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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
El espejo mágico de la profesora Ferré

Publicado: 2/Noviembre/2004
"Solamente con mirarla, podía uno notar que no era una de esas mocosas engreídas que están acostumbradas a hacer lo que les da la regalada gana. Traviesa, esforzadamente estudiosa, de a pocos, iba dejando su pequeña marca en el colegio Bolívar, una escuelita primaria para los niños del balneario que aún no podían ir a ninguno de los colegios grandes del Callao, los que sólo tomaban chicos a partir de Primero de Media. Sus hermanos, imposibilitados de llamarla Carla Patricia del Carmen, la habían bautizado Nena y como tal se quedaría hasta el final de sus días.

La Nena Rodríguez, nomás empezando segundo de primaria en el Colegio Bolívar, había tenido una bronca con las hermanitas Verme, quienes desde que se inició el año escolar en abril, se le habían prendido y no la dejaban en paz, jalándole el pelo mientras hacían la cola, escondiéndole los cuadernos al menor descuido, sacándole la lengua desde cualquier distancia del patio. Mariela y Giuliana Verme realmente no tenían ningún motivo especial para fastidiarla, excepto que se les había cruzado, haciendo pues imperativo para ellas que se dedicaran durante varias semanas a todo tipo de vejaciones. Entre otras, una de las diversiones favoritas de estas niñas era jalarle el pelo y luego gritarle amenazadoramente a coro “¡Somos nietas de la Directora! ¡Somos nietas de la Directora!”

Su familia recién se había mudado de Santa Marina a La Punta, así que era su primer año en ese colegio. No conocía a nadie en el balneario.

Una tarde de junio, las Verme se habían posicionado cerca de la puerta de su salón esperando a que fueran saliendo todas las chicas de la clase. Ambas tenían en las manos globos de carnaval con anilina que habían llenado esa mañana en su casa, saboreando el impacto de su idea.

Salió la chica Marticorena, salieron Glorita y Josefa, las hijas del español gordo de la bodega, salió Juana Sánchez, becada por un grupo de damas de sociedad del balneario y luego apareció rápidamente la Nena Rodríguez sin percatarse de la amenaza que la esperaba. De los tres globos con anilina morada que le arrojaron a la espalda, dos le cayeron en la blusa. Cuando reparó en lo que le había pasado y escuchó las risas locas de las hermanitas Verme, su primer impulso fue contener la rabia y no llorar como otras veces.

- ¡Somos nietas de la Directora! ¡Somos nietas de la Directora! - chillaban risueñas las pecosas.

Nunca se enteraron si lo que las alzó del suelo fue solamente un puñete o si fueron dos, uno para cada una. El caso es que Marielita terminó con sangre en los labios y la nariz, mientras que Giuliana, la más antipática de las dos, presentaba un traumatismo en el pómulo derecho y una rotura en la ceja correspondiente.

En el colegio no hubo ningún castigo para las hermanitas ni tampoco para la Nena, pero al llegar a su casa, su madre le descerrajó una paliza por andar malogrando el uniforme que tenía no solamente la camisa irreparablemente manchada sino un par de roturas en la falda azul marino, de las que la Nena no se había dado ni cuenta hasta ese momento. En cuanto a las Verme, la abuela, quien era en verdad la Directora del Bolívar, conversó con su hija, la mamá de las hermanitas con quien acordó que el mejor castigo sería que por espacio de una semana no pudieran ni salir a la calle a jugar, ni ver un minuto de televisión, ambas actividades vitales para las hermanas.

La vida escolar de las niñas de Segundo de Primaria transcurrió en los meses siguientes sin mayor incidente, hasta dos semanas después de que empezara la colecta anual Pro Niños de La Punta.

La colecta de ese año fue la más exitosa. La profesora Carlota Ferré, una de las favoritas de la Directora, había sido designada con la honrosa misión de recolectar las donaciones durante dos semanas, en una campaña muy intensa. La señorita Carlota, una flaquita entusiasta que vivía en Chucuito, había hecho gala ese año de sus dotes de oradora enfervorizada para movilizar a las niñas del colegio en tan magna tarea. La contribución pasaba ya de quinientos soles, cifra a la que el año anterior no habían podido llegar.

Ese octubre del 58 fue particularmente nublado y aburrido. En el balneario, ni siquiera el mar quiso llevar en una braveza esos incontables tesoros que acostumbraban llenar la orilla de la playa de Cantolao.

La Nena salió de su casa ese lunes, temprano como si fuera cualquier otro día sin presentir que esa semana su vida cambiaría tremendamente. Cuando entraron todas al salón, la profesora Ferré caminó con deliberada lentitud hacia la puerta y la cerró sin hacer ruido. Volvió lentamente a su asiento con el amplio pupitre oscuro frente a ella y miró con calculada frialdad a la clase.

- Antes de empezar la lección de hoy día, quiero hablar de un asunto muy grave.
Las niñas se inquietaron ante su tono, así que prestaron más atención.

- Resulta que alguien se ha robado el total de lo que se había recolectado ¡para los niños pobres! - subió involuntariamente el tono de la voz -. ¡El viernes, cuando revisé la cajita con la plata, no encontré nada! ¡Ni un centavo! ¿Ustedes saben cuánto trabajo han puesto sus padres para donar una limosna? Lo peor es que no se ha metido ningún ratero al colegio. Lo peor es que ha tenido que ser una de ustedes.

Una de las chicas, la flaquita Tomatis estaba nerviosa, al borde de las lágrimas.

- Pero esto no va a quedar así – prosiguió molestísima la profesora Ferré-. Voy a dar una oportunidad a la niña que se ha robado la plata. Voy a dejar la cajita vacía en la capillita del colegio, junto al confesionario. Cualquiera que haya tomado ese dinero lo puede regresar hoy o mañana. Si no aparece, el día miércoles descubriré a quién haya sido la ladrona, ya que yo tengo una amiga bruja que tiene un espejo mágico, y si no aparece la plata hasta el miércoles, el espejo mágico mostrará la cara de la culpable.

Las chicas se miraban nerviosamente entre ellas y sospechaban las unas de las otras. Sin embargo, ante el silencio general y, dado que nadie preguntaba nada, la profesora continuó el día de clases con una alocución encendida sobre el fuego eterno que esperaba a las niñas que mentían y robaban y el significado del perdón divino para aquellos que se arrepienten. Ese día en el colegio las horas transcurrieron nerviosamente, igual como habían empezado. Pese al terror creado por la bruja y su espejo mágico, ni lunes ni martes apareció el dinero y no se produjo confesión alguna. El día miércoles, cuando la profesora Ferré cerró la puerta del salón, el temor y la expectativa eran tremendos. La niña Tomatis, preparada para cualquier involuntaria demostración emocional, apretaba nerviosa un pañuelo blanco que pertenecía a su papá.

- Bueno, el dinero no ha aparecido. La culpable ha tenido su oportunidad, pero no la ha sabido aprovechar. Como les dije, he consultado con mi amiga la bruja y su espejo mágico le ha dicho que la cara de la culpable ha aparecido. Sabemos quién es -.Las muchachitas no sabían si mirar a la profesora, a una sospechosa o al techo del salón. Algunas esperaban ver aparecer a la bruja desde cualquiera de las esquinas de la clase -.Es demás esperar un minuto más. El espejo mágico ha mostrado el rostro de... ¡Carla Rodríguez Mosquera!

Si alguien le hubiera clavado una puñalada, abierto el pecho y extraído el corazón, la Nena no se hubiera sentido tan mal. Se puso roja, miró a la profesora, a las chicas de la clase y se puso a llorar.

- Rodríguez, anda inmediatamente a la dirección y espérame ahí.

La Nena, corriendo y llorando, llorando y corriendo, llegó hasta la antesala de la dirección y se sentó en el viejo sillón de cuero negro. Cuando la Ferré la interrogó, no pudo contestar nada, llorando inconsolable y negando vehementemente con todo el cuerpo que hubiera tomado el dinero.

- ¿Qué pasó hijita? - le preguntó su mamá al verla llegar media hora más temprano de lo normal.
- Nada mami, no me siento bien – la niña se echó en sus brazos.

Al día siguiente la Nena desarrolló una fiebre tonta que venía fuerte y se iba, que parecía un resfriado, a veces con dolor de garganta, a veces con tos. El asunto fue que por espacio de un mes fue imposible para el doctor de la familia, poderla hacer volver a un estado normal que le permitiera asistir a las clases. La Nena corría el riesgo de repetir de año. Sus notas no habían sido malas hasta ese momento, pero tampoco habían sido excelentes, y habiendo faltado ya un mes, complicado con el asunto de las limosnas perdidas, del cual sus padres no tenían idea por cuanto ni la Directora ni la profesora Ferré se habían comunicado para ese asunto, lo más probable es que la jalaran irremediablemente, a menos que ocurriera un milagro. El quince de noviembre, a las cinco de la tarde, la mamá de la Nena respondió al timbrazo de la puerta, sorprendiéndose de encontrar a la señorita Ferré.

- ¿Señora Rodríguez? Soy Carlota Ferré, profesora de su hijita, de Carlita.
- Claro, señorita, pase, pase.
- Sabe señora Rodríguez, que en el colegio estamos preocupadas porque la Carlita no va hace ya tanto tiempo y quisiera ver si la podría ayudar en algo.

Por tres semanas, todas las tardes, la profesora Ferré se dedicó a revisar con la Nena todas las clases que había enseñado en el mes que la niña de ocho años había faltado. No contenta con esto, de su puño y letra le puso al día todos los cuadernos que estaban atrasados. Demás está decir que la Nena se recuperó totalmente y pudo asistir a las últimas semanas de clase, con el fastidio de pensar que la creían una ladrona, pero sabiendo que no lo era.

La profesora Ferré, la tarde del examen final de Segundo de Primaria, llegó a su casita de la calle Chanchamayo, y se dirigió presurosa al baño. La habitación mal iluminada mostraba un detalle extraño. El espejo estaba completamente cubierto con una toalla que había sido clavada en la pared de quincha. Carlota Ferré prendió la luz, se acercó frente al espejo y levantó la toalla lentamente, con temor. Cuando vio su propio rostro lanzó un grito de alegría, ya que por espacio de dos meses, desde aquella tarde en que había cometido la injusticia de acusar a la Nena, sin más prueba que la palabra de las hermanitas Verme, cada vez que miraba ese simple espejo de baño había visto el rostro de las pecosas hermanas, sonriendo burlonamente. Suspiró al recordar el dolor compartido con la vieja Directora cuando ésta, temblando, le contó que su hija había encontrado escondido en el jardín de su casa, bajo una piedra, un sobre con toda la plata de la colecta que sus nietas habían robado. En el Colegio Bolívar jamás se aclaró el asunto del dinero, jamás se reivindicó públicamente en el mismo foro a la niña injuriada. La Nena Rodríguez pasó de año, sin necesidad de examen oral, lo que la puso muy contenta y la ilusionó mucho sobre lo que podía esperar esa Navidad. En su primera mañana de vacaciones, mientras caminaba en ropa de baño por Cantolao la radiante jovencita sonrió con esperanza, mientras arrojaba con fuerza una piedrita al mar.


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