La salsa de la vida por Guillermo Rose
Hasta que nos saquen con los pies por delante
Los hombres, no importa cómo avanzamos en edad, no parecemos madurar mucho. Uno diría que al llegar a convertirnos en adultos a los dieciocho años ya hemos madurado, pero ya sabemos que a esa edad lo único que le ha madurado a los jóvenes son las hormonas, que los impulsan a correr cualquier riesgo con tal de contactar la piel del sexo opuesto. A los dieciocho uno hace cualquier cosa, hasta contorsionarse adentro de un Morris MiniMinor, con tal de compartir un momento de pasión. Y verdaderamente que es un momento, un momentito. Las mujeres me parece que a esa edad no son tan arriesgadas como los varones. Nosotros somos más abiertos. La sociedad nos permite admitir nuestra euforia sexual. Incluso es algo que se espera de los hombrecitos.
- Ah - dice el padre orgulloso - mi hijo de dieciocho años es muy macho. Sí. Cómo será de macho que en el barrio lo conocen como " el terror de las puertas falsas", ja, ja, ja.
Los años pasan y pasan y llega uno a los cincuenta, creyendo que al fin ya ha madurado. No es así. Basta observar a los cincuentones y cincuentonas que vamos por las autopistas de Toronto para darse cuenta de que:
1. Si alguien los cruza en la pista, en lugar de relajarse, disminuir la velocidad, memorizar las placas del individuo para llamar a la policía, decidimos emprender una cacería automovilista destinada a ponernos al costado del otro carro para cerrarlo intempestivamente al mismo tiempo que sacamos la mano izquierda por la ventana para mostrarle el dedo medio estirado. Eso no es madurez.
2. Las señoras, que no han tenido tiempo de maquillarse en su casa porque se les hace tarde, en lugar de llegar rapidito a la oficina, meterse al baño de damas y retocarse, deciden ir maquillándose mientras manejan. A veces se maquillan con el carro detenido, pero las más avezadas, pueden ir rizándose las pestañas en plena 401, ¡con un camión Mack a 120 por hora atrasito de ellas!. Eso no es madurez.
3. Uno diría que al llegar a los cincuenta, las señoras van por las pistas norteamericanas escuchando el concierto para piano número 2 en C menor de Rachmaninof, que es muy simpático, pero ¡no! Van por las grandes autopistas del país, con la música de Juanes, de Olga Tañón, de Vives, de Celia Cruz, con el timón en las rodillas mientras agitan los brazos y los hombros locamente al ritmo de "La negra tiene tumbao, tiene tumbao". Incluso al mismo tiempo se coquetean con los chóferes canadienses que andan concentrados en alcanzar al carro que los cruzó para cerrarlo en insultarlo. Eso no es madurez.
Otra de las características de las señoras que llegan a los cincuenta es que todas están a dieta. La dieta del salto p'atrás, la dieta de los carbohidratos, la dieta de las proteínas, la del doctor Atkins, etcétera, etcétera. Y le creen a todos los avisos que dicen cómo bajar 120 libras en 6 semanas.
- Amor, esta dieta que nos va a costar solamente 200 dólares sí creo que va a dar resultado.
- ¿Sí? Y ¿qué pasó con la dieta de la doctora Trafa que pagamos $180 el año pasado?
- La hice, pero tú tienes la culpa que no funcionara.
- ¿Yo?
- Claro, porque me dijiste que me ponía de mal humor, así que la dejé.
- Bueno, no solamente te ponía de mal humor, andabas con el genio de un Rottweiler. Incluso ya no hablabas, ladrabas. Te prefiero gorda pero humana.
Y gracias a ese tipo de conversación las señoras se avientan a otra nueva dieta.
Llegar a los cincuenta es horrible, sobre todo cuando uno se mira al espejo y dice "Este no es mi cuerpo, ¡este es el cuerpo de Don Francisco! ¿Qué me ha sucedido?" Algunas cincuentonas se miran al espejo con el mismo terror y piensan "Maldición, mi cuerpo ¡se está pareciendo al de Mercedes Sosa!!! ¡Y lo peor es que yo ¡ni siquiera sé cantar!!!!". Con razón dice el vals peruano "Esta tarde me he mirado en le espejo, pues sentía por mi faz curiosidad y el espejo al retratar mi cuerpo entero me ha mostrado dolorosa realidad". No solamente le aparecen rollos a uno, lo peor es que a los mismos rollos les salen otros rollitos más chiquitos. Como el hombrecito Michelín se vuelve uno.
Y viene la tentación de hacerse una liposucción o lipoescultura como le llaman ahora.
Claro hay un montón de gente que llegan a los cincuenta y se les ve muy bien, todos siluetas, todas delgaditas, en forma, sin panza, sin arrugas. Esta gente. antipática pues, debería desaparecer de nuestras vidas. Pero ¡no! Andan por ahí haciéndonos sentir mal. Para mí que toditos ellos y ellas se han tirado sus mil dólares por rollo.
Muchos cincuentones se comienzan a quedar calvos y, si tienen plata, recurren a los trasplantes de pelo. Otros han adoptado la loca idea de que se les va a ver bien si simplemente se afeitan las cuatro mechas que les quedan. Esto es preferible a que se peinen a lo Vladimiro Montesinos, jalándose unos 28 pelos largos de la patilla derecha por encima de la cabeza hacia el otro lado. Ya se sabe lo lindo que se les ve a estos cuando se tiran una cabecita en la piscina.
A estas alturas del partido uno prácticamente solamente tiene unos 15 dientes originales de los 32 que debería tener y los bifocales son parte de la vida diaria teniendo uno que acomodar la cabeza en una s 1,050 posiciones para poder leer lo que se nos presenta frente a los ojos.
Menos mal que con toda la propaganda feminista las mujeres que llegan a los 50 no necesitan preocuparse de qué tan bien se les ve. Total, todos somos iguales ¿o no? Las mujeres creen que los hombres quisiéramos que se les viera como si tuvieran 20 años, pese a que ellas han llegado a los 50. No es así. La verdad de la mermelada es que quisiéramos ¡que tuvieran el cuerpo de una chica de 18 años!
Otra señal de que hemos llegado a los 50 es la frecuencia con que la pareja practica las relaciones. A los 20 la pareja toma cada oportunidad que se le presenta para tener relaciones. Por ejemplo, vamos manejando y el semáforo cambia a rojo. Oportunidad perfecta. En cambio, a los 50, la oportunidad se presenta, digamos, cada Mundial de Fútbol.
En fin, de madurar, madurar, nada. Esta generación nuestra seguirá siendo muy juvenil y muy inmadura, hasta que nos saquen con los pies por delante.
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