Voy a continuar con el "downhill skiing", consistente en bajar las colinas de nieve en esquís, deporte auspiciado por la Sociedad de Traumatólogos de Canadá.
La ropa del esquiador avezado es muy cara. Aditamentos tales como casco, vincha, guantes, anteojos protectores especiales, complementan el brilloso y multicolor atuendo de tela térmica especial, pegadita al cuerpo, liviana y abrigadora a la vez. Hay marcas carísimas de ropa de esquiador, famosas revistas especializadas, toda una industria. En mi condición de esquiador novato, mi vestimenta consistía en cambio de unos calzoncillos largos gruesos de puro algodón provenientes de los Andes, una camiseta manga larga haciéndoles juego, mi mejor camisa de franela a cuadros para parecer canadiense, un pantalón de corduroy plomo ya viejito, el infaltable y ridículo gorrito de lana, mi bufanda granate de lanilla y unos guantes gruesotes plomos con forro blanco de vaca de Angora. Completaba esta tenida invernal un inmenso abrigo Parkas, que cualquiera diría que el muerto fue más grande. No se me veía como para un comercial de ropa de esquí, pero me sentía cómodo.
Al llegar al lugar de los hechos con Ed, mi instructor, pude observar dos individuos quienes, esquiando a gran velocidad, bajaban la colina jalando cada uno una camilla, en las que, las cabezas golpeando arriba y abajo debido al traqueteo, parecían venir un par de momias egipcias.
- ¿Y esos? - pregunté tratando de disimular el temblor de mi voz.
- Oh. Tú non te lo preocupes. - declaró muy orondo Ed - Segurou estas son dos esquiadores qui se han caídou la colina arriba y las sky patrols los están trayendou para las primeras auxilious.
Bueno. Yo sí "me lo preocupé" mucho, porque los que viajaban en las camillas, si no se habían roto algo esquiando, fijo que en la bajada algo se tenían que haber dislocado.
- Son la cosas de la "downhill". - prosiguió Ed sonriente - Siemprei hay un par que si rompen las huesas. Perou comou allí vienen los dos de hoy día, por eso te digou que tú non te lo preocupes. Ja, ja, ja.
Luego me explicó lo vitalmente importante que es ajustar correctamente las botas a los esquís. Lo que uno tiene que hacer es poner las botas encima de los esquís, al medio, en una especie de horma. Esta horma tiene unos fierritos -"bindings" se llaman- que se unen a la bota, para que esta no se salga, excepto si se produce un golpe fuerte. Todas estas precauciones porque si uno se cae con los esquís unidos a las botas, de las rodillas hacia abajo las piernas le van a dar vueltas al esquiador en dirección contraria a las vueltas que dará el resto de su cuerpo, de las rodillas hacia arriba. Para evitar tan dolorosísima situación, este ajuste, esta calibración, hace que en situaciones de golpe o caída, el esquí se suelte de la bota. De esta manera uno se rompe el alma, solamente con las botas puestas, pero sin los esquís.?¡Fantástico! Esto si es un consuelo, pensé yo.
También pude observar un par de esquís bajando solitos, seguidos a corta distancia por una bola de nieve con pies y manos dentro de la cual venía el dueño de los esquís, rodando a gran velocidad.
Para colmo me pregunta Ed si quería cera para mis esquís, me dice que la cera es para que resbalen mejor y uno baje ¡"más rapiditou"! Mi mirada se lo dijo todo, ya que guardó la cera rápidamente, y no volvió a sugerir esta estúpida idea de nuevo.
Caminar en la nieve con los esquís puestos es como tener yesos en los pies y andar con unos zapatasos de dos metros cada uno. Nada es fácil en este lindo deporte. Todo va bien hasta que uno comete un pequeñísimo error: dejar que los esquís se toquen entre ellos, acción que termina con el esquiador en la congelada nieve. Y cuando uno no sabe pararse solo como yo, caerse al suelo es la muerte peluda, en technicolor.
Ed se fue a esquiar, muy campante e irresponsablemente, abandonándome a mi suerte, después de haberme llevado hasta donde estaba la cola para subir a la colina más alta. Unas soguillas delineaban un caminito por donde íbamos a llegar a la estación de despegue de las "chair lifts", las sillas que lo llevan a uno hasta la cúspide de la colina. Solo de recordar esto, me pasan culebritas por el cuerpo.
- Yarmou, - que es como los canadienses nos llaman a los Guillermos - ya tú estar la listou par bajandou desdei la gran colino - había declarado Ed con una sonrisa que, me debí dar cuenta en ese momento, era la de un sádico.
- ¿Estás seguro? Me da un poco de temor.
- Yes. Ya tú sabiendo el "snow plowing" y dar las vueltas. Además, más difícil ser cuesta arriba, que cuesta abajou - declaró muy filosófico el buen Ed, a quien desde ese día siempre recuerdo en mis oraciones, antes de hacer la tutu.
Estaba yo en medio de la larga cola, avanzando despacio, hasta que, no sé cómo, crucé los esquís sin querer. Como he explicado anteriormente, este errorcillo fatal se paga yendo a dar al suelo de bruces cual costal de papas. No me podía parar ya que hacerlo solo era imposible. Cada vez que trataba, llegaba hasta estar en ángulo de 45 grados con respecto al suelo y de ahí, si te he visto no me acuerdo, volvía a caer a la tan querida nieve. El oficial de inmigración jamás me habló de esto cuando pedí la visa de residente. De Ed, ni la tos.
Por supuesto que los que venían atrás mío en la cola, siendo canadienses, no podían:
1) Pasar por mi costado ya que, aparte de no haber mucho sitio, eso sería muy malcriado lo cual se opone a las reglas de la buena educación canadiense, quienes no pasan adelantan a nadie en ninguna cola, así la persona delante de ellos haya muerto.
2) Preguntarme si necesitaba ayuda ya que son tímidos con los desconocidos, por muy en el suelo y por muy en medio de la cola que estos se encuentren.
3) Pasar encima mío, fingiendo no verme, ya que son muy civilizados, además que sería difícil con los tremendos esquís estos.
4) Reírse en voz alta, ya que los canadienses, por algún misterioso designio divino, no pueden hacer nada en voz alta.
Por lo tanto la cola desde mi sitio hacia atrás se paralizó, todos se quedaron ahí paraditos, espera que te espera, yo patas arriba tratando de levantarme del maldito suelo, moviendo las patas como mosca panza arriba, poniendo infructuosamente los esquís en paralelo, mi pantalón de corduroy recontra mojado, el frío pasando al famoso calzoncillo grueso andino, la nieve helada metiéndose dentro de mis guantes y viendo chiquititos a los que habían estado adelante mío que ya se estaban subiendo a las sillas voladoras. El gorro se me metía dentro de los ojos, los palitos se caían al suelo a cada rato, mientras yo trataba de pensar cómo se preguntaría en inglés "¿Sería alguno de ustedes tan amable en por favor tratar de ayudar a incorporarme, carajo?" sin llegar más allá de "Would any of you...?".
A la vez pensaba "¿Qué estoy haciendo aquí, en este país de porquería?
¡Miami! ¡Miami! ¿Porqué no me fui a vivir a Miami, caricho? Ojalá
que Ed se haya roto una pata esquiando. Miserable pelón. ¡Dejarme
aquí abandonado entre estos indolentes !!!"
En estas divagaciones locas y por demás injustas andaba, en la dura nieve, en medio de la cola de los educados estos, cuando escuché una voz familiar.
- ¡Yarmou! ¡Llarmou! ?¿Qué pasou? ?¿Necesitando la ayuda?
- No mongonazo. No necesito ayuda alguna. Me he tirado acá al medio
de la cola a tomar sol, a la vez que no dejo pasar a los idiotas
estos. ?¡Claro que necesito ayuda! ¡QUIERO PARARME!!!
- "No problem" - replicó canadiensemente Ed, mientras me levantaba del suelo.
Dos caídas después, llegué al sitio donde se sentaba uno en las "chair lifts", las sillas voladoras, que me llevarían a la cúspide de la montaña. Respiré hondo al verlas pasar sin parar.
- ¿No paran las sillas para subir? ¿Cómo hace uno para treparse
con todo este equipo? - pregunté asustado.
- No te preocupastei, Yarmou. "You're going to be just fine" - me dijo sonriendo Ed, a quien desde ese momento no le creo ni lo que come.
(continuará...)
* * *
|