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La salsa de la vida por Guillermo Rose
Una carta de amor (cuento)

Ya tengo viviendo con este hombre más de tres años. Y la verdad es que, pese a que al comienzo todo fue dulzura, todo fue cariño, los últimos seis meses han sido un infierno para mí. Y me he estado preguntando ¿Cuánto tiempo voy a seguir aguantando esta burla?. Siento que todo el mundo sabe que él me engaña. Hasta ahora he seguido con él porque mis ingresos eran mínimos, ni siquiera suficientes para subsistir por mi cuenta, con el trabajo miserable que tengo en el hospital. Desde hace una semana, y esto él no lo sabe, ni remotamente lo sospecha, he conseguido algo muchísimo mejor, gracias a Graciela Calderón, mi madrina, que me ha colocado en la agencia de viajes de sus sobrinos. Graciela siempre ha sido mi ángel de la guarda, sí señor. El lunes comienzo. Él ni se lo sospecha. Lo odio, y él no sabe la fuerza de este sentimiento. Pero esto se va a acabar, y ¡de qué manera! Cuando recuerdo las últimas que me hizo el miserable. No acordarse de nuestro aniversario, yo que había preparado la comida que a él le encanta para celebrar, y nada. O si no el día que quedó en que íbamos a ir al santo de mamá, y después me llama a última hora diciendo que no iba a poder llegar a tiempo, así que cuando llegué a casa de ella, todos me preguntaban por él, "¿Qué pasó con Alberto, trabajando tarde otra vez?"; ahora creo que se daban cuenta de lo que pasaba, y yo, sin sospechar, creyéndole cada palabra.

Esto es, hasta que encontré la carta. Esa cartita que él había estado escribiendo en la computadora. Claro, el muy idiota, siempre menospreciándome, me cree incapaz de poder prender la computadora y menos aún, de encontrar en los archivos sus cartas personales. Pero yo sé, por supuesto que sé.

¡Ah! ¡Pero que dolor haber leído la carta esa! Con qué amor la ha escrito. Con qué cuidado ha tenido que escoger las palabras. Es casi una copia de una carta de amor que me escribió a mí hace tiempo, cuando aún no vivíamos juntos.

En fin, ahora es el momento de la venganza. Yo sé exactamente la rutina que sigue cada vez que envía cartas. Como en muchas otras cosas, es maniático de los rituales. De la misma forma que se prepara para escuchar música clásica, que es toda una ceremonia, de la misma manera sigue siempre un ritual para las cartas. Primero se sirve una copa de vino blanco, la que coloca cuidadosamente en la mesa del comedor. En el cajoncito de su mesa de noche guarda las estampillas sueltas, los sobres y un lapicero. Imprime la carta usando la computadora, luego busca un sobre y un par de estampillas, lo suficiente para el porte, se sienta en el comedor y con gran parsimonia escribe el destinatario y el remitente. Luego moja las estampillas con su lengua y las pega en el sobre, guardándolo luego en el maletín que llevará a la oficina al día siguiente. Termina tomándose el vaso de vino de dos sorbos largos, casi sin respirar. Siempre hace lo mismo.

Dicen que la venganza es dulce y yo siento que es verdad. Leer la carta esa y empezar a planear la destrucción de Alberto son dos actividades que empezaron prácticamente al mismo tiempo. Y ahora que lo veo sacar el sobre y las estampillas, en el fondo anhelo que cambie de idea, que se arrepienta a último momento, que no llegue a enviarla, que aunque sea por respeto a mí no prepare el sobre delante mío. Pero él no parece tener salvación. Con la misma parsimonia de siempre, ha escrito ese maldito nombre en el sobre y la dirección que termina en Lima 14, Perú. Y yo, que con tanto trabajo he estudiado mi venganza, casi me regocijo cuando lo veo tomar entre sus dedos la primera estampilla y llevársela a la boca. La ayuda de Juan Carlos ha sido increíble. Si no fuera por sus conocimientos del laboratorio del hospital y por mi paciencia con las estampillas, esto no hubiera sido posible.

Una última oportunidad, en nombre de tiempos mejores.

- ¿A quién va la carta, Alberto?
- ¿Ah? Ah, la carta. Sí. Es para ver si funciona un nuevo negocio en Lima.
Nuevo negocio, así le llamas. Sigue nomás. Eso es, ya terminaste con una estampilla. Ahora la otra, miserable, que te estás pasando sin saberlo, el virus maldito. Salud. Termina de ingerirlo con tu vaso de vino.
- Y ¿tú ??¿adónde vas con esa maleta? - dice más ansioso que preocupado.
- No te preocupes, amor, yo también voy a empezar un nuevo negocio.
Y me salgo del departamentito con una sonrisa triste, con los ojos húmedos, pensando que algún día se enterará que así nomás nadie se burla de Gilberto Gutiérrez.

* * *

Una carta de amor es uno de los cuentos del libro "Una pequeña duda", de Guillermo Rose, Editorial La Cita Trunca-The Split Quotation, Ottawa, 1996.



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