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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Chiquillos fuimos, chiquillos seguimos.

- El mes pasado cumplí 55 años. Increíble. Menos mal que me siento como un chiquillo.

Cuando tenía 8 años de edad, al escuchar a un muchacho de la quinta del costado de mi casa diciendo que iba a cumplir 23, y que ese año terminaría la universidad, recuerdo haber pensado: ¡23! ¡Qué viejo!

El cuerpo humano se deteriora y se va en picada sin asco, creo que a partir de los 40. La vaina está en que el proceso es irreversible, verdaderamente irreversible y no como decía el tarado del General Juan Velasco Alvarado sobre la "revolución" peruana que inicio en 1968, que de irreversible no tuvo nada ya que terminaron devolviéndoles a todos lo que les habían quitado, claro después de haber rejodido las haciendas y la producción de harina de pescado, que antes de la revolución era la número uno del mundo y terminó de penúltima, solamente delante de Bolivia, que no tiene mar, pues.

En los últimos 10 años, gracias a mi avanzada edad he tenido que pasar por una serie de desilusiones y vejaciones.

Todo comienza, amigo lector, cuando tu "family doctor" te informa, al cumplir los 40, que el examen médico anual, el llamado "physical" requerirá de ahora en adelante un examen digital de la próstata. Y no es que la palabra digital se refiera a la electrónica, y que sea algún examen moderno con el cual podrán ver si tu próstata, palabra que antes solamente había asociado con viejos carcamanes, está todavía en condiciones navegables. No. Se trata de digital como en dedo, ya que el doctor -a quien desde ese fatal día le veo cara de mañoso- se pone un guante de jebe, se tira medio chisguete de Lubriderm en el dedo y te lo zambulle sin mayor prolegómeno, para determinar al tacto si la próstata ha crecido. Y digo yo ¿cómo puede saber la primera vez si ha crecido? No puede saber, ya que es la primera vez. ¿Acaso al año siguiente se va a acordar de que tamaño estaba cada próstata un año atrás?

Este examen, terminó la primera vez con una frase ridícula del doctor.
- Bueno, por lo menos, sabemos que no eres gay, je, je, je.
Idiota. Lo que no entendí es porque la última vez que lo hizo me regaló antes una caja de bombones y una flor. Será una cuestión psicológica, digo yo.

A partir de los 40, las cosas que antes eran fáciles de agarrar y movilizar de un lado a otro de las mesas y counters, parecen adquirir vida propia y empiezan a saltar de entre nuestras manos yendo a dar al duro suelo o a lugares que no estaban en nuestros planes. Mejor dicho, se pone uno cada vez más torpe. En un restaurante cerca de la casa, por tratar de echar mostaza en mis papas fritas - costumbre que los canadienses encuentran sorprendente, ya que ellos le quitan el sabor a las comidas con ketchup nomás - le di con tanta fuerza al frasco de plástico de la mostaza, que no me había dado cuenta que primero había que darle vuelta a la tapita, que prácticamente reventó por la tapa saliendo un chorro de mostaza que me fue a dar desde mi barrigota hasta el pelo, pasando por mis anteojos, llegando a ir aún más arriba hasta el espaldar de mi asiento. Desafortunadamente, ya que estábamos entados en esos compartimentos espalda con espalda, un poco de la mostaza llegó a caerle al señor que estaba a mi espalda, ensuciándole, poquito nomás menos mal , su casaca de cuero. ¡Qué vergüenza! Eso, más joven no me pasa.

Me olvido de todo. Lo malo es que me olvido inmediatamente. Osea me acuerdo de cosas de hace cincuenta años de cuando era chiquito. Por ejemplo me acuerdo de la escuelita de la señora Maruja que quedaba al costado de mi casa en Jesús María y a la que iba yo cuando tendría unos tres años de edad. Y no me acuerdo de lo que me dijo mi mujer hace dos días que dice que esta noche hemos invitado para tomar unos traguitos a nuestros amigos los Perecenjos .

- No me has dicho.
- Sí te he dicho.
- ¿Cuándo me has dicho?
- Anteayer te he dicho.
- ¿A mí me has dicho?
- Claro que a ti te he dicho. ¿A quién le voy a haber dicho?
- Habrá sido al otro, porque lo que es a mí, no me has dicho nada.
- Acuérdate que estabas comiendo uvas y que te dije "dicho sea de paso, he invitado el sábado a Juana y Carlos" ¿Te acuerdas, te acuerdas?
- Y ¿qué tenía que ver que yo estuviera comiendo uvas con los Perencejos?
- Es que tú siempre has dicho que Juanita tiene cara de uva...
- Creo que tienes razón Ya me estoy acordando de la cara de uva. ¿A qué hora vienen?

Estas conversaciones se repiten y se repiten por todo tipo de motivos. La memoria es un desastre. Estuve tomando un tiempo Ginko Bilova pero parece que no me hizo ningún efecto porque siempre me olvido de comprar este remedio, aparte de qué cuando lo tenía me olvidaba de tomarlo. Mi teoría es de que si uno se acuerda de comprar y tomar el Ginko Bilova, es prueba de que no lo necesita.

La coordinación cerebro-mano se va al diablo. Uno termina botando a la basura, sin querer, más de la mitad de los tenedores y cuchillos de la casa.
- Amor, no hay una sola cuchara.
- A ver busca en la basura.

Una amiga que ya pasó los cuarenta, me contó que su perrita, una Rotweiller que parece el perro de Belcebú, sufre de incontinencia. La incontinencia es otra de las consecuencias de ser veterano, y consiste, en términos médico-científicos, en hacerse la pila sin querer. Como la perrita sufre de incontinencia le tienen que dar una pastilla todas las mañanas. Mi amiga, a su vez, sufre de la tiroides, así que ella también tiene que tomar una pastillita en la mañana. La semana pasada cometió el error de sacar su pastilla y la de la perrita a la vez y en vez de darle su pastilla de la incontinencia a la perrita se la endilgó ella, mientras que al animalito le dio la pastilla que ella toma para la tiroides.
Menos mal que todo lo que sucedió, me cuenta mi amiga, es que no tuvo necesidad de hacer pila por tres días. Fabuloso.

Las rodillas las tengo hechas pomada ya que me suenan y me duelen de alma, habiendo sido diagnosticado por mi simpático doctor, como poseedor de una artritis degenerativa de las rodillas. Me suenan tanto que la gente en la oficina sabe que estoy llegando ya que desde lejos escuchan el crujir. No solamente tengo artritis sino que al ser degenerativa, la cosa se va a poner cada vez peor. Se acabó el fulbito y tanta bailadera de merengue. ¡Qué triste es mi existencia!

Chiquillos fuimos y chiquillos nos sentimos. Para otro día les cuento de los aspectos voluptuosos de la vida decúbito ventral. Por ahora, baste decir que menos mal que existen la maca y el Viagra ya que con estas maravillas podemos mantener un ritmo de actividad sexual anual de lo más aceptable.

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