La presencia de su ausencia
En memoria de Manuelito Rodríguez
Se fue Manuelito.

Lo había conocido tomando fotografías en alguna de las reuniones de la comunidad peruana.
Una pena que se haya ido.
La primera vez que conversamos fue en la casa de Margarita Feliciano, en uno de los talleres literarios narrativos que organizaba la CCIE.
Se fue Manuelito.
Siempre impecablemente vestido, de terno y corbata, siempre cariñoso extendiendo la mano amiga, el abrazo fraterno, la sonrisa franca.
Una pena que se haya ido.
En una de mis andanzas por el consejo de consulta del consulado peruano, compartimos la directiva. Entonces lo pude conocer mejor. No es que yo pueda escribir su biografía completa, mi memoria es pésima y él hablaba poco de sí mismo, pero sí puedo hablar de la impresión que este pequeño gran hombre me causó. Es que en estos días, en esta ciudad y dentro de esta comunidad, es cada vez más difícil encontrar personas poco centradas en sí mismas y más bien, interesadas en los demás, tal como era él. Mientras que hay gentes que se molestan porque su nombre no figura en una crónica, mientras que yo me preocupo de que mi nombre figure prominentemente en todo lo que escribo, que se sepa que yo hice esto o dije aquello, mientras a veces nos traiciona nuestra alma de figureti, Manuelito estaba simplemente feliz de participar, de ayudar, sin ser protagonista. Qué mejor prueba de esto que la difícil búsqueda de fotos en la que aparezca su padre que ha estado realizando su hija, Janet. Y es que hay muchas personas en esta comunidad a las que Manuel hizo sentir importantes, distinguibles al ser fotografiadas por él, y en cambio, son pocas las oportunidades en las que él se constituía en el protagonista.
Una pena que se haya ido.
Hay gente que notamos porque hablan y hablan sin parar. A Manuel lo notamos porque lo poco que decía siempre venía cargado de honestidad, franqueza y sabiduría. Hay gente que se hace notar porque aparece en todas las fotos. A Manuel lo notamos por tener la cámara en la mano. Hay gente que nos alcanza con títulos rimbombantes y que andan por el mundo distribuyendo tarjetas personales con títulos ejecutivos. A Manuel le bastaba simplemente que lo llamáramos Manuelito. Ni siquiera su nombre o sus iniciales estaban presentes en su inolvidable dirección electrónica en “hotmail”: el pensionista.
Se nos fue, pues, Manuelito y siento mucho no tener otra oportunidad para conversar con él, para hacerlo reír con una broma o quizás, para que me tome una foto más.
Ha sido un honor haberlo conocido. Es una de esas pocas personas que se va dejándome un recuerdo imborrable con la inmensa presencia de su ausencia.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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