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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Cabecita loca

Publicado: 13/octubre/2004
"Lo sospeché desde un principio", me dije cuando leí un cable de Associated Press, donde nos cuentan que un equipo de peritos que estaban esperanzados, y con justa razón, en ser capaces de reconstruir el cuerpo del gran poeta italiano Petrarca, han confirmado que -oh sorpresa de la vida- la calavera que encontraron en su tumba ¡no es la de Petrarca! Lo ha dicho la Universidad de Tucson, Arizona, mediante la técnica del carbono-14.

Para los pocos lectores que no están familiarizados con quién miércoles fue Petrarca, permítanme ilustrarlos rápidamente. Francesco Petrarca fue un poeta y humanista italiano que nació en Arezzo hace exactamente siete siglos y murió en Padua a los 70 años de edad, cosa de por sí notoria ya que el promedio de vida en esas épocas era como de 30 años nomás, pues la gente se moría de un montón de cosas, pese a que no habíamos inventado ni el cáncer, ni el sida, ni el SARS ni el colesterol, ni existía el estrés. Lo que pasaba es que a la gente en esa época le daban la pena del garrote por quítame estas pajas, como por ejemplo por andar por ahí diciendo que el mundo era redondo, o que la Tierra daba vueltas, aparte de que ya los predecesores de Bush organizaban guerritas cada tres meses para poder fabricar y vender armas y que se beneficiaran sus amigos. Petrarca escribía sus poemas en toscano, cosa nada rara cuando nos damos cuentas que ese era su idioma.

Reunió sus sonetos en su famoso "Cancionero" que se publicó en 1470, todos ellos en honor de una mamacita por la que se le caía la baba, a la que él llamaba Laura de Noves. Aparentemente Laura de Noves era en realidad Laura de Sade, una mujer con la boca de Angelina Jolie y el perfil de Jennifer López, casada con un señor Hugo de Sade, que no es el mismo miserable que el Marqués de Sade que vino a hacer doler a media humanidad unos 300 años más tarde. La cosa es que Francesco andaba loco, loquito por Laura y por eso le escribió, entre duchas frías, unos 366 sonetos que lo hicieron famoso, con la esperanza de convertir al marido de Laura, de Hugo de Sade a Hugo de Miura, un majestuoso cornúpeta, cosa que los historiadores no han podido determinar si llegó a ocurrir o no, pese a que cuentan que Hugo tuvo que mandar anchar todas las puertas de su residencia ya que su cabeza no pasaba con facilidad.

Volviendo al asunto de la calavera poética, resulta que los científicos estos que obviamente no tienen nada mejor que hacer que andar por el mundo reconstruyendo cadáveres que han estado totalmente muertos por más de seis siglos (probablemente cuentan con un "grant" del gobierno canadiense), nos indican con horror que dicho cráneo le pertenece a una mujer que -agárrese usted del asiento-, murió antes de que el poeta naciera. Nos lo ha confirmado nada menos que el jefe del proyecto "La calaca de Petrarca", el señor Vito Terribile Marin. No es mi culpa que uno de los nombres del señor sea Terribile. El señor Marin quería utilizar, sigue el cable de AP, los huesos de Petrarca para reconstruir las facciones del poeta.

"Gracias a Dios no lo hicimos, porque hubiéramos terminado, para diversión de todos, con el cuerpo de Petrarca, pero con la cara de una mujer", dijo el señor Marin, profundamente apesadumbrado desde su hogar en Padua. De todas formas, seguramente para no perder el "grant", estos señores, van a continuar con el trabajo de restauración del cuerpo de Petrarca, aunque sin la cabeza, por supuesto.

Nos enteramos también que los resultados de las investigaciones conducidas por el grupo de peritos que prestan sus servicios en homenaje a Petrarca y a su obra serán ilustrados el presente año, en el curso de un convenio de estudios sobre el poeta, previsto en el ámbito de las celebraciones por su séptimo centenario.

Al buen Petrarca lo han desenterrado ya siete veces desde que entregó la pluma de ganso en el siglo XIV. No solamente han perturbado su descanso. En mayo de 1630, un fraile llamado fray Tomasso Martinelli da Portogruaro se tiró el antebrazo derecho del Petrarca, dejando el cadáver incompleto. Por más que la gente le gritaba: "Fray Tomasso, Fray Tomasso, devuélvenos el brazo", el fraile nunca confesó qué había hecho con el brazo del poeta.

Y a todo esto ¿dónde reposa ahorita la cabeza del poeta? Pues vaya usté a saber, como decía mi abuela, pero se sabe que en el siglo XVII, cuando no se había inventado aún la Internet ni las telenovelas, ni los Sushi bars, y los niños bien se aburrían sobremanera, estaba de moda entre los pitucos de la época, robarse alguna calavera famosa. Así que seguro que una de las descendientes de esa gente, probablemente alguna Pupuchi o Nonoy, tiene la cabezota del Petrarca para su observación personal o para poner las llaves de su casa.

Nadie sabe lo que pasó, pero para mí que la explicación es mucho más obvia que la que se matan tratando de encontrar los peritos. El Petrarca, como nos pasa a la mayoría de los varones con exceso de hormonas masculinas, simplemente perdió la cabeza por una mujer. No sean pesados y déjenlo descansar en paz, que en una de estas les va a venir a jalar las patas cuando duermen, con el brazo izquierdo por supuesto.


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