa que entonces sí van a sonar los corvos. Si jugamos que sea a las cabales.

Terencio Bonilla, el dueño de los dados hizo un limpiecito en el suelo, extendió un plástico, y dijo:

-Estos son los dados de la buena suerte. Aquí no hay jarana ni nada a qué temerle.

Nicolás se puso el corvo envainado en la coyuntura de sus pies y se acurrucó. Arturo hizo lo mismo.

-¿De a cuánto le vamos? -retó Arturo.

-Vámole de a cincuenta pesos pues -dijo Nicolás pujando fuerte.

-Muy poquito -dijo Arturo-, pero en fin para comenzar está bien.

Era puro embuste el de Arturo porque cincuenta pesos en esos tiempos era un gran pistal, podían significar hasta la cosecha de una manzana de maíz.

Hicieron todas sus ceremonias pertinentes antes de comenzar, simbolizando un juramento de honestidad y de honor a la palabra. Arturo tira los dados primero.

-¡Seises! -dijo- Doblo la apuesta.

-Dale -dijo Nicolás.

-¡Seises! -dijo otra vez Arturo dejando un suspenso que significaba reto.

-¡Jum! -pujó Nicolás- Esto no es así nomás. Pido revisar los dados.

-¡Cómo vas a creer Nicolás! -reprochó Terencio Bonilla- Estás desconfiando de mi palabra. Yo puedo permitir que me los revisen pero si fallas en tu sospecha, esto quedará sentado como una acusación seria a mi persona.

Nicolás se sentía acorralado. Miró al firmamento como buscando una respuesta su derrota. Algo le decía en sus adentros que no siguiera pero a la vez se negaba a dar su brazo a torcer.

Así siguieron jugando aquellos hombres, aún cuando Nicolás estaba de mala suerte no se daba por vencido. El crepúsculo los envolvía. Nicolás desde que se acurrucó, jamás vio la suya, todo el tiempo para atrás y para atrás. Cuando Arturo se dio cuenta que había barrido con todo lo que Nicolás poseía en sus bolsillos, le dijo:

-Todo lo que te he ganado por tu mujer.

Nicolás pensó poco y se sintió desafiado.

-Dale pues -dijo aceptando-. De todos modos, modos son todos.

-¡Seises! -dijo Arturo con los dados en la carpeta.

Nicolás se quedó desconcertado, luego se levantó y le dijo:

-Renunció a mi palabra de hombre y te pagaré con mi vida.

-Recapacita Nicolás -le dijo Arturo-. Pero si no cambias de parecer te doy hasta mañana a las seis de la tarde. Nos vemos en el Quinto Patio, allí vamos a ver de quién son las mulas. Una de dos, o te morís vos o me muero yo. Yo no le temo a la muerte.

Nicolás se paró, agarró su corvo y respondió con el silencio. Todo significaba que atendería a la cita. Él confiaba en sus habilidades de esgrimista, sabía que Arturo no la tenía con él si se trataba de pelear cuerpo a cuerpo. Se fue con el dilema de cobrárselas de esa forma porque sospechaba que en el juego de dados había gato encerrado, porque jamás pudo ganar una tan sola jugada.

Al día siguiente, llegada la hora, ambos hicieron acto de presencia al sitio acordado. Los dos hombres comenzaron parejo a pelear, los corvos sonaban y echaban chispas en el aire como luces de bengala. Dentro de poco, Arturo retrocedía sintiéndose acosado y sin lugar a correrse porque Nicolás lo había aculado al cerco. Ya casi vencido y resuelto a morir se reivindicó, y en un cerrar y abrir de ojos de Nicolás, Arturo le dio un machetazo certero en la nuca, el que le desprendió la cabeza de un solo golpe. Nicolás con los ojos abiertos comenzó a entonar la canción: "Creí que tu vida era mía y que tú me querías/ como yo te quiero a ti,..." hasta que cayó rodando por el suelo y desde el último suspiro le ordenó, como un control remoto, al cuerpo de Nicolás que aún así se defendiera y que no se diera por vencido. Así fue como Nicolás tiró los últimos machetazos en el aire porque ya no miraba lo que hacía, se apoyó en el cerco y medio dobló los pies para arrodillarse pidiéndole perdón a su mujer por haberla comprometido de una manera tan absurda.

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Ramón Portillo Chávez

Ramón Portillo Chávez escribe con el seudónimo Ernesto Jobal Arrozales y reside en Kitchener. Nació en 1952 en Uzulatán, El Salvador. Es poeta, novelista, cuentista y "testimoniador". Políticamente activo en el sector agrícola de su país, Ramón reside en Canadá desde diciembre de 1985.




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Publicado 10 de Enero de 2005
 
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