La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 05/Febrero/2010
Los Canuvian van a Lima por tres meses
por Johnny Canuvian

Aeropuerto de Lima PeruLlegamos a Lima el 6 de enero –estilo misma bajada de reyes- vía Air Canada, golpe de once y media de la noche. Había tal cantidad de recién llegados que supongo que al mismo tiempo llegaron unos diez aviones más con los peruvianensis extranjeris deseosos de pasar algún tiempito en la Ciudad de los Reyes, así llamada no tengo idea de porqué ya que acá (escriboeste artículo desde Lima) no hay ni vivió nunca, ningún rey, a menos que se refieran al Rey de la Papa o al Rey de la Cojinova. Los que gobernaban acá más bien eran unos jijunas llamado los virreyes, entonces mejor le hubieran puesto a Lima la Ciudad de los Virreyes, pero bué.

La novedad nuestra es que la Bebe, mi esposa, desde hace más de un año ha sido diagnosticada con una enfermedad fregada, por lo que no puede caminar bien, vinimos con un andador (walker, para los que ya tienen algún tiempo en Canadá y se hacen los cojudos, como que no entienden castellano), lo cual nos permitió hacer la colita especial junto con la gente con chicos, una pareja de viejitos y un grandulón que aducía que le habían dicho que tenía que usar la colita de los discapacitados.

Pasamos inmigración, nada especial ahí, la que nos atendió presentaba como el resto de sus colegas funcionarios un uniforme marrón y su correspondiente cara de poto en la parte de arriba.

Caminamos hacia las maletas. Esperamos, esperamos y esperamos hasta que fueron apareciendo nuestras cuatro maletas que son fáciles de reconocer, una es chica, verde, cargada de remedios para los parientes de la Bebe, remedios que hay en Lima, pero que le habían dicho que “allá en Canadá son más baratos”, claro como no van a ser más baratos si los pago yo y la Bebe después no les quiere cobrar nada; la segunda, una roja grandota de Air Canada; la tercera que acabamos de comprar, dura, gris y con dos compartimientos que la Bebe llenó con juguetes y con ropa usada; finalmente la cuarta, la espectacular maleta que le llamo La Tigresa del Oriente porque parece que hubieran usado un pellejo de leoparda en celo para el forro.

Cargamos con todo en uno de esos carritos, la Bebe agarró su andador con firmeza y nos enrumbamos a la aduana. Antes de llegar allí te hacen apretar un botón que prende una luz roja o verde. Si sale verde no te revisan las maletas, si sale rojo te las escanean y revisan. No sé para qué la Bebe aprieta el botón cuando de hecho nos va a salir rojo, siempre nos sale de ese color. El problema es que para escanear las rejodidas maletas, uno mismo tiene que ponerlas en la franja que es un rodillo en el suelo, en una posición decúbito ventral para que el comodón del revisador, que está sentadote frente a una pantalla, pueda ver bien el interior de las maletas. Tuve pues que sacar cada una de las cuatro maletas del carrito y ponerlas en la franja, junto con mi maletín de mano. Menos mal que un muchacho uniformado vio mis esfuerzos y me ayudó con la descargada y vuelta a cargar de los maletones que después de haber salido de mi casita en Toronto rumbo al aeropuerto a las doce y cuarto del día, haber viajado unas ocho horas confinado a un asientito hecho para personas más chicas y mucho más jóvenes que yo, después de haber hecho la rejodida colita en Inmigración, haber recogido y puesto en el carrito las maletotas incluida la de la Tigresa del Oriente que la Bebe había puesto ladrillos adentro, y después de colocarlas en la franja en cola, a eso de la una y media de la mañana, me provocaba tirarme al suelo y morir aquí en suelo peruano, celebrando lo que cuando vivía en el Perú siempre hice desde chiquito: cola. Cola para entrar al salón del colegio, cola para hacer la primera confesión, cola para hacer la Primera Comunión, para entrar al cine, cola para comprar leche para los chicos cuando no había en la época de los milicos, cola para comprar entradas para el fútbol, cola para entrar al estadio, cola para salir del estadio, cola de carros para entrar al Cinco y Medio después del almuerzo de Navidad en el Banco, cola para la inscripción al servicio militar obligatorio, cola para la reinscripción cuando el General Velasco casi casi le hace la guerra a los chilenos para recuperar Arica. Nos pasamos la vida hacienda colas en el Perú, llegamos a Canadá y la misma huevá, solo que allá en inglés, nos ponemos en “line”.

Se compadeció el revisador y nos dejó salir.

Nos esperaban sonrientes el gordito de mi cuñado, y mi sobrino para llevarnos a nuestro alojamiento. Hemos alquilado una partecita de una casa que “tiene todas sus comodidades”. Llegamos ahí más muertos que vivos, pero completitos y contentos de estar en Lima otra vez.


 





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