Cada vez que llegaba diciembre me sentía muy triste. Recuerdo que cuando tenía diez años vivíamos en una casita clase media baja tan chiquitita que aún hablando bajito podía escuchar a mi mami desde cualquier habitación. Alberto, mi hermano menor, siempre tan pesado, se ponía peor en cuanto llegaba diciembre. Lo que pasaba es que con diciembre llegaba la Navidad, y con la Navidad las esperanzas de regalos. ¡Con lo que yo quería una bicicleta! Casi todos mis amigos tenían bici. Excepto yo. Claro, yo comprendía. En ese entonces, no teníamos nada de plata. Mi padre nos había abandonado hacía seis meses. Se separó de mamá, dizque porque ella no lo comprendía. Pero ahora, yo pienso que la verdad es que él tenía otra mujer. Esa historia de la incomprensión que se la cuente a otro. El asunto es que mi mamá tuvo que hacerse de nosotros dos y de todos los gastos de la casa, ya que mi padre no nos pasaba medio. Trabajaba como secretaria en una oficina del centro. El trabajo era suficiente para sobrevivir los tres, para que pudiéramos ir al colegio el Alberto y yo. Yo me llamo Alejandro. Nos bautizaron con nombres que empezaban con a ya que mi padre, que para esas cosas tenía un interés increíble, decidió que si bien ninguno de nosotros se llamaría Alvaro como él, llevaríamos sus iniciales, así que nos tocó llamarnos Alejandro y Alberto.
Una noche, ese diciembre de hace ocho años, cuando mi mami creía que ya estábamos dormidos, la escuché sollozar. Siendo la casa tan pequeña esto no hubiera tenido nada de raro, excepto que era la primera vez que la escuchaba llorar. Miré a Alberto, a quien la luz de la calle alumbraba claramente, y me di cuenta que estaba profundamente dormido. Me levanté despacito, tratando de no hacer ruido para aguaitar que pasaba. Salí un paso de mi cuarto, pata en el suelo, con un poco de frío en los pies debido a la loseta. Desde donde estaba pude ver a mi mamá sentada en la mesa del comedor, mirando unos papeles. No se dio cuenta que la estaba observando, ya que estaba de espaldas a mí. Estaba viendo nuestras cartas a Papá Noel. Debo haber carraspeado o algo porqué ella volteó, se sonrió tratando de esconder las cartas y me preguntó que qué pasaba. Dije que nada, que estaba simplemente yendo al baño y había visto que ella estaba en el comedor. Me pidió que me apurara, que ya era tarde, se volteó y yo me fui al baño, sin hacer nada, pero jalando la manija para que mi mami creyera que algo había hecho, pues.
Por eso es que no me gustaba diciembre. Porque cada vez que llegaba ese mes, teníamos que hacer nuestra carta a Papá Noel, y mi mamá tenía que buscar entre todas las cosas que pedíamos aquellas que ella podía comprarnos, que siempre eran las más baratitas. Además, ese año yo quería comprarle algo bonito, como el vestido azul oscuro que se quedaba parada mirando cada vez que pasábamos por la Tienda Lux. Pero, ?¿de dónde sacaría plata para un bonito regalo? y ¿?qué le iría a tocar a Albertito, quien realmente quería un Nintendo?
Yo iba al colegio Monroe que estaba a unas seis cuadras de la casa. En el camino al colegio había un mercadito, la bodega de Don Pablo y una agencia de banco. La agencia no era muy grande. Todo Noviembre habían estado trabajando en la fachada, abriendo lo que yo creía era otra puerta. Parecía que el trabajo ya estaba casi terminado, ya que a comienzos de diciembre vimos un camioncito rojo trayendo paneles de plástico, otros de madera, luces fluorescentes y cables. Al regreso a la casa me paré a ver lo que estaban haciendo. Le pregunté a uno de los hombres, al que parecía más buena gente, qué estaban poniendo. Me dijo que eran los accesorios de la máquina que iban a instalar: un cajero automático.
Esa noche le pregunté al tío Cucho qué era un cajero automático. El tío Cucho, un hombre menudito y muy pasivo quien iba con frecuencia a visitarnos, me explicó que el cajero automático era una máquina que daba plata a la gente que tenía una tarjeta del banco.
-Con la tarjeta la gente saca dinero de sus cuentas del banco, igual que si estuvieran frente a una ventanilla -explicó el tío, que tenía una de estas maravillosas tarjetas. También me dijo que las máquinas eran muy inteligentes, que uno tenía que tipear un número secreto, para que la máquina certificara que la tarjeta no era de otra persona. Finalmente me preguntó, con una sonrisa lánguida, que para qué quería yo saber esto. Le expliqué que en el banco, cerca de la casa, un fulano me había dicho que iban a instalar una de estas máquinas.
Me costó trabajo dormirme. Me acordé haber visto a mi mamá llorando, de mi bicicleta, del Nintendo que quería Albertito, del vestido azul oscuro de mamá, de que seguro para la noche de Navidad no habría pavo, ni panetón con mantequilla, ni chocolate caliente. La idea de una máquina dando plata me golpeaba la cabeza y no me dejaba dormir. Seguro que habría plata para todo, incluso para comprarle un buen regalo a mi mami. Pero ?¿cómo hacer? Por último el famoso cajero automático todavía no había sido instalado. Esa noche soñé que del cielo bajaban miles de elefantes rosados que llevaban billetes en sus trompas.
La noche del sábado anterior a Navidad, lo recuerdo ahora como si acabara de suceder, mi mamá me pidió que fuera a comprar Coca-Cola. Me puse mis zapatillas y salí a la calle con una botella vacía de Coca-Cola en la mano. Iba caminando lentamente pensando que en tres días más sería Nochebuena y hasta ahora no había comprado nada para nadie. Al salir de la bodega me quedé paralizado. En el Banco, al frente, pude ver el tan esperado Cajero Automático. El signo, granate y amarillo, con la luz fluorescente interior alumbraba la vereda, como diciendo su nombre intermitentemente: Rapid Money, Rapid Money, Rapid Money. La máquina estaba nuevecita. Tenía una pantallita como de televisión. Me acerqué más para leer.
La pantalla decía "Bienvenido a Rapid Money, el Cajero Automático del Banco Popular del Sur Chico". Y luego cambió a otra pantalla, "Este servicio le permite efectuar retiros, depósitos y transferencias utilizando su tarjeta Popcard". Muchos otros mensajes aparecían anunciando lo que los clientes podían hacer. La calle estaba totalmente desierta, raro para un sábado en la noche. Dejé la botella en el piso para jugar con las teclas de la máquina. Un mensaje me llamó la atención. Decía "Toque la pantalla para una demostración". Con temor acerqué la mano hasta el vidrio y toqué la pantalla. Lo que siguió fue impresionante. Los colores del aviso fluorescente pasaron de granate y amarillo a un azul intensísimo. La pantalla que hasta ese momento había tenido fondo negro, cambió de color, apareciendo un mensaje en letras blancas sobre fondo violeta que decía:
"Hola Alejandro ¿Cómo estás? Si estás bien, presiona la tecla OK. Si no estás bien, presiona la tecla NO".
Yo digo ahora que debí haber salido corriendo ?¿Cómo sabía la máquina mi nombre? Yo ni siquiera tenía una tarjeta de plástico. Pero cuando uno tiene esa edad, no piensa mucho en esos detalles. Me quedé maravillado. Luego apreté la tecla OK.
"Me alegro mucho Alejandrito. Supongo que habrás venido para sacar plata".
Leí el mensaje varias veces pensando que era una broma, que seguro alguien del barrio estaba escondido viéndome, o que los de la televisión tenía una de esas cámaras indiscretas. Tuve temor al ridículo. Después de un rato, mi cerebrito me dijo que apretara la tecla OK. Rapid Money, que en ese momento se convirtió en mi personaje inolvidable, volvió a poner otro mensaje.
"¿?Cuánto quieres?"
Miré el teclado numérico y marqué 400.00. Rapid Money contestó que no me podía dar mas de 300.00; que si los quería. Apreté OK más rápido que volando. No lo podía creer. Escuché unos ruidos raros como si dentro de la máquina hubiera una maquinita de escribir, luego unos tic, tic, tic, tic y, por último, por una hendidura aparecieron varios billetes. Los agarré rápidamente. Eran 6 billetes de 50. La pantalla se blanqueó y las luces se apagaron, quedando esa parte de la vereda en la oscuridad. Recogí la Coca-Cola del piso y me fui corriendo a la casa. Pensaba contarle a mi mamá toda la historia, pero después pensé mejor. No me iba a creer ni una palabra. Me quedé con un billete de 50 nuevecitito y los otros cinco los puse al costado de la puerta como si alguien los hubiera pasado por debajo. Entré a la cocina donde ya Alberto y mi mami estaban comiendo.
- ¿?Porqué te has demorado tanto, hijito? Ya te iba a ir a buscar.
- No, mami. Me encontré con Lolo y estuvimos conversando un ratito. Dice que se van a la casa de su abuela a pasar la Navidad.
Me senté a comer en silencio. Al terminar, mi mamá fue camino a su cuarto. Me quedé en la cocina escuchándola gritar algo. Luego preguntó si yo había visto plata en el suelo al entrar. Mentí que no. Estaba tan contenta. Nos dijo que seguro papá no se había olvidado de nosotros y que nos había pasado plata por debajo de la puerta, que la Navidad iba a ser fantástica. Alberto preguntó si Papá Noel le traería su Nintendo.
- Vamos a ver. Si te has portado bien seguro que si - dijo mamá, feliz.
Esa Navidad fue la más memorable en mi vida. Mi mamá compró tanta comida que pudimos invitar a unos primos que no veíamos en meses a cenar con nosotros. Hubo regalos para todos ellos.
Alberto recibió su Nintendo, yo mi bicicleta y mi mami se compró el vestido nuevo con el que había soñado por meses. Incluso mi mami se dio el gusto de regalarle una billetera de cuero linda al tío Cucho. No sé si alguna vez le preguntaría a papá a si era él quien había dejado la plata esa noche, pero estoy seguro que si le hubiera preguntado él hubiera dicho que sí.
Lo que hasta ahora no puedo entender es que al día siguiente de Navidad volví a ir a la bodega de Don Pablo a comprar algún encargo. Al salir miré hacia el Banco para agradecerle a Rapid Money, pero no había nada. Me acerqué corriendo y no había ni máquina, ni aviso, ni luz fluorescente granate, amarilla, azul ni de cualquier otro color. Solo el hueco en la pared y unos cables en el suelo. Una chica con uniforme del Banco salió de la Agencia. Le pregunté dónde se habían llevado su máquina Rapid Money.
- ¿La máquina? No se la han llevado a ninguna parte, -me miró extrañada mientras hablaba suavemente- ni siquiera la han traído todavía. La van a instalar en enero. Además ¿de dónde has sacado que se llama Rapid Money? Nuestra máquina se llama Ramón.
Rió y siguió su camino. Yo me quedé como un idiota, con la boca abierta, en medio de la vereda. Me metí la mano al bolsillo, me cercioré que el billete de 50 estuviera ahí, me subí a mi bicicleta Garozzo nuevecita y manejé hasta la casa sin volver a mirar hacia la agencia del Banco.
Hace dos semanas, ocho Navidades después, estuve leyendo un artículo sobre la historia de las redes de cajeros automáticos en el país. Recién me enteré que el nombre de Ramón lo formaron utilizando las dos primeras sílabas de un famoso cajero automático americano: Rapid Money. Aunque ahora no vale casi nada, todavía guardo aquel billete de cincuenta, doblado, nuevecito.
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