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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 23/Diciembre/2005


Cosas de la Navidad

Mis hijos jamás han podido entender la diferencia entre trabajar para un banco -que es lo que hago- y ser dueño del mismo banco, que es uno de mis sueños de opio. Desde su chiquititud, estos jovencitos se han malacostumbrado a que, regalo que pedían, regalo que les comprábamos. Y claro, crédito en que nos metíamos.
Su confusión llegaba a extremos increíbles. Una vez, cuando el menor tenía siete años, en una tienda me pidió un juguete, a lo que repliqué que no tenía plata

- Pero papi -dictaminó el enano, mirándome mientras encogía los hombritos-, saca la plata de la máquina.

Claro. El creía que "la máquina" regalaba plata a quien tuviera tarjeta. Cuestión de pedir nomás.

Los regalos de la Navidad no son sólo para ellos. También tengo que comprar los regalos que ellos le van a hacer a su mamá, a los abuelos, y porqué no, a mí mismo. La Navidad es pues la época del año en que me siento como si me hubiera convertido en una gigantesca tarjeta de crédito Visa, con patas. Esto no es muy aconsejable ya que el hoyo del crédito es uno del cual es difícil salir.

Pero el crédito es un problema navideño menor, comparado con el que yo tengo con el pino de fuera de mi casa. Mi esposa se encarga de armar y adornar el árbol artificial de Navidad que ponemos en la sala. Claro, allí adentro está bien calientito. A mí me toca ponerle las luces al pino de tres metros y medio que está en el jardín frontal de la casa, afuera en medio del gran congelador: Toronto.

- Y, aparte de las luces de la casa ¿qué vamos a hacer este año con las luces del árbol de afuera? - pregunto en Noviembre, con la esperanza que me digan "Ay amor, olvídate de ese árbol, ha crecido mucho. No vale la pena, corazoncito mío, que te congeles o que arriesgues tu vida, y de repente te caigas de la escalera por poner unas lucecillas ridículas. Ven. Siéntate, mi rey, mi dueño, a ver tu televisión tranquilito, mientras te preparo tu cafecito".

Ese sí que es un verdadero sueño de opio. La realidad es muy diferente, muy cruda.

- ¿Cómo que qué vamos a hacer? No entiendo la pregunta. ¡Tienes que ponerle las luces! - es la firme respuesta, muy diferente a la de mi sueño.
- No. Claro, amorcito. Sólo estaba pensando en comprarle más luces, ya que se han malogrado un montón y, además, el árbol de porquería sigue creciendo y creciendo y con la escalerita de miércoles que tenemos no hay forma en que pueda llegar a poner las luces hasta arriba. Y, además, con el frío glacial éste ...
- Y ¿cuándo lo piensas hacer? - me pregunta sabiendo que siendo una tarea tan pesada, tiendo a dejarla para nunca.
- Estaba pensando que la próxima semana...
- Amorcito ¿Has visto que el vecino ya puso todititas las luces afuera? Se ven lindas. -mi esposa en la cocina comenta distraídamente-. Incluso, esta es la única casa en toda la cuadra donde no se han puesto las luces todavía. Creerán que somos ateos, pues, que vamos a hacer. Probablemente es la única casa en tooooodo Toronto donde todavía no han puesto las luces. ¿Quieres que le pida al vecino que nos ayude? Ya que lo que es acá, no hay nadie que lo pueda hacer, porque lo que es tú, parece que estuvieras de adorno.

Esto sería imposible, ya que el vecino y su mujer, pese a que viven desde hace tres años al frente, son unos totales desconocidos de quienes no sabemos ni el nombre, pero cuyas espaldas conocemos como la palma de la mano, ya que cada vez que hay oportunidad que nos miremos a la cara, les falta velocidad para voltearse. Así que mi señora pidiéndole a él que ponga las luces, es algo realmente utópico.

Claro, a temperaturas glaciales, subirse a una escalera enclenque a poner las luces a un árbol que a este paso va a llegar al cielo, es misión del "hombre de la casa". Para un montón de otras cosas somos igualitos, tenemos los mismos derechos al carro, a la televisión, a leer el periódico, pero para poner las luces de Navidad en medio de la intemperie canadiense, que en Diciembre no es cualquier intemperie que se diga, esa tarea me corresponde a mí, muchas gracias.

Pero no hay escape. Así que el domingo pasado reemplacé todas las luces que estaban quemadas, busqué la escalerita de miércoles, la apoyé contra el pino, con la ayuda entusiasmadísima de mi hijo y empezamos a poner las luces. De arranque, con mi ojo avizor, le advertí que se cuidará con una "pú", léase caca, que algún perro, hijo de perra, nos había dejado de adorno justo a dos pasos del pino, el área de trabajo, llamémosla así.

- "Dad", ¿porqué no tiramos las luces al árbol, nomás? -preguntó mi hijo seriamente cuando, a mitad del procedimiento, nos habíamos enredado con los diez metros de luces de colores que teníamos que ir poniendo dando vueltas y vueltas alrededor del pino, árbol este que no sé si habrá alguna forma de tirárselo abajo, sin que la Municipalidad se entere, para que el próximo año no tengamos que hacer esto de nuevo. De repente un contratito por lo bajo con alguien, no sé. Ay, ¡si hubiera sabido esto, cuando el pino estaba chiquito...!
- ¿Estás loco? -repliqué de inmediato-. Para comenzar, no importa de qué tan ordenada y lógica forma pongamos las luces. Fijo que tu mamá, cuando las vea, va a decir algo como "Si. Están bien, pero hay huecos, hay zonas del árbol donde no hay suficientes lucecitas. Habría que redistribuirlas. Creo". Así que no podemos tirarlas nomás. Más bien tratemos de hacer esto lo mejor posible ya que la "redistribución", como le llama tu mami, seguro la vamos a tener que hacer un día en que la temperatura estará como en 52 bajo cero, considerando el "windchill factor".

Después de unos quince minutos de vueltas y vueltas, finalmente terminamos. Antes de entrar a la casa sentí un olor raro.

- Te dije que te fijaras en la "pú" del perro. Fijo que ya la pisaste ¿Qué no sientes como huele? -le dije fastidiado a mi hijo, que junto conmigo, estaba a punto de entrar a la casa.
- "Dad" -dijo él seriamente después de examinar sus suelas-. Mis zapatillas están limpias...

Con horror descubrí que una de las mías era la sucia.

- ¡Ya no me mires tanto y entra nomás! - le dije mientras me sacaba las zapatillas afuera.

Las lucecitas de la casa y del pino se prendían y apagaban contentas, como sonriendo.

 
* * *




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