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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Habia una vez un pais muy lindo


Publicado: 27/Julio/2004
C uando tenía dieciséis años de edad mi país me parecía muy lindo. Con una historia fabulosa de imperios grandiosos donde la ley contra el robo se cumplía pagando con la vida, una historia de obras arquitectónicas tan poderosas que los españoles habían tenido que construir encima de los edificios originales al no poder destruirlos, una historia de cortesanos, paseos de aguas, portentosos balcones coloniales, de guapas y coquetas mujeres que ponían en apuros a los virreyes europeos, con una geografía variada, con un mar inmenso, hermoso, una costa que alberga a la gente más cálida del planeta, con los Andes majestuosos marcando un país diferente y una selva que alberga las variedades de flora y fauna que ahora le dan un pulmón este mundo industrializado. Era un país que trataba de salir adelante con la ayuda de los capitales extranjeros. A mis dieciséis años la coca era una planta que mis paisanos habían masticado (chacchado) para adormilarse mientras trabajaban para sus europeos amos de sol a sol. No había cárteles, ni siquiera existía la palabreja. En ese tiempo teníamos un presidente joven, que hablaba lindo, que había ido a una cita de presidentes en Punta del Este (en esa época las citas de presidentes eran simples citas, no calificaban de "cumbres") y que a su regreso había sido recibido como cuando los emperadores romanos retornaban en gloria luego de ganar una guerra. Nuestro presidente lanzaba discursos, que a mis dieciséis años, siendo un tipo diría sensible y viviendo en ese país tan lindo, me hacían llorar de orgullo y emoción. Era un país donde la ciudad capital donde nací, era alegre, era amable, donde los niños - a los siete, ocho años de edad- habíamos podido ir tranquilos a comprarle cigarros a nuestras abuelas a la bodeguita de la esquina una cuadra más abajo, sin temor alguno. En ese país tan lindo, todo el verano era tiempo de playa, ya que nuestra ciudad es la única capital en Sudamérica que está a orillas de un majestuoso mar. Mi país estaba lleno de otros jóvenes como yo que soñábamos con entrar a la universidad y trabajar para mejorar la situación familiar En mi país tan lindo en octubre la ciudad se vestía de morado para homenajear a nuestro cristo protector y las más hermosas muchachas de la Tierra iban a lucir su belleza de majas a los tendidos de la plaza de toros durante la feria. Y estudiábamos y nos íbamos al fútbol -cuando sí teníamos un buen equipo-, y nos enamorábamos de los ojos llenos de vida de nuestras mujeres y bailábamos ritmos calientes que venían de los caribeños países del norte, y soñábamos con el futuro, y nos alegrábamos de haber nacido en un país tan hermoso, tan cálido, con tan buena gente.

Ahora, cuarenta años después, además de esa curiosa sensación de dolor perenne que tenemos los que seguimos queriendo y extrañando nuestro país de origen desde alguna tierra lejana como ésta, siento una cólera contenida al observar desde esta cima del mundo, cómo mi otrora lindo país continúa su marcha cuesta abajo, manejado por otra banda más de corruptos, aconchabados, miserables, en su mayoría políticos y millonarios, manteniendo en sus ambiciosas manos las riendas del poder. Seguramente que si Túpac Amaru, la Bastidas, San Martín o Bolívar aparecieran hoy en alguna de las capitales sudamericanas llorarían de rabia. No podrían creer, un par de siglos atrás, por esta realidad se derramara tanta sangre, sudor y lágrimas. En la mayoría de países de la región los niveles de pobreza, de ignorancia, de desocupación, de subocupación de corrupción son altísimos. No se puede salir a la calle sin temer un asalto al paso. Secuestran a cualquiera, ya no tiene que ser hijo de millonario, incluso niños de cuatro o cinco años son sometidos a la ignominia del secuestro. Los primeros violines de la Sinfónica y los ingenieros industriales se ganan la vida haciendo taxi todo el día. Pasados los 35 años de edad no te dan trabajo ni tus parientes ya que hay miles de jovencitos recién salidos de la universidad que pueden hacer lo mismo por la mitad de precio. La desesperación de la gente que no tiene chamba está ahora a nivel de hambruna. Los ingenieros con Maestrías y todo, los médicos, abogados, programadores, analistas necesitan trabajo y no hay. A un ingeniero de sistemas lo contratas por unos mil dólares al mes y sin beneficios. La ironía en el país que una vez fue tan lindo es que se encuentran también otros profesionales con trabajo, ganando cinco mil dólares al mes y que se tienen que agarrar con las uñas y trabajar doce y catorce horas diarias sin cobrar horas extras y si es necesario trabajan sábados y domingos sin chistar. Nadie quiere invertir en el país ya que la mentalidad general es una de "déjeme ver como puedo hacer para entorpecer su operación y arruinarle la vida". Las coimas son ridículas. Antes de mover un dedo la gente quiere que te caigas con algo, y cualquier negocio requiere que alguien se deshaga de los coimeros y sus secuaces en una lucha contra la corriente que solo se va suavizando conforme ganas los pocos aliados honestos, que solamente vienen a ti cuando saben que eres de armas tomar y les demuestras firmeza en las cosas justas.

Sigamos queriendo a nuestros países de origen, pero trabajemos acá sin críticas mezquinas a Canadá y a lo canadiense. Que si la educación es mejor allá, que si los médicos son mejores allá, que si el clima nuestro sí era fabuloso, que si la gente sí se sabe divertir allá, que si esto, que si lo otro. Podríamos discutir por horas sobre cada una de esas aseveraciones.

Pongámonos una mano en el corazón, en silencio y hagamos sin mezquindad que éste de acá, con todos sus defectos, se convierta en nuestro nuevo y lindo país.


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