Gracias a una amiga colombiana que me envía una nota de eltiempo.com me
entero que lo que me había sospechado desde un principio era verdad: que
tomar café también es dañino para la salud. Tragedia griega. No se puede
disfrutar de nada rico en esta vida sin que cause alguna enfermedad de
dimensiones horribles tipo berebere, dengue o regurgitación mitral aguda,
que todo el mundo sabe que antes solamente les daba a los perros y a los
cochinitos, y que ahora ataca al hombre con gran frecuencia.
Así es, no me basta con haber dejado de fumar las dos cajetillas y media
diarias que me chupaba como vampiro hace unos veinte años; no basta que
por haberme quitado el vicio del cigarrillo, ahora ande metido en el vicio
del chicle, que no solamente le hace un daño terrible a mis dientecitos y
a los huesos laterales de mi mandíbula sino que, cuando los masco, me
hacen parecer un bovino estupefacto; no basta que me pare peleando con mi
media naranja que no quiere que tome ya vino tinto, pese a las
extraordinarias cualidades curativas que tiene esta gran bebida medicinal
para el
colesterol, el relajamiento del estrés y para el olvido de la diaria
estupidez humana; ni basta que ahora me esté tomando unas siete u ocho
botellitas de agua al día que me han jodido el presupuesto y que me
tienen, calculo, unos 74 minutos al día, corriendo a hacer el uno en
algún lugar cerrado ya que acá no se puede hacer en la intemperie, que si
es invierno se te congela elquetejedi con riesgo de desprendimiento por
"frostbite" y si lo haces en verano te meten en la cárcel por degenerado y
sin derecho a "parole". No basta que me haya quitado el azúcar por temor a
la diabetes, ni basta que ya no tome Diet Coke desde que me enteré que el
Aspartame produce daño cerebral.
No bastan, pues, todos los sacrificios que haya realizado ni las malas
costumbres que me he quitado a través de años de privaciones. El único
consuelo, el único vicio de vicios que me quedaba en esta vida era tomarme
mi cafecito. Resulta ahora que, ¡oh tragedia!, por su alta absorción de
hierro, recomiendan no tomar café ni antes ni después de comer, o sea
nunca, ya que a toda hora estamos antes o después de comer. "A veces mezclamos
alimentos que inhiben la absorción de hierro", describe Joaquín Inaty,
presidente de la Fundación Venezolana contra la Anemia. "Por ejemplo, una
hora antes del almuerzo, y una hora después, hay que evitar beber café o
té, porque forman complejos que impiden que sea aprovechado por el
organismo", sostiene Inaty, seguramente con una sardónica sonrisa de
placer. Sigue Jodín, perdón, Joaquín, diciendo que hay otros datos muy
pero muy importantes que deben ser tomados en cuenta: "La gente debe saber
que la vitamina C favorece la absorción; por eso recomendamos beber
limonada, naranjada o bebidas cítricas durante el almuerzo". Chita la
payasá, resulta que ahora nos conminan a que nos tomemos una limonadita en
vez de, digamos, un rico Cabernet Sauvignon 1982.
Para colmo de males, a mí me cuesta trabajo fijar la atención, como
constantemente me lo hace notar mi señora quien infructuosamente, cada vez
que llego de chambear, trata de ponerme al día con lo último de la
telenovela que ella ve o graba a diario, hasta que de repente, luego de
unos cinco minutos de entusiasta actualización, en los que yo, me imagino,
pongo cara de George W. Bush a punto de decir una mentira realmente
importante, que ella deja de hablar como si yo fuera un caso perdido.
También me olvido de todo, no sé si voy, si vengo, si acabo de llegar o de
repente si ya es hora de irme. A veces, en la tarde me preguntan qué he
almorzado y ni siquiera me acuerdo si he almorzado. Si quiero acordarme de
algo que tengo que hacer en la oficina me tengo que llamar por mi celular
y dejarme un mensaje en la máquina. Ridiculeces por el estilo. No me
interesa ni me excita casi nada. Tengo un desgano que me quita las ganas
de todo, menos de descansar. Ociosidad feroz, que le llaman.
Lo que realmente pasa, me ilustra el artículo de eltiempo.com, es que me
falta hierro, y esa falta de hierro disminuye la cantidad de glóbulos
rojos y por lo tanto me falta el oxígeno que mi cerebrito necesita con
ansias locas. Ahora, a los cuchumil años de vida, me entero que pertenezco
a un maldito tres por ciento de varones que sufrimos de deficiencia de
hierro. Agravado esto por tomar y tomar café.
Pensando y recordando, me he dado cuenta que tengo todos los rejodidos
síntomas que menciona el artículo de marras. Estoy pálido cada vez que me
miro al espejo, fatigado, irritable, débil, respiro con dificultad cada
vez que respiro, se me quiebran las uñas de las manos y de las patas, no
me las puedo ni cortar porque los rollos que se han formado en la redondez
de la panza no me dejan agacharme con la agilidad que tenía antes y me
hacen parecerme cada día más y más al Hombrecito Michelín, no tengo hambre y cuando lo tengo me da pánico comer porque resulta que todo se ha ido al
diablo en estos últimos veinte años y no hay nada que uno se pase para
adentro que no le haga algún tipo de daño; no le tengo paciencia ni
siquiera a mi perrito Máximus que es el único que mueve la colita como
loco cuando llego a la casa y se hace la pila de gusto; me revienta que mi
hijo siga dejando la ropa tirada por todo el suelo de su cuarto ya que me
tropiezo cuando entro a recoger las botellas vacías de cerveza que reparte
asimétricamente en el piso, las latitas de coca cola casi llenas, las
bolsas rotas de papitas y los restos de café del Tim Hortons que ya van
teniendo una verdosa vida propia. Además, seguramente me pasa solamente a
mí, me jode a más no poder cómo manejan los chinitos por doquiera que
circulan, los tarados que van despacito delante de mí y aceleran cuando
los voy a pasar, los ciclistas potones que se bambolean delante de mi
automóvil en pistas definitivamente no aptas para ciclistas potones; me
enerva cuando voy en la autopista por una línea que se mueve más despacio
que las otras y me cambio de línea y la nueva línea mía se convierte en la más lenta, me revienta que los que pronostican el tiempo no acierten ni
siquiera con el clima de hoy mismo; me duele la cabeza y el hombro
izquierdo cada vez que veo a Bush en TV; mi colesterol sube y sube
mientras mi cociente intelectual baja y baja y por último, he adquirido un
colorcito azul-morado en el blanco de los ojos que ya parece medio
celeste. Soy el tipo que está tercero en la cola para pagar y abren otra
caja y las dos viejas que estaban detrás mío se ponen primeritas en la
nueva caja. Yo soy aquel al que siempre le toca una mujer que quiere pagar
su cuenta en el supermercado que consiste en $13.74 y que tiene que
encontrar en sencillo los $3.74, centavito por centavito, lo que le toma
unos diez minutos más o menos. Me duelen las rodillas cuando subo las
escaleras, cuando las bajo, cuando camino y cuando estoy sentado ya que
tengo una artritis deformo-galopante que cuando avanzo por la vereda,
parece que una pata le tiene que pedir permiso a la otra. Nunca voy al
cine, pero si voy, seguro me toca un tarado con una cabezota que no me
deja ver bien la película.
Yo estaba casi seguro que éstas eran canceras de la pura vejez, pero no.
He descubierto gracias al artículo de eltiempo.com ¡que simplemente soy un
anémico por ferropénico, que así se les llama a los que pierden hierro por
tomar el maldito café!
Pienso reemplazar el café que tomo ahora por un juguito de ciruelas, que
dicen que es muy bueno para el hierro. Aunque pensándolo bien, creo que
las ciruelas producen boro. Esto quiere decir que si me como unas
doscientas ciruelas al día, hay la posibilidad de que me vengan náuseas,
dolor abdominal y convulsiones. ¡A la porra, esta vida ya no es vida!
* * *
Escriba sus comentarios en el Foro de La Salsa de la Vida.
Write comments in the forum of The Spice of Life
Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
|