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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

En ese país cada uno hace lo que le da la gana

- Hace unos veinticinco años aprendí una lección sobre el modus vivendi en el Perú. En ese tiempo no sabíamos que terminaríamos viviendo fuera de nuestro querido país.

Éramos una pareja joven, con una bebe de año y medio, viviendo en el barrio de Jesús María en un departamento en un segundo piso del jirón Cayetano Heredia. Jesús María se había ido popularizando año tras año, convirtiéndose de barrio residencial clase media a barrio popular comercial no tan clase media. Habiendo vivido desde mi nacimiento en Jesús María, conocía bastante bien la forma cómo el barrio había ido evolucionando. El departamento era parte de un edificio de tres pisos que la antigua dueña había decidido vender algunos años antes que mi esposa y yo termináramos iniciando nuestra familia ahí.

Resulta que, de acuerdo a lo que nos explicara la dama que nos vendió el departamento y a lo que la misma Junta de Propietarios nos informara, estaba terminantemente prohibido que hubieran restaurantes en cualquiera de los cuatro espacios para negocios que ocupaban la parte frontal del edificio, dos a cada lado de la entrada. Pues bien, nos enteramos, de boca del Presidente de la Junta de Propietarios, un señor con aspecto de foca a quien conocía desde que yo era chiquito, de que se había enterado que se pretendía instalar un restaurante, una cebichería para ser más preciso, en uno de los cuatro espacios para negocios en la parte frontal del edificio. La Junta decidió pedir al señor Presidente que se apersonara al local de la Municipalidad y averiguara si había algo de cierto. Nosotros teníamos más interés que ninguno de los otros propietarios ya que nuestro departamentito quedaba justamente encima de la potencial cebichería y teníamos un tragaluz techado precariamente que nos unía al negocio de abajo.

El presidente nos informó a la semana que se había enterado en la municipalidad de que, efectivamente, se había iniciado el proceso para obtener licencia para un restaurante en nuestro edificio, a lo que él, había verbalmente indicado que era "imposible" que la municipalidad otorgara tal permiso ya que el edificio no estaba preparado para hospedar a ningún restaurante.

Quedamos tranquilos hasta que nos enteramos que un individuo -el propietario del restaurante donde se expendería entre otras cosas un cebiche de conchas negras de la repipeta-, había ido a buscar al Presidente de la Junta de Propietarios del edificio.

- Buenas.
- Buenas - contestó nuestro Presidente, a quien se le agitaron los frondosos bigotes al ver al desconocido.
- Soy Juan Gallegos, señor, tengo entendido que usted es el Presidente de la Junta de Propietarios?
- Efectivamente, ¿de qué se trata?
- Se trata de que yo soy el dueño de la cebichería que vamos a inaugurar en el edificio.
- Bueno, quiero informarle que nosotros, en nuestra condición...
- Pérate, pe tío. Ya sé lo que han ido a hacer a la municipalidad. Por eso quiero pedirle que no hagan problemas y nos dejen abrir la cebicheria.
- De ninguna nabera - los bigotes de foca se agitaban de arriba a bajo - ¡no vamos a permitir que abran ustedes ningún restaurante aquí!
- ¿Sabes que cosa, tío? El restaurante - Gallegos tomó un aire triunfador - lo vamos a abrir de todas maneras y ¿sabes por qué? Porque en este país ¡cada uno hace lo que le da la gana! - se dio media vuelta dejando al señor presidente, quien en verdad no era su tío, con las ganas de contestar y con un principio de infarto.

Efectivamente, a pesar de nuestra oposición legal, la cebichería abrió, con una licencia bien aceitada de la Municipalidad de Jesús María. Pese a los grandes avisos de que vendía el mejor cebiche de conchas negras de Lima, tuvo reducido éxito. Los Gallegos, con quienes tuvimos la dicha de jamás intercambiar palabra, cada verano cerraban el restaurante para irse de vacaciones a Piura. Durante los dos veranos que el restaurante estuvo desocupado por los propietarios tuvimos primero una plaga de ratones y luego una rata, roedores que se pasearon por nuestro departamento en más de una ocasión, en una de las cuales - la más aterradora - una mañana encontramos excremento de rata en el cuarto de la bebe.

Nos mudamos en 1980, al venirnos a vivir a Canadá.

Parece que en el Perú se sigue haciendo lo que a cada uno le da la gana. El 20 de julio, sin medida alguna de seguridad, sin extintores, sin ser guiados por personal de seguridad, fallecieron 30 jóvenes en la discoteca Utopía del Jockey Plaza, un centro comercial muy moderno de Lima. Nadie toma responsabilidad. Ni el Alcalde de Surco -distrito donde queda el Jockey Plaza -, ni los dueños del Jockey Plaza, ni los dueños de la discoteca, ni el gerente general de la misma, ni el individuo que había sido contratado para hacer un show con fuego y animales de un circo, ni el DJ. Dos detalles medio triviales: las señales de salida en Utopía no decían "salida", decían "Exit". Y recién ahora se ha empezado a popularizar el número de emergencia de los bomberos, el 116, número que antes del incendio casi nadie sabía. Mas bien, algunos entrevistados creían que se debía marcar el 911.

No hace mucho, en diciembre de 2001, un incendio en una de las céntricas calles de Lima donde prohibidamente se vendía material pirotécnico, causó la muerte de decenas de personas. Ahí sigue el alcalde de Lima de lo más orondo ya dice que la municipalidad cumplió con avisar del peligro, ahí siguen todas las autoridades y comerciantes que proporcionaron el material para el incendio. En diciembre del 98 unos pandilleros arrojaron una bomba lacrimógena en la pista de baile de otra discoteca. Murieron nueve. ¿Se aprendió algo?

No. No se aprendió nada. Simplemente se confirmo que en ese país cada uno hace lo que le da la gana.

* * *




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