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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 12/Nov/2008

Un murciélago en la puerta

La otra noche mi señora y yo llegamos de la calle, estacionamos en el garaje que está en la parte de atrás de la casa y nos enrumbamos a la puerta de la cocina que es por donde normalmente ingresamos a nuestro ‘townhouse’ cuando usamos el carro. Como cosa rara, ya que a esa hora generalmente está en su habitación, nos recibe nuestro hijo en la puerta con esa calma tan canadiense que ha adquirido al haberse criado en este frígido país.

  • Hola papá, hola mamá. Hay un murciélago en la puerta – anuncia impertérrito.
  • ¡¿CÓMO?! – gritamos al unísono mi señora y yo, a quienes el frio canadiense no nos ha podido quitar la costumbre de exaltarnos cuando nos dan noticias inesperadas.
  • Hay un murciélago en la puerta. Está en la parte de arriba. Vengan para que lo vean.

Para que el lector se haga una idea de cómo es la entrada de la casa, y dónde se había acomodado el alado visitante, acá una descripción. De la vereda, tienes que subir una escalera de cemento, diría yo unos seis escalones, arriba te encuentras con un porche de dos por dos metros, en uno de cuyos lados está la puerta principal. En dos de los lados hay paredes de ladrillo y el último lado es el de la escalera de la calle. Cubriendo el porche hay un techo de metal. La puerta  no llega hasta el techito de metal, ya que hay un Your browser may not support display of this image.espacio como de unos 75 centímetros de ladrillo entre ésta y el techo. En tres de los bordes del techo hay –mejor dicho había-, una grieta irregular que estaba ahí desde que nos mudamos a la casa en el 99. Justamente bajo una de las hendiduras de la grieta, se había instalado el murciélago, todo coquetón él, colgado patas arriba y luciendo un color negro amarronado tipo rata de cloaca. No se movía para nada, ni por la bulla que hicimos ni por la luz del porche que es de 100 vatios y de la que estaba a unos veinticinco centímetros. Con él no era la cosa. Mi primer impulso fue sacar la manguera y soltarle un chorro de agua con gran fuerza como cuando uno lava su carro, lo cual creía yo, lo haría salir despavorido en busca de un refugio más acogedor. Le manifesté a mi señora mi plan de policía anti manifestaciones a lo que ella respondió al toque.

  • ¿Y si te muerde?

Ahí nomas quedó el plan manguerazo, ya que la idea de que el murcielaguito se me prendiera del pescuezo como una garrapata, o que me mordiera un ojo con lo cual me jodía la vista debido a la horrible combinación mordedura de murciélago con el glaucoma de porquería que porto en ambos ojales que es algo, les cuento, aterrorizante, se me quitaron las ganas.

Pensé en un plan B, iluso yo, según el cual mi hijo Allan se aventuraría a ofrecernos que iba a espantar al bicho a escobazos o a sartenazos a ver si lo dejaba de repente aplastado cual cucaracha con alas, contra el ladrillo de la casa. Este plan era un poco cochino para la casa y doloroso para el bicho, pero pensé, es el más barato y, Allancito, siendo joven y ágil, no corre mayor peligro de mordedura.  Bueno, el plan sartenazo no funciono tampoco ya que Allan  no ofreció absolutamente nada, limitándose su accionar a mover el cenicero que le pusimos en el porche para que no llene el jardín del frente de puchos, anunciando que mientras el murciélago estuviera en la puerta principal, él se iría a fumar atrás, en el ‘backyard’, para no estar expuesto al bicho, quien continuaba durmiendo a pierna suelta, sin percatarse del impacto de su presencia en nuestras por demás aburridas vidas suburbanas. Vale la pena hacer notar que vivimos en Markham, suburbio al noreste de Toronto, parte del GTA (Greater Toronto Area), un típico lugar silencioso, donde nadie parece caminar por sus veredas a menos que estén llevando a su perro a hacer el uno o el dos, premunidos de sus respectivas bolsitas de polietileno. Mi barrio es tranquilísimo, silenciosísimo, aburridísimo, uno de esos cementerios llenos de arbolitos por todas partes.

Sin embargo, si bien los humanos no pululamos por las calles del distrito, convivimos con una legión de animalitos que hacen su aparición de vez en cuando y de cuando en vez, dándole  así algo de color a nuestras por demás pálidas existencias. Así un vecino ha tenido ‘racoons’ (mapaches) viviendo debajo del ‘deck’ (la plataforma de madera) de su jardín, otro ha tenido una familia de palomas que se habían cobijado en su balconcito, hace años vimos un grupo de mama zorrillo con unos seis hijos zorrillitos cruzar la calle Raymerville y meterse al jardín de alguien, en el estacionamiento del mall de Markville. También hubo el cado deprimente de mi señora queriendo ayudar una tortuga que andaba distraída a punto de ser atropellada, y que casi la muerde. No es raro ver ardillitas, liebres y conejos cruzar la pista a gran velocidad. ¡Pero un murciélago portero! Eso no me lo imaginé.  

Entonces entró en vigencia el plan C, que consistió en irnos a acostar, rezándole a San Crispín, Patrón de los Desesperados para que el murciélago se vaya durante la noche. 

Para hacerle la estadía menos placentera dejé la luz de la entrada prendida, con la idea de que tanta luz lo motivaría a largarse de la puerta durante la noche. No ocurrió esto, ya que en la mañana del viernes, el maldito roedor alado seguía exactamente en la misma posición. Iluso, me pregunté si estaría muerto y si simplemente tenía las patas pegadas al techo y por eso no se caía.

En vista de que todos mis planes fracasaban, opte por el plan D: Buscar en las Páginas Amarillas una empresa especializada en estas situaciones. Encontré varias hasta que localicé a una que estaba más o menos cerca de mi casa. Hablamos.

  • Le advierto –me dijo muy simpáticamente el fulano al otro lado- que solamente por ir ya le estamos cobrando $120.
  • Gracias – le dije -, ¿pueden venir mañana?

Como yo no iba a arriesgarme a que el vampiro éste tuviera oportunidad de chuparme la sangre en un descuido, atraqué más rápido que volando.

  • Ah, -me dijo el jovencito metalizado- le aviso que nosotros utilizamos un método humanitario.
  • Bueno, sus precios no me parecen muy humanitarios…
  • No somos humanitarios con los clientes, solamente con los animalitos.
  • Bueno, whatever, el bicho éste me parece horrible, con garritas, colmillitos y ganas de chupar sangre.
  • Nuestros métodos son humanitarios, cumplimos con las regulaciones.

Ya me imaginaba qué tenía que haber regulaciones para ahuyentar vampiros, en un país donde hasta la forma de eructar está regulada por el rejodido gobierno.
Al día siguiente, golpe de diez de la mañana llegó el representante de la empresa de control de bestias y demás, un gordito con pinta de árabe, cosa que me confirmó cuando me dijo que era comorita, o sea de un pequeño país llamado Comoros. El gordito comorita de nombre Raza miró y remiró al murciélago desde varios ángulos y luego nos explicó que lo debería hacer salir de ahí más bien de noche, porque si se iba de día no iba a poder ver bien, que se podía estrellar y no sé qué sandeces más. Le aclaré que poco me importaba más que en una de esas se abalanzara sobre alguien de mi familia, sobre mis vecinos, o sus hijos y que sería conveniente que lo sacara ya mismo. Raza me miró, como sacando cálculos y aceptó su suerte.

  • Bueno, lo voy a hacer entonces ahora.
  • ¿Necesitas algo? – le pregunté.
  • No -dijo el repentinamente valeroso comorita- no sé bien qué va a pasar ya que es el primero en mi vida que voy a sacar.

Nótese que estas empresas expulsan CUALQUIER tipo de animal que moleste en la casa de alguien, y al buen Raza nunca le había tocado botar un murciélago.

  • Bueno, ¡suerte Raza! – le dijimos instantes antes de meternos a la casa para observar por la ventanita de la puerta que no se ve bien porque ese de esas como que cromadas.

Desapareció del porche, regresando al cabo de cinco minutos, con un mameluco tipo astronauta, enfundado hasta la cara como jugador cobarde de hockey y con un tremendo palo terminado en una soga. Su aspecto no era muy humanitario que se diga. Lo vimos golpeando la pared, asumimos que al costadito del murciélago a ver si éste se movía, pero naca la piriñaca. Retrocedió y con la soga que parecía una horca de juguete lo empujó hasta que en una de esas vimos una sombra salir disparada a gran velocidad. Raza casi se saca la chochoca en las escaleras pero menos mal no se cayó. Salimos.
Your browser may not support display of this image.Ya no estaba.

  • ¿Lo vieron irse? – preguntó el experto con cara de asustado.
  • Vimos una sombra, y ya no está ahí – dijimos.
  • ¿No lo tendré pegado en el mameluco? – preguntó aterrorizado Raza, mientras se daba toda la vuelta para que examináramos.

Le aseguramos que no había murciélago a la vista. Nos pidió unos minutos para cambiarse y para presentar…la factura.

La factura la he traspapelado, pero sé que emití un cheque por – ¡ayayayay!- $383.25 por el trabajito. La próxima vez, un par de escobazos bien dados y estamos al otro lado, gratis.                



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