Á
gil y atractiva, comenzó a subir las escaleras. La velocidad a la que iba
hubiera sorprendido a cualquiera, ya que sus pies parecían no hacer contacto
con los escalones. Serían las 10 y media de la noche cuando tocó la puerta
del elegante consultorio. No se había cruzado con nadie. El doctor Fonseca,
uno de los médicos más notables del país, la hizo entrar rápidamente. La
relación entre ambos era de lo más curiosa. Ella había buscado comunicarse
con él a través de la Internet y en un plazo de solamente seis meses habían
entablado una amistad que poco a poco se había convertido en un profundo
interés por conocerse personalmente. La distancia entre Bogotá y Melbourne
parecía no existir entre ambos cuando se relataban experiencias del pasado,
ocurrencias del presente y proyectos futuros. Probablemente la fotografía
que ella le había transmitido, en la que lucía profundamente exótica y
hermosa, había aumentado la curiosidad pasional del renombrado
neuro-cirujano, que acostumbraba a alternar genialidades quirúrgicas con
solapados, a la vez que furiosos, avances sexuales con algunas pacientes y
distinguidas damitas de sociedad bogotana. La visita en persona de la mujer
a quien conocía en la Internet como Nancy Turner le caía perfecta. La había
convencido a que viniera al consultorio esa noche, la segunda de su visita a
Colombia. Una excusa más a su mujer sobre trabajar tarde había funcionado
como siempre, sin mayor problema.
Ella le dio un beso en la mejilla y él aprovechó para abrazarla un poco más
que amistosamente.
- Encantada, doctor.
- Lo mismo digo, Nancy -la examinó de pies a cabeza, fulminante,
velozmente-, pero no me digas doctor. Me llamo Francisco. Llámame Paco, mi
amor.
El consultorio disponía de dos amplias habitaciones, una de las cuales
servía de estudio y la otra para atender pacientes. En el estudio, que es
donde se encontraban, el doctor Fonseca preparó un par de martinis secos, su
especialidad. La luz indirecta y el silencio de la residencial vecindad eran
los únicos acompañantes de la pareja. La conversación inicial giró alrededor
del porqué de vivir en Australia, cuánto tiempo pasaría ella en Bogotá, una
comparación entre la belleza de los paisajes de allá y los de Colombia y las
posibilidades de encontrarse en algún lugar remoto.
- Doctor Fonseca...
- Pero mi amor, llámame Paco, como te digo. Y trátame de tú.
- Bueno..., Paco - se levantó del sillón y fue a sentarse junto a él-
quisiera que me sacaras de una curiosidad. Tengo una amiga que también vive
en Melbourne que me pidió que averiguara algo sobre un pariente de ella. Es
un señor Segovia que operaste en el ochentaicuatro -. El doctor aprovechó la
cercanía para tocarle la rodilla con la mano derecha en un torpe movimiento
que quiso parecer involuntario.
- Y )qué quiere saber tu amiga?
- Solamente qué pasó en la operación. Era un señor de Gómez Gastelumendi, de
Barranquilla, que quedó paralítico.
- Bueno -Fonseca subió la mano lentamente de la rodilla hacia la parte
interior del muslo de la muchacha sin que ella pareciera inmutarse-,
recuerdo un señor Gómez Gastelumendi que estaba a punto de perder el
movimiento de las piernas debido a un tumor. Lo operé, pero era muy tarde
para que quedara bien. Eso es todo. )Quieres un traguito?
En momentos en que él se inclinaba sobre ella con todo su cuerpo, Nancy se
elevó lentamente del asiento hasta quedar a unos diez centímetros del techo
, lo que hizo que el doctor Fonseca saltara hacia atrás con tal fuerza que
estuvo a punto de caerse del sofá. La mujer flotaba sin dificultad mientras
extendía los brazos poniéndolos en cruz, girándolos parsimoniosamente a la
derecha y a la izquierda, las piernas cruzadas, juntas, el pelo larguísimo
elevado tras ella hasta casi tocar el techo.
- Llegó la hora del juicio sumario - dijo fríamente, sin temblor en la voz,
suspendida en el aire, la falda negra pegada al cuerpo, sinuosa, los brazos
abiertos y con manos que parecían haber crecido en tamaño. La luz indirecta
de la habitación que, en un fallido afán romántico había usado Fonseca,
proyectaba una serie de sombras sobre el cuerpo del aterrorizado galeno
quien con la boca abierta, señalaba a la mujer no sabiendo si correr o
desmayarse.
- Pero,)qué es ésto? - murmuró sin comprender.
La mujer habló sin apresurarse, sus ojos adquiriendo un brillo fortísimo que
su interlocutor percibía con cegadora intensidad.
- Gracias a usted, mi padre, un hombre activo, un hombre alegre, pasó los
últimos catorce años de su vida no solamente confinado a una silla de
ruedas, sino que se tuvo que mudar a Melbourne conmigo. Cuando usted lo
operó y le pareció que tenía un tumor canceroso, cortó la médula como fuera,
total..., si este hombre estaba condenado -, el doctor palideció y se quiso
levantar para llamar a alguien, a la policía, pero la frialdad congelante de
la mujer, juntamente con una sensación de sudor interno se lo impidieron- y
le hizo creer a mi madre que él iba a morir en medio de dolores agonizantes
en pocos meses, terror que toda la familia compartió sin que él lo supiera.
Además de la parálisis, lo dejó con una sensación de quemazón en las dos
piernas, la que ha llevado con él hasta su muerte gracias a que, encima de
todo, usted olvidó que le removieran la anestesia de la médula después de
la operación . -El doctor pareció recordar algo, pero en ese momento de
terror, solamente quería librarse de la muchacha.que continuaba flotando en
el centro de la habitación-. Yo estaba en una misión inevitable cuando esto
sucedió y no pude hacer nada para impedirlo, y ni mis extraordinarios
poderes han podido arreglar la desgracia que usted nos ha inflingido. Me
tuve que hacer cargo de él, mi vida dedicada a cuidarlo, a la imposible
misión de aliviarlo de los dolores que usted le causó. Era mi padre y he
tenido que ser su esclava, gracias a usted, doctor Fonseca. Pero éste es el
momento que he estado esperando por tanto tiempo.
Llegó a incorporarse e inició un rezo balbuceante creyendo encontrarse ante
un demonio, cuando ella movió ambos brazos de adelante hacia atrás y
nuevamente hacia él, esta vez con gran fuerza, señalándolo a las piernas
con ambos dedos medianos, mientras profería letanías ininteligibles. El
hombre se desmayó.
En el departamentito en Melbourne, la vieja, vestida de negro de pies a
cabeza, vio entrar a su hija.
- )Dónde te habías metido, hijita? Hace como una hora que te desapareciste.
Tenemos que hacer los arreglos del funeral de tu padre.
- Un asunto pendiente que no podía esperar, mamá.
Fue noticia de relativa importancia para los diarios de Bogotá que el
conocido neurocirujano colombiano, se quedara paralítico de un momento a
otro, que sufriera de una permanente sensación de quemazón en las piernas y
que, por los siguientes catorce años, hasta el final de sus días, repitiera
una historia incoherente de magia negra y maldiciones que todos atribuyeron
al estrés del trabajo que tienen las eminencias médicas.
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