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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 13/Ene/2009

Por la puerta grande

Uno de mis tres libros favoritos, el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana (Joan Corominas, Editorial Gredos, España), define 'Jubilar' como una palabra originada en 1495, que indica 'regocijarse' por la satisfacción del que ya no ha de trabajar, proviniendo esta expresión del latín 'jubilare' que quiere decir literalmente 'lanzar gritos de júbilo'.

Resulta que a fines de octubre me llama el narigón de mi jefe (llamémosle Cyrano) a una reunión para indicarme que, chuculún, "hay malas noticias" ya que "debido a la mala situación económica" no vamos a tener el próximo año tantos proyectos y por lo tanto "hemos tenido que eliminar tu puesto". Yo, impertérrito e inmutable, como quien oye llover, ya que hacía meses que sospechaba que esto podría ocurrir a fines del año fiscal bancario, que es el 31 de octubre.

También estaba en la reunión una chica de Personal, una mocosa que siempre me pareció que andaba con un dolor de callos de la repipeta, o que sufría de hiperestreñimiento agudo por la cara agestada con la que circulaba por la oficina desde que llegó hace solamente seis meses.

- Cyrano ¿te parece si yo continúo –sin esperar que ella termine Cyrano se levanta a la velocidad del rayo y sale de la habitación, nariz por delante, -de aquí en adelante y le explico a Willy la situación?

Me quedé pues con la agestada que me miró tratando de determinar si yo estaba okey o si me estaba dando algún chucaque de proporciones incontrolables, total yo tenía casi veintiocho años trabajando para esta linda corporación y, de repente, pensaría ella, me podía agarrar un soponcio al darme cuenta que me estaban botando de la empresa como un trapo viejo, como un zapato roto. Mas no, yo era todo oídos.

Pasó pues la agestada, llamémosla Gertrudis para no mencionar su verdadero nombre que es Kim, a explicarme que me estaban dando un 'paquete' muy jugoso, con opciones de cómo recibir la plata al contado (el banco se quedaría con el 25 % del total con esta opción) o a puchos, que el banco no me estaba despidiendo sino que me estaban pasando al retiro y que mi pensión empezaba a correr el primero de diciembre. Que si yo quería, tenía cuatro semanas para buscar otro trabajo en el banco y que si lo conseguía, no habíamos dicho nada. Finalmente, que si tenía alguna pregunta.

Le indiqué que tenía varias, entre otras, recuerdo preguntar tres cosas:

· cuánto exacto de pensión mensual iba a recibir hasta el fin de mis días,
· porqué el banco se quería tirar 25% del paquete si me lo daban en una suma total y, más importante aún,
· que si ella había probado alguna vez una lavativa con aceite de castor, la cual dicen es muy buena para aliviar el estreñimiento.

Me dijo que:

a) no sabía cuánto era lo que me tocaba de pensión ya que eso le correspondía realmente al Departamento de Pensiones del Banco, y me indicó un número de ayuda al empleado 1-866 al cual llamar para averiguar, aunque ella creía que si yo no firmaba todos los papeles diciendo que no iba a demandar al banco por este despido y jubilación intempestiva, así llamara, no me iban a dar ni la hora. Efectivamente, llame al número al llegar a mi casa y no tenían idea del importe.

b) que el banco se tira normalmente el veinticinco por ciento si la gente quiere el paquete de un solo porrazo, porque le da la pé gana, y que, si no me cuadraba, que tomara la opción de "a puchos" por la cual me pagaban el total sin descuentos en los próximos dos años, y

c) que hacía tiempo que ella venía tomando oralmente las lavativas de aceite de castor, pero que aparte de fregarle el aliento, el asunto seguía de lo más congestionado.

Pensé explicarle el concepto del enema en vez de ingestión oral, pero luego decidí postergar la explicación hasta un momento en que me sintiera agradecido, cosa que no ha ocurrido hasta dos meses después de la memorable reunión.

Me recomendó que "sería conveniente" que me fuera a mi casita al toque, que mi último día era realmente el treinta de noviembre, y que si quería, regresaba a la oficina en los próximos días o, si quería, no regresaba nunca más, que mantendría mi acceso al computador del banco desde mi casa, mi teléfono, mis dos pases (uno en el edificio uptown y el otro en el edificio downtown) y que me iba a presentar inmediatamente a un consultor de un grupo que da apoyo a los empleados en esta situación. Milagro, la agestada sonrió, me dio su teléfono y salió de la habitación.

En menos de un minuto entró un gordito engominado estilo lamida de vaca, con gruesos anteojos, de unos sesenta y tres años, de la "compañía consultora", a quien, desde que lo vi lo identifiqué como un "terminator". Se sentó en el asiento que había dejado vacante Gertrudis y esbozó una gran sonrisa. Este no ha escuchado eso de que 'Asiento caliente, ni de tu pariente', sonreí.

- Hola Willy, me llamo John. ¿Cómo te sientes?

- Bien –respondí automáticamente, mientras pensaba "Qué pregunta pa' cojuda, John". – Muy bien –repetí ya que esa es la respuesta corporativa que un Director de la empresa le debe dar a un vulgar terminator en estos casos.

- ¿Pensaste que esto podría pasar?

- Sí, John – asentí con la cabeza, pensando "Pucha, mi límite de tolerancia: dos preguntas idiotas en menos de un minuto, y medio kilo de gomina en la cabeza".
John siguió manteniendo su sonrisa forzada, dándome un fólder con información que debería leer sobre el "soporte" que su empresa me daría.

- Si quieres puedo pedirle a alguien que te traiga su abrigo y tus cosas y te puedes ir a tu casa desde acá.

- No, gracias, prefiero ir y recoger todas mis cosas por mí mismo. -¿Pero qué pensaba este huevón? ¿que me iba a dar un ataque al cerebro y que no iba a encontrar mi cubículo? ¿qué me iba a poner a llorar por los pasadisos? ¿Qué me iba a ir calladito por una puerta falsa? Inicié la retirada.

Nos despedimos, llegué a mi cubículo, serían las doce del día, apagué mi laptop escuchando el habitual sonido de ronquidos en el piso, cerré todo con llave, tomé mi abrigo, bajé las escaleras y salí del banco por la puerta grande, con una grata sensación de libertad al encontrarme afuera.                



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