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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Ir a trabajar en invierno es un infierno

Golpe de siete de la mañana. Según la televisión la temperatura anda por los 10 bajo cero. Diez minutos antes de enfilarme al garaje, preparándome para entrar a ese gran congelador llamado Toronto, o el GTA que viene a ser la misma vaina que Toronto pero con estatus de suburbio, me puse primero mis guantecitos de lana, esos chiquitos que se usan ahora y que después de un año gozan de un hueco tipo mitón cada uno. Van encima mis guantes de cuero con su forrito peludo; un par de vueltas a la bufanda que me regaló mi mamá, que es tan grande y gorda -la bufanda, no mi mamá- que la gente cree que es poncho, las botas de invierno negras que me cuesta un trabajo horrendo levantarles el cierre del costado ya que se ha roto la cosita esa para abrirlas y cerrarlas; en una mano una bolsa de plástico de Loblaws con mis zapatos de vestir que me pondré al llegar a la oficina en vez de las rejodidas botas, mientras completo mi atuendo con el tuque o como miércoles se llame ese ridículo gorrito de lana que tiene que ir encima de las orejas para evitar que se me congele una de ellas, se ponga negra y se caiga con el consiguiente dolor, y la joda de que me la vuelvan a implantar unos milímetros más abajo que la otra, que casos se han dado. Una miradita a muchos canadienses permite descubrir que tienen una oreja más abajo que la otra, producto de un reimplante originado por el frostbite, digo yo.

En fin, cargo mi maletín que tiene adentro el consabido laptop que me lo traigo de paseo todos los días pero que nunca me provoca usar. Cojo una botella de agua de las que compramos en cajas de 24, y que así nos cuestan máximo veinte centavos la botella, ya que si me compro la misma botella en la cafetería de la oficina me cuesta, malditos explotadores hijos de la guayaba, un dólar cincuenta. Y estamos hablando de pura agua nomás.

Termino de ver las últimas noticias de Buenos Días Perú, llego a escuchar la cantaleta de siempre, esta vez de parte de una mujer que el perro del vecino le ha mordido un cachete a la hija y que dice que lo único que quiere es que se haga justicia y encierren al maldito perro que anda de lo más conchudo circulando por el barrio con sonrisa perruna. Apago el televisor, me armo de valor y, cuidando que mi perrito no se vaya a salir, salgo rumbo al garaje.

Nomás dar cuatro pasos en medio de la blanda nieve, con profundidad de unos diez centímetros, y el aire helado que se estrella en mi rostro me hace doler lo poco que quedó al descubierto, o sea la frente, la nariz y parte del labio superior. Pienso en la mamá del tarado que dijo por televisión que estábamos a 10 bajo cero, pelotudo de porquería, ya que con el maldito windchill factor siento que debo estar más o menos como en 85 bajo cero. O cerca.

Que tal idiota que soy, pienso con helado malestar, no me puse los long johns esos calzoncillos largos térmicos que abrigan tan rico en el frío y que luego dan un calor de miércoles dentro de la oficina, así que ahora siento que estoy calato, como cuando llegué al mundo, ya que tanto en las piernas, como en las caderas, el trasero y las castañas -que estoy seguro califican de pasas en ese momento-, siento un frío del carajo. Avanzo rogando que por favorcito no me gotee la nariz, que ya se sabe lo horrible que es esa vaina cuando se le congela a uno yendo de la fosa nasal derecha hacia el labio superior, dando la asquerosa impresión de ser un moco de cera.

El garaje se encuentra en la parte de atrás de mi casa, no en el frente como en la mayoría de casas torontonianas. Vivo en una urbanización en que se diseñaron las casas a la antigua. Ha vuelto, pues, esa moda.

El maletín pesa, además que tengo en la misma mano la bolsa con los zapatos de vestir negros que me tengo que poner cuando llegue a mi oficina y en la mano izquierda estoy cargando una de las bolsas de basura que tengo que poner en el garaje ya que el ingeniero sanitario, vulgo el basurero, nos visitará el día viernes y me revienta andar acumulando bolsas y bolsas de basura en el backyard, que así se llama la parte de atrás de la casa. ¿Qué día es hoy? Volteo a mirar la parte de atrás de mi casa y veo a mi perrito, Máximus, un cocker spaniel blanquito con manchas marrones, mirándome conchudamente desde adentro de la casa. Me parece que se ríe, pensando que él está adentro, sin frío alguno, mientras yo tengo que salir a ganarme los frijoles para mí, y por supuesto, para él también. Sí, seguro que piensa así, ya que me parece verle una sonrisa medio cachacienta.

Entro al garaje, que alberga dos carros y abro la puerta. Dejo la bolsa de basura cerca de la puerta y meto mi maletín en el asiento de atrás del carro, junto con la bolsa de plástico. Me quito los guantes con lo que se me congelan los dedos, ya que tengo que sonarme la nariz con unos kleenex que acabo de encontrar en el carro. Vuelta a ponerme los dos pares de guantes, primero los de lana y luego los peludos.

Pienso, será mejor que regrese al backyard a limpiar un poco la nieve, a dejar un caminito, porque sino mi mujer se va a romper el alma dentro de un rato cuando se vaya ella a trabajar. Dejo todo mi cargamento dentro del carro y agarro la condenada lampa para la nieve. Es condenada porque está diseñada de tal forma que al no experto, como yo, se le chorrea por los costados la mismísima nieve que está tratando de palear. Además, ya se sabe la cantidad de gente que se va al otro mundo, que puede estar más calentito pero ya no hay regreso , debido al ejercicio extremo que significa palear y palear la nieve. Claro, ¿cuál es la alternativa? Es una actividad que hay que acometer con furia para pasar el menor tiempo posible en la frígida intemperie, en este invierno congelante que me hace acordar a mi primer invierno, ese del año 81 cuando hasta el cerebro parecía actuar más lentamente debido al frrrrrío. Si uno lo toma con calma, y limpia con paciencia para no hacer tanta fuerza, es probable que termine con un frostbite de la chesurnei. Lógico, sobre todo si la mitad de la nieve que uno logra poner en la pala se cae por los costados como ya expliqué anteriormente.

No recuerdo qué día estamos, debido seguro al proceso de congelación por el que debe estar pasando mi cerebrito, el que emite unas ondas lentas de lo puro frías.

Menos mal que gracias a la blandura de la nieve, la lampeada es rápida, pero de todas maneras no hay nada más desagradable que sudar cuando la temperatura está tan baja.

Regreso al carro a toda la velocidad que me permite mi avanzada edad ya que se está empezando a alargar mucho mi partida, se hace tarde y tengo una reunión, un mitin golpe de 9 de la mañana.

Entro a mi carro y lo prendo sin problemas. Escucho que hay un ruido fuerte afuera y me doy cuenta con horror que se trata del camión de la basura que se acerca, ¡es viernes, carajo! y yo que no he sacado todavía las bolsas de basura. Corro de regreso por todo el backyard hasta la entrada de la cocina, con cuidado ya que si me caigo con el hielo que hay, quedo fuera de circulación por un mes por lo menos, traigo de regreso hasta la puerta del garaje la bolsa de basura que se había quedado por la cocina, el camión ya está a diez metros, saco la otra bolsa que se había quedado adentro del garaje, el camión está a dos metros y si no saco las bolsas el maldito ingeniero sanitario se pasará de largo y no volverá hasta dentro de una semana, y la pongo afuera en el momento justo en que el individuo llega a la puerta de mi garaje y sin mirarme tira adentro del camión las tres bolsas. Lo que sí me olvidé y ya no tuve tiempo es de poner lo reciclable en la caja azul y sacarla. Voy a llegar tarde a la reunión, pienso y, encima, es con la gorda que está a cargo de testing que me cae ídem.

Me subo al carro, prendo el motor, prendo el radio, pongo la calefacción a todo full y busco las llaves del carro de mi hijo. Me quito los guantes ya que con guantes no agarro ni hostia. Se me congelan un poco los dedos. Me pongo los guantes.

Resulta que mi hijo cuadra su carro afuera bloqueando la salida del mío, así que todas las mañanas este pechito tiene que prender los dos carros, retroceder el de mi hijo al medio de la pista, dejarlo ahí con las luces de peligro prendidas, bajarme de su carro, patinar con cuidado sobre el duro hielo, subirme al mío, sacar mi carro y cuadrarlo afuera del garaje en medio de la pista sin que bloquee la entrada, bajarme de mi carro, patinar de nuevo, subirme al de mi hijo, arrancarlo y guardarlo adentro del garaje, ponerle la alarma por si las moscas, subirme a mi carro nuevamente, cerrar la puerta del garaje con el control remoto y empezar recién a ir hacia la oficina.

Vuelvo a subirme a mi carro, cuando en la radio hispana escucho al fulano que le gusta gritar "Oooooooooom", tres veces; miro la hora, momento preciso en que me doy cuenta que recién son las siete y diez de la mañana y no las ocho y diez, como yo creía. Seguramente que la noche anterior sin darme cuenta adelanté mi reloj despertador una hora. ¿Debería regresarme a mi casa y descansar una horita más? Ni hablar, pienso mientras pongo segunda, no tendría la energía de volver a repetir todo este esfuerzo en una hora.

Suspiro pensando que voy a tener que ir a la oficina a descansar todo el día para poder recuperarme y así poder manejar hacia allá otra vez el día de mañana. Ir a trabajar en invierno es un infierno.

* * *



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