La salsa de la vida por Guillermo Rose
El escuatro de manejar en Toronto
Toronto tiene uno de los sistemas de señales de tránsito más complejos del universo. Circulan cientos de miles de automóviles por sus calles y autopistas, las que ya no se dan a basto. Además tenemos tranvías, trenes que van por abajo y por arriba y cientos de ómnibus de la TTC, el monopolio de transporte masivo de la ciudad. En reemplazo de los temibles microbuseros de otras ciudades menos reguladas, contamos con taxistas y camioneros, quienes se encargan entusiastamente de ponerle la nota de emoción y bestialidad al tránsito vehicular torontoniano. Aparte de esto, peatones de lentísimo caminar y "joggers" -que no son otra cosa que una tira de individuos que les encanta vestirse totalmente de negro y correr por el medio de la pista en la oscuridad- contribuyen al estrés del manejo en Toronto. Y necesitamos señales y semáforos por doquier ya que, en vez de los miles de policías que visiblemente patrullan y tocan ensordecedores pitos en otras ciudades del orbe en vías de desenrrollo, pareciera que contamos con unos seis o siete policías que tienen el don de la ubicuidad, ya que aparecen inmediatamente cada vez que hay un choque. Además tenemos ambulancias y bomberos por doquier que cumplen abnegada y peligrosa misión, por la que requieren ir a toda mecha por estas congestionadas calles y autopistas.
Debido a las quejas de la misma gente que habita esta ciudad, y que no tienen en qué ocupar su tiempo sino en fastidiar al resto de los torontonianos, la ciudad sufre de una serie de estrictas medidas que incluyen miles de señales de tránsito, obstrucciones en las pistas, y un lentísimo congestionamiento de automóviles todos los días del año independientemente de que llueva, truene, nieve o que haya un sol esplendoroso.
Pareciera que una buena cantidad de individuos e individuas también, que tienen la frustración de tener que ir a trabajar de lunes a viernes, se dedican en el Gran Congelador a circular por calles y por gigantescas autopistas con el hígado revuelto desde que Dios amanece. Y no es para menos.
Hay señales para todo. Veintitrés años que vengo viendo una señal en la que se ve a un ciervo en una actitud de lo más rosquetosqui como si fuera a cruzar la pista saltando de derecha a izquierda. Y digo yo, ¿acaso alguna vez uno de estos ciervos ha tenido la gentileza de hacer honor a la señal de tránsito y ha cruzado por la autopista dando saltitos? ¡No! ¡Jamás de los jamases! La única explicación que se me ocurre es que en el lado que da a los bosques por donde está esa señal, hay otra que les indica a los ciervos que vienen carros, y por eso jamás cruzan. No hay otra explicación.
Tenemos semáforos cada tres cuadras y señales de "Pare" y de "Ceda el paso" en cada esquina. La señal de "ceda el paso" se indica con un triángulo equilátero con la base arriba y la palabra "Yield" que nadie sabe qué diablos quiere decir ya que en ninguna academia de inglés latinoamericana conocen de la existencia de tan rebuscada palabreja. Cada vez que hay un semáforo o una señal de "Pare" nueva, los canadienses colocan otra señal unos cincuenta metros antes de la nueva señal con la palabra "New" que como todos sabemos quiere decir "nueva" o "nuevo". En algunos lugares donde hay semáforo, las cuidadosas autoridades colocan otra lucecita unos 75 metros antes del semáforo que está coordinada con la luz de dicho semáforo y que se enciende intermitentemente indicando "Prepárese a parar que el semáforo que viene, se va a poner en rojo unos tres metros antes que usted llegue a la próxima intersección".
Asimismo, como hay tan pocos, los baches también tienen su propia señal. Lo único que falta es que les pongan otra unos metros antes, avisando que hay un "new" hueco.
Y ¿qué me dicen de los "rompemuelles"? Hay de dos tipos. Los que conocemos de mucho tiempo atrás ("speed bumps"), que son delgados, y el nuevo tipo, unos monticulitos ("speed humps") donde se les ha ocurrido que por espacio de dos metros uno vaya a 20 kilómetros por hora. Al menos eso es lo que indica la señal al costado del rompemuelles: "20 km por hora, aquí".
Cuadrarse en las calles del centro de Toronto es un plato. Uno llega a una cuadra larguísima que debe tener unos trescientos metros, o sea como tres cuadras nuestras. La calle corre en un solo sentido. A la izquierda se encuentran estacionados montones de carros uno tras otro en una larguísima fila y solamente queda un sitio, un único e invitador sitio, al costado de la señal. A la derecha hay dos carros cuadrados, probablemente pertenecientes a dos fulanos que no entendieron la señal de estacionamiento. También que la señal es para tenerle miedo: "Se pueden estacionar en este lado de la pista si es que estamos entre el 8 de noviembre y el 6 de marzo, o entre el 10 de julio y 27 de agosto, y son entre las 2:30 de la tarde y las 7:45 de la tarde, y si es que su apellido empieza con las letras J, D, K, M, P, R, G ó U. En cualquier otro caso se puede usted cuadrar en cualquier otra calle porque acá está prohibido". Claro, a la hora que uno termina de leer la maldita señal, ya vino uno más vivo y se cuadró en el único sitio que quedaba libre.
A la entrada de los estacionamientos en los moles ("malls") tienen unos letreros donde dicen que el máximo de velocidad es 7 kilómetros por hora. Pero ¿es que estos boludos han ido alguna vez a 7 kilómetros por hora? ¡Es imposible! Ni siquiera cuando el carro está parado, va uno a 7 kilómetros por hora. Ya poniendo primera y al primer avance está uno como a 15 km por hora.
La gente ya no deja entrar a uno a la vía expresa de la 401 con la misma gentileza de hacen veinte años. Ahora medio que uno tiene como que meterles el carro en cualquier huequito que encuentre para que lo dejen entrar. Ya se cansaron de ser amables los torontonianos.
Hay chóferes que creen que manejar por la izquierda es perfectamente aceptable. El carril de la izquierda, y esto cualquier persona con un nivel de educación de segundo de primaria lo sabe, es para pasar, no para manejoder al que viene atrás con una desesperación por llegar rápido a su chamba. Basta que alguien quiera pasar a otro, para que éste se emperrechine en no pegarse a la derecha y dejar pasar a ese otro individuo que, maldita sea lo que a uno le debería importar, está pues muy apurado y quiere correrse el grave riesgo económico de exceder la velocidad. Allá él, déjelo pasar, de repente se estrella por ahí por ir tan rápido. O le van a clavar una papeleta de esas que requieren un préstamo. A usted no le debe preocupar eso, pero, por favorcito, no se quede en el carril de la izquierda. A veces uno comienza a pasar a alguien por la izquierda, para que el tarado comience a acelerar, me imagino molesto de que alguien lo pase. Qué casualidad, digo yo, que el tipo que iba delante mío a 80 kilómetros por hora igual que yo, basta que lo trate de pasar a 100 kilómetros por hora por su izquierda, para que, de repente acelere y se ponga a la misma velocidad.
Generalmente, cuando el chofer se pierde yendo alguna distancia larga, vamos a decir de Pickering a Mississauga por ejemplo, y trata de seguir su sentido de orientación, la autoridad de tránsito ha diseñado la ciudad con dos cosas e mente: una que cuando uno pase un semáforo en verde, el siguiente, de todas maneras, imperrechinablemente le toque en rojo, causando interrupción tras interrupción. La otra es que, siempre, pero siempre, aquella calle salvadora por la que podríamos entrar a la izquierda y ahorrarnos unos veinte minutos más de seguir dando vueltas y vueltas y vueltas, tiene en la esquinita una señal que prohíbe voltear a la izquierda.
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