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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
La escoba de los Zapata
Cuento del libro "Una pequeña duda"

Publicado: 05/Mayo/2004
Luís Gonzalo aceleró molesto dejando atrás el centro comunitario donde más de doscientos bailaban alegremente al son de "La Gota Fría". Serían las once y media de la noche cuando llegó al departamento. Besó a su abuela en la mejilla.

- Y, ¿cómo te fue, hijito? - preguntó la anciana mientras buscaba el control remoto para apagar el televisor. - Has venido temprano.
- Te hubieras ido a acostar nomás - contestó él, yendo a la cocina. - ¿No hay nada que comer?
- ¿Porqué te viniste tan temprano? - dijo la vieja levantándose. - ¿No me dijiste que la fiesta iba a durar hasta la una? - se sentó en su silla favorita, reacomodando los pisitos de la mesa, haciendo tiempo a la espera de una respuesta.
- Es lo mismo de siempre abuela. La fiesta estaba buenaza. Ya le había echado el ojo a una chica bien simpática. Me acerco a conversar con ella y todo iba bien hasta que me dijo que le encantaba bailar. Tú sabes lo malo que soy para el baile. Cambió todita cuando vio que no bailaba bien. La siguiente canción la saca un flaco con cara de cuchillo, pero que bailaba fantástico. Le hizo dar vueltas como un rehilete y ella estaba feliz, radiante. Dejé la cerveza sin destapar y me salí.
- Bueno, yo ya te he dicho un par de veces cual es la solución, pero tú no me quieres hacer caso.
- ¿Qué? ¿Lo de la escoba? Eso no tiene ningún sentido ¿Qué tiene que ver esa escoba vieja con aprender a bailar?
- Bueno, a ti te parecerá ridículo pero ya te he dicho, es una tradición de familia. Haz la prueba. Si no, no me vuelvas a hacer perder el tiempo escuchando tus quejas - los ojos caramelo le brillaban con intensidad y con un aire de triunfo, vislumbrando que al fin el nieto iba a aprender el secreto de los Zapata.

Luís Gonzalo apagó las luces y se dirigió a su cuarto. En el closet, detrás de la puerta estaba la escoba. En la parte central y superior del mango tenía dos molduras de cuero repujado.
Encima de ambas había una argolla de metal. La tomó con desconfianza, puso la mano izquierda alrededor de la moldura superior, pasando el pulgar por la argolla. El pulgar derecho entró a la argolla del centro mientras que su mano empuñaba firmemente la moldura. Empezó a barrer la alfombra lentamente. Después de un minuto, recordando instrucciones de la abuela, se detuvo, alineó la escoba frente a él y apoyó con firmeza la frente al final del mango. Recitó mentalmente el nombre de su abuelo varias veces, mientras agarraba la escoba cada vez con más fuerza. La luz de la mesita de noche se apagó, quedando la habitación a oscuras. Se asustó, pero continuó la letanía silenciosa tratando de no hacer caso al incidente.

Poco a poco empezó a escuchar la música. De lejos, cada vez con más fuerza venía un sonido de tambores, de cueros golpeados con ritmo. Distinguió las cuerdas de las guitarras, un arpa y quien sabe cuantas congas. La escoba se levantó un poquito del piso mientras él tenía temor de abrir los ojos. Muchas voces se unieron al ritmo de las gemelas en lo que parecía un canto ininteligible pero con ritmo cadencioso.

Fue la voz voluptuosa de la mujer la que le hizo abrir los ojos. Se encontró al aire libre, en una playa en la que el mar pintaba una y mil veces el reflejo blanco naranja de la luna. En la arena tibia a su alrededor, muchas parejas y grupos conversaban animadamente sin prestarle atención alguna. La música provenía de ocho mulatos quienes, con los instrumentos que él había adivinado momentos antes, hacían moverse a las palmeras que llevaban el ritmo de la cumbia en sus hojas azulinas. La mujer, hermosísima, bajita, largo pelo negro ensortijado, de sonrisa luminosa y con un par de ojos que hicieron abrir la boca a Luís Gonzalo aún mas, se encontraba frente a él, quien sin saber cómo, la tenía de la cintura con la mano derecha, mientras su brazo izquierdo, en ele, estaba listo para bailar.

- Esta es la noche - sonrió ella en voz suficientemente alta como para que la escucharan todos - en que Luís Gonzalo Zapata aprende a bailar de una vez por todas.

La música no se hizo esperar. El jamás había escuchado esta melodía. Sintió cómo el ritmo de los cueros penetraba en sus oídos pasando por sus venas hasta llegar a los pies. Empezó a moverse lentamente, con temor, mientras ella lo animaba dándole a la vez indicaciones sobre cómo doblar un poquito las rodillas, en qué momento dar la vuelta, cuándo debía soltarse y porqué no hay que dejar de mirar a la mujer a los ojos cuando se baila. El ritmo tropical era tan agradable, la noche tan de paraíso y la mujer tan hermosa, que Luís Gonzalo se fue olvidando de su incompetencia. En cosa de una hora ya había aprendido a bailar por lo menos unos seis ritmos diferentes. Durante ese tiempo sintió que las palmeras le pasaban el cimbrear, la arena la suavidad, los tambores el ritmo y la mujer los secretos de trescientos años de sensualidad. Cuando terminaron de bailar, ella lo miró fijamente y le preguntó si había aprendido. - Creo que ahora puedo bailar cualquier cosa - contestó él con confianza.

Ella bajo la cabeza a escasos centímetros de él. Luís Gonzalo puso su frente en la cabeza de ella, aún en posición de baile. Cuando los abrió se encontró con la escoba en medio de su habitación. Desde esa noche se convirtió en el mejor bailarín de música latina de la ciudad, aquel por el que las mujeres se peleaban por bailar.

La abuela falleció a los tres años. Antes de morir le indicó algo que él ya sabía: que ella y la mujer que le enseñó a bailar eran la misma.


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