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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 08/Jul/2008

Un lindo viaje
Capítulo 4
Profundamente limeño

Johnny Canuvian y su esposa, la Bebe, debatieron brevemente, en la cocina de su casa en Thornhill, antes de embarcarse, si deberían o no, alquilar un automóvil en Lima para los once días que estarían en la tres veces coronada villa.

-Hace veintitantos años que no manejo en Lima –le recordó Johnny a su señora.
-No creo que las cosas hayan cambiado mucho.
-Justamente eso es lo que me preocupa, pero bueno, hagamos la prueba, total si hay problemas devuelvo el carro y punto.

Dos días antes de ir a Lima se fueron a la CAA a pedir un Brevete Internacional, pese a que su amigo Toño, que había estado hacía poco en Lima le había dicho que bastaba con su licencia de Toronto  y un billete de diez dólares americanos.

-¿Para qué es el billete? –preguntó siempre tan acojudado Johnny.
-Bueno, en realidad la licencia de Toronto no vale nada allá, pero, si te paran, los diez dólares es una cuota que le das al policía, junto con la licencia, lo que la hace válida instantáneamente.

Como uno de los motivos que empujaron a Johnny a salir del Perú, fue precisamente su decisión de no darle coima a nadie, lo cual le hace a los limeños la vida odible, odible, no iba a regresar allá listo a tratar de coimear a la siempre gloriosa e incorruptible Policía Nacional del Perú. Por lo tanto la Bebe y él pagaron en Toronto a la CAA, sesenta dólares cada uno para obtener sendos  brevetes internacionales. 

Al llegar a Lima, los Canuvian no estaban dispuestos a pagar la tarifa que cobraban las empresas de alquiler de vehículos ya que en los dos casos en los que preguntó, pasaban de los sesenta dólares diarios. Menos mal que Javier, el segundo hermano de la Bebe, el que se quedo a vivir en Lima, les consiguió un Toyota 1973 de un amigo, dispuesto a alquilarlo por solo veinte dólares al día, los que comparados con los sesentaitantos que cobraban las agencias grandes, resultaba tan cómodo, que no se le podía dejar pasar. Johnny quedó en que Javier le trajera el Toyota para verlo y decidir en definitiva si lo iba a alquilar o no.  

Javier llevó el carro para que el buen Johnny decidiera. Era un Toyota Corona, color entre plateado y acerado, en estado chércheris, digamos como de mírame y no me toques, pero conservado decentemente.

-¿Cómo es el tema de la gasolina? –preguntó Johnny
-Ven para que veas esto – le señaló Javier hacia la maletera, invitándolo a bajarse del carro -préstame la llave un ratito.
Javier abrió la maletera en la que, ocupando casi, casi la mitad de ésta, aparecía un gigantesco tanque cilíndrico color blanco.
-Este carro funciona a gas o a gasolina. Tiene un pequeño switch que activa el uno o el otro. Ahorita esta en gas. El gas es  más barato –explicó calmadamente Javier.
-Ahhhh. Es que yo nunca he manejado un carro a gas. Uhmmm, y ¿es seguro esto?
-Si, no hay problema, ¿por qué?
-Bueno, la verdad que parece un coche bomba, nada más. Y ¿dónde hay grifos para el gas?
-En todas partes. Si quieres vamos ahorita para que le llenes el tanque –señaló un aparatito redondo con una aguja que marcaba más o menos a la mitad.
-¿Bebe, tú qué dices? – volteó a mirar a la Bebe que, contrariamente a su costumbre, había permanecido calladita, sin emitir sonido alguno.                
-Yo creo que está bien, total acá la gente parece usar gas o gasolina sin problemas.
-No, ya sé, pero ¿qué te parece el carro?
-A mí me parece okey, pero tú eres el que vas a manejar más…
-Javier pensó en los sesenta y cuatro dólares diarios de Budget Rent-a-Car y en la facilidad de ir adonde quisieran, en el momento que quisieran.
-Ya Javier, nos quedamos con el carro.
-Ya pues, me das la plata antes que se regresen a Toronto.

Con el mismo arrojo mostrado por Indiana Jones en cada una de sus películas, especialmente la última, esa de la calavera de cristal que justamente ocurre en el Perú, Johnny se lanzó a las calles de Lima, solamente con dos sencillas estrategias en mente:

  1. No chocar otros vehículos, y
  2. Evitar que otros lo choquen a él.

Las maniobras de algunos de los choferes en Lima fueron, por decir lo menos, impredecibles. Por ejemplo, lo que ocurrió en la avenida de La Marina, que tiene tres carriles de ida y tres de vuelta. Los Canuvian con Javier y la prima Lucha en el asiento de atrás iban yendo del Callao hacia Jesús María, digamos a velocidad media, unos sesenta kilómetros por hora y por el carril del medio. Casi llegando a la avenida Bolívar hay otra transversal ancha sin semáforo y sin policía de transito. Al medio, a la izquierda de Johnny, tratando de cruzar en cuanto se presentara un nanosegundo de oportunidad, había un ómnibus grandazo, que tenía todas las intenciones de cruzar La Marina, aún a costa de un choque y de la consiguiente perdida  de vida de otros, ya que con ese Pánzer no iban a perder la vida ellos. Johnny, que veía como el ómnibus empezaba a meter la delantera, titubeó entre seguir a su misma velocidad o frenar para que pasara el ómnibus, así que sacó el pie del acelerador por un instante. Pero el ómnibus no se movió, como diciendo “Todavía no voy a cruzar, sigue nomás”,  así que Johnny cambió de idea y continuo sin parar. Esto era digamos a unos tres metros de llegar al cruce. En ese mismo instante, un carro que llegó al lado izquierdo de Johnny, sin aviso, sin señal, sinvergüenza, se mete a la derecha delante del carro de Johnny, lo cruza completamente y entra limpiamente a esa pista que el ómnibus había estado tratando de cruzar.

Menos mal que Johnny aún conserva sus reflejos de karateka, ya que pudo frenar casi en seco, satisfaciendo de esta manera las dos sencillas estrategias que se había fijado. Llegó a emitir el grito de batalla de los limeños: ¡Ta’mare!, que quiere decir “Señora madre de todas las prostitutas”. Esta gran dama es invocada por miles de limeños al día, en las variadas y azarosas circunstancias de la vida en la bella y señorial capital  del Perú.    

Los pasajeros del Toyota o sea la Bebe, el gordito Javier y  la prima Lucha, no tuvieron chance ni de asustarse, tan rápido fue el evento, y siguieron conversando de lo bonita que estaba La Punta, como si con ellos no fuera.

Por varios días Johnny siguió manejando, sacando punche en los brazos cuando se quería cuadrar ya que el Toyota no tenia timón hidráulico, más bien parecía accionado con poleas y engranajes no aceitados.

Hubo otro incidente que reseñar.



En la calle Miguel Dasso en San Isidro, popof distrito limeño, hay dos muy buenas librerías. Johnny, acompañado de la Bebe y Javier, había llegado a buscar un libro de un famoso poeta peruano. La cosa era donde cuadrarse. La parte de Miguel Dasso de la que hablamos consiste de un par de cuadras, en las que los carros se estacionan a los lados y al medio, dejando espacio para que circulen dos carros en cada sentido. Ya habían dado dos vueltas, buscando sitio para estacionarse sin suerte, incluso tratando en un parque cercano. En una de esas vueltas de búsqueda, Johnny ve que uno de los cuidadores de carros que estaba al medio, a unos sesenta metros de ellos, le hace señas de que un carro va a salir. Johnny estaba en el carril de la derecha. A su izquierda, o sea más cerca del carro que iba a salir, se encontraba una gigantesca 16 Lexus SUV del año. La Bebe y Javier pensaron que jamás podrían ganarle el sitio a la Lexus, que ya se lanzaba a la captura del único espacio libre en las dos cuadras de vehículos. Johnny, recordando sus buenos tiempos de limeño, le metió fierro a fondo al viejo Toyota, el que respondió al reto arrojándose cual un bólido de fuego al mismo tiempo que la Lexus. El Toyota, y esto no es un comercial pagado, respondió al comando de Canuvian y ¡le gano la delantera y el sitio a la 16 Lexus! a quien no le quedó más remedio que seguir buscando donde estacionar.

-Cuñado, ¡te graduaste de chofer de nuevo! –dijo Javier que por segundos se había quedado mudo de la impresión.

Johnny, sintiéndose profundamente limeño, respondió con una gran sonrisa silenciosa mientras los tres entraban a la librería El Virrey.



* * *




Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com

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