La salsa de la vida por Guillermo Rose
Al fondo hay sitio
Publicado: 02/02/2004
Manejar en Toronto tiene sus dificultades, pese a lo ordenado del tráfico y a lo amables que son la mayoría de los chóferes. Hay otras ciudades en este dado eterno llamado Mundo, en cuyos nombres estoy pensando pero no voy a decir cuáles son, donde las reglas de tránsito se tratan como simples sugerencias.
Para no herir susceptibilidades, hablemos del transporte en un país ficticio llamado Ilusia y en su capital también ficticia llamada Sufridia.
En Sufridia las tres luces -roja, ámbar y verde- tienen exactamente el mismo significado para los chóferes: "Cuando llegue usted a esta esquina, disminuya la velocidad y mire rápidamente a ambos lados. Si viene otro carro, pare y si no viene nadie, pase nomás". Las señales de "Pare" sirven solamente para que los perros callejeros tengan un bonito poste donde hacer la pila. La señalización de las pistas sirve para gastar pintura blanca en vano. Así, para dar vuelta a la izquierda, se pueden agrupar hasta tres carros en paralelo y dar la vuelta al mismo tiempo, pese a que la pista donde están entrando solamente tiene capacidad para dos automóviles. Y entran al unísono y sin tocarse. Y los sufridos y sufridas, que así se llaman los habitantes de Sufridia, siguen manejando tan contentos, con ánimo de no chocar con otros Ilusios.
En esa ciudad manejan un montón de individuos, utilizando el tiempo que tienen entre sus temporadas en la cárcel, que se dedican a transportar a sus centros de trabajo a personas de modesta condición económica, o sea al noventa y nueve punto nueve nueve nueve por ciento de la población Ilusia que vive en la capital. Estos desalmados -ya que carecen de alma- también llamados chóferes de servicio público, tratan durante su recorrido, de atropellar algún pobre diablo, o, mejor aún, a un grupo de peatones distraídos, o, con suerte, llevarse de encuentro otro vehículo mucho más pequeño que el de ellos. Ahora, que no me malentienda el gremio de microbuseros, colectiveros, omnibuseros, taxistas, troliferos y mototaxistas y protesten diciendo que esto no es verdad, que no todos son así, que la próxima vez que me vean de peatón me van a hacer puré o que si me ven en mi carrito, me lo van a convertir en chatarra. No son todos, compadre, pero casi todos, pues.
Existen los microbuseros, quienes toman ese nombre de unos instrumentos de tortura letales llamados microbuses. El microbús es un vulgar ómnibus, veinte centímetros más pequeño que los ómnibus grandazos normales, con una puerta de entrada al costado, que queda más o menos por el medio y donde va colgando el cómplice del conductor, un individuo llamado el cobrador. Aparte de cobrar, la misión del cobrador es hacer subir al microbús a todo títere con cabeza que se atreva a pararse en la ruta del microbús, aunque sea a la fuerza, así este desgraciado medio de transporte no pase por el lugar de destino del peatón que anda, como un tetudo, esperando que alguien lo lleve a su destino. No importa que el microbús vaya reventando, ya que según el cobrador al fondo siempre hay sitio.
Sufridia es pues una ciudad mucho más desarrollada y de mucha más libertad de empresa que Toronto. La gente allá no tiene que hacer colas. Para qué, si allá no importa quien llegó primero, el que sube primero es el más fuerte, el que más empuja. Allá no existe el monopolio de transporte urbano que existe en Toronto, llamado "The Toronto Transit Comisión", o sea la Comisión de Tránsito de Toronto, más conocida en el ambiente latino culto de Toronto como la TTC (la titicí) y en el ambiente inculto latino de Toronto como "el TTC".
En Toronto todo el transporte masivo de los torontonianos se realiza a través de la TTC. Todas las rutas, todos los ómnibus, tranvías, trenes subterráneos, trolebuses le pertenecen a la TTC. El pago del transporte es el mismo no importa donde se suba ni donde se baje uno, y todas las conexiones son posibles. La gente que no tiene nada que hacer, se la puede pasar circulando por todo Toronto Metropolitano saltando de un ómnibus a otro, de ahí al subway, luego a otro ómnibus, y así todo el día, todo por el mismo precio de un boleto.
Pero en Sufridia no es así. Allá no hay un monopolio de transporte público como el de Toronto. Allá existe la libertad de empresa. Quiere decir que hay cientos de rutas, con miles de colores, inventadas por cada gremio al que se le ocurre hacer una.
Incluso hay modalidades de transporte masivo ni siquiera imaginadas en otras ciudades del mundo. Por ejemplo el mototaxi, que es invención sufrida donde se adecuan unos asientos a una motocicleta y la modalidad del colectivo, que se inicia en Sufridia en 1927.
Para que lo sepan los provenientes de ciudades donde el colectivo no existe, éste no es otra cosa que un automóvil que circula por una ruta fija (igual que una línea de ómnibus) y que va recogiendo a su paso hasta cinco pasajeros. El colectivo no tiene paraderos específicos así que puede parar en cualquier esquina donde los pasajeros así se lo indiquen al colectivero. La gente va subiendo y bajando constantemente. El colectivero, quien puede ser un primer violín de la Orquesta Sinfónica Nacional o un ingeniero civil que ha hecho su tesis sobre el pandeo de placas anulares con espesor variable, va con el brazo izquierdo afuera, señalando con el índice en continuo movimiento hacia delante y arriba que se trata de un colectivo y no de un individuo que por su popularidad tiene el carro casi lleno.
El colectivo se puede automáticamente convertir en taxi, gracias a la colocación de una especie de calcomanía tipo "post-it note" que se coloca en la luna de adelante con la palabra TAXI.
Son pues sistemas de transporte masivo urbano mucho más flexibles que el que nos proporciona el monopolio de la TTC. En el fondo sin embargo, muchos encontramos fabuloso el aburrido y estable sistema de Toronto, frente al caótico del que disfrutan los sufridos.
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