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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Una pequeña duda (Cuento)

- Sí pues - dijo lentamente, - resulta que mis hijos no son como yo. Vinieron tan chiquitos, señor, que tienen acento cuando hablan el español. No sólo eso. No quieren saber nada con nuestros bailes, ni con nuestras costumbres. Yo no sabía que esto iba a pasar así, sino no hubiera venido a vivir acá. Mejor me hubiera quedado en Lima. Ellos seguirían siendo peruanos y hablarían clarito el español sin ese acento que no me gusta. Y no sólo tienen acento. Hablan raro. Dicen “quién quieres hablar con” cuando contestan el teléfono. Claro que el inglés lo hablan muy bonito, pero eso de no hablar bien el español no me gusta nadita. Dicen “ven patrás” en vez de decir “regresa” y dicen “aplicar” en vez de “solicitar” y también dicen “no hace sentido” en vez de “no tiene sentido”. Y cuando le quise enseñar a bailar tropical a la María Elena, me salió con que era una tontería, que si me había visto al espejo bailando, que es un baile feo, papá. Y mi hijo, el Arturito, que le digo que juegue fútbol, o sea el soccer que le dicen acá, para ver si aunque sea juega como yo, que no es que yo sea tan bueno, pero la muevo un poquito, y yo soñaba que mi Arturito jugaría conmigo los sábados, cuando yo juego con mis amigos en verano. No quiso. Que no, que eso es una tontería. Mas bien me rogó que quería jugar el fútbol canadiense. Me dijo, papá, por favor, con 150 dollars me registras y me dan el equipo completo con helmet y todo. Pero, le digo, ese deporte, ¿te gusta? Si parecen unos robots, que corren y se estrellan los unos contra los otros frente a frente y a cada rato paran el juego. Además, ¿qué clase de arco es ese con los verticales p'arriba? Como vas a comparar con el fútbol pues Arturo, donde todo es coordinación, donde hay que saber parar la pelota, tocarla, cabrear, y tener una puntería excepcional.?¿Cómo te puedo explicar lo lindo que es meter gol, así no haya público en el sitio? ¿Tas seguro que quieres jugar fútbol canadiense y no soccer? Y Arturito que me mira, como diciendo, ¡ay! my dad que todavía doesn't understand nada de nada, despite el tiempo que está aquí. Y me dice que sí, que sólo le interesa el fútbol ese, el del casco de fierro y de los hombrotes que le van a poner. Y qué podía yo hacer, sino inscribirlo en eso, y que se me aleje mas y más de lo nuestro, de mover la redonda. Menos mal que jugó bien la temporada. Corre duro el Arturito. Me lo pusieron dizque de running back, que yo ni sé lo que es eso, pero él estaba feliz. Los dos últimos partidos de la temporada, con mi mujer pelándonos de frío en la tribuna, porque estos gringos juegan en el peor frío, y Arturito que mete tres touchdowns. ¿Usted sabe cómo es el touchdown? Eso que corren con la pelota en la mano, nadie los alcanza y llegan hasta el otro lado de la cancha. Bueno, fue casi como si hubiera metido gol en soccer, la verdad. Pero no es lo mismo, no. Si él hubiera querido, él hubiera jugado el soccer como yo, mejor que yo, y él hubiera corrido, y se hubiera cabreado a medio equipo, y hubiera metido los goles más lindos que jamás alguien hubiera visto. Y yo hubiera llorado de contento, como si yo mismo los hubiera metido. Mejor toavía. Pero no quiso.¿Y María Elena? Tú vieras que ella, que debería estar bailando su salsa, su merengue, yendo a las fiestas. Incluso podría tocar guitarra, algo de música criolla. Pero no. A ella le gusta el heavy metal, y le gusta el rock. La música tropical le parece tonta, me lo ha dicho en mi cara. Ella es cool. Toca varios instrumentos: el piano, la batería, el bajo y la guitarra. ¿Tú crees, por casualidad, que sabe un valse criollo, o una polquita, mas que sea El Cóndor Pasa? No. Ella toca Stairway to Heaven, le gusta Guns and Roses, que son unos pelucones vestidos de cuero por todos lados, con unos pañuelotes en la cabeza, otro con los pelos zambos tapándole la cara y así, que chillan en vez de cantar. Eso le gusta. Claro que también ha aprendido a componer y a hacer arreglos musicales. Fíjate que está por entrar a la universidad a estudiar música. No, no es que yo me queje. Mis dos hijos son muy buenos, y tienen su cerebrito. Pero yo lo que quisiera es que fueran un poco menos canadienses, y un poquititito más peruanos. ¿Me dejo entender?

-¿Qué quieres que haga yo? - dijo la voz aterciopelada, benévolamente.

- Un consejo. Dame un consejo, señor. Que por un lado estoy triste y por el otro contento. Que a veces, cuando estoy solo, quisiera agarrar un avión y regresarnos todos a Lima, con los miles de problemas y todo, antes que perdamos toda nuestra identidad. Quiero saber si he hecho mal o bien en venirnos acá. ?¿Ha sido un descomunal error? ?¿Cómo sería si nos hubiéramos quedado allá?

El hombre miró hacia una de las paredes de la habitación, pareció tomar aire para luego volver la intensa mirada hacia Arturo que, en su ansiedad por estar más cerca, estaba a punto de volcar la silla en que estaba sentado.

- Fíjate, Arturo. Me pides algo muy difícil. Tú deberías llegar a tus propias conclusiones sin ayuda de nadie. No hay duda en mi corazón que lo que hiciste estuvo bien hecho. Porque yo sé tus intenciones. Tú no viniste para llenarte de plata, ni viniste huyendo de la justicia. Viniste porque las oportunidades eran mejores aquí. Viniste porque creías que tus hijos podrían ser más felices aquí. Pero cuando te decidiste a venir, no te diste cuenta que esto tendría un precio. Algo que no se puede medir en dinero. Que al tú traer a tus hijos tan chicos, la cultura que ellos iban a absorber, sin importar lo que tú hagas, iba a ser la cultura de acá. Y esto es exactamente lo que ha pasado. Tus hijos no son tú. Tú te criaste con buen clima, con rica comida, con idas a la playa todo el verano, con la sensual música tropical y la jaranera música criolla. Tú ibas a las fiestas de Carnaval en Barranco cuando eras un niño y Lima no había perdido su inocencia. Y a otras fiestas, cuando joven y reinaban las orquestas de "Los Mulatos del Caribe" y de "Carlo Berscia". Tú ibas los domingos al cine Alcázar a ver chicas lindas. De vez en cuando en la televisión podías disfrutar de los bailes de "Perú Negro", cuando de ver esas morenas te estremecía el fantástico ritmo afro-peruano. Un mundo donde, en el verano, los mejores equipos brasileros de fútbol jugaban amistosos en el Estadio Nacional, y tú ibas con tu papá a ver a tus dioses: Garrincha, Didí, Vavá, Pepe, Djalma Santos y el incomparable Pelé, y soñabas despierto ser uno de ellos. Ese fue tu mundo. Pero ese mundo ya no existe, pues hombre. Ni siquiera ha existido durante el tiempo que has estado acá. Ahora es el tiempo de los apagones, del racionamiento de la luz y el agua, del cólera, es el tiempo de la pobreza, el tiempo del miedo diario.

Hizo una pausa, se levantó del sillón lentamente y empezó a caminar por la pequeña habitación mientras continuaba hablando, gesticulando con las manos, las que movía como si fuera un mago extrayendo maravillas del sombrero de copa. Su voz continuaba siendo suave, profunda y emocionada.

- Ya se acabaron "Los Mulatos del Caribe", ya no juegan Sotil ni Cubillas, ni Chumpitaz mete sus Chumpigolazos, y por donde había flores Arturo, hoy solo hay un enorme basural. Tus hijos se han criado en este ambiente norteamericano, y, así no te guste, eso es lo que son. ?¿Que no te diste cuenta que esto iba a pasar? ?¿No es para esto que viniste? Pero que iluso que eres. No por preparar ceviche en tu casa de vez en cuando, y porque sigas hablando castellano, y porque veas televisión en español y porque bailes salsa y merengue, tus hijos van a ser latinos como tú, pues Arturo. Tienes la suerte que no les falta nada, que son educados, que te quieren a ti, que quieren a su mamá, que estudian bastante, que tienen amigos, que son deportistas, que son artistas. Pero,¿qué mas puedes pedir, por caridad? ¿Te das cuenta de lo ridículo de tus quejas? Tú decidiste todo esto el día que, visa en mano, tomaste el Canadian Pacific con ellos para venirte acá. ¿O ya no te acuerdas que ellos eran bebes, y no les preguntaste si querían venir o no? Hay que ser más realista, hay que pedirle menos a la vida, que la vida ya te ha dado más de lo que te mereces. Pero no eres el único, así que voy a hacer algo por ti. Quiero que cierres los ojos, que te relajes, y que pienses en Lima, en tu casita de Jesús María, en el calor que hace allá en verano, en el ruido de la calle y en el olor del barrio. Y cuando cierres los ojos, poco a poco vas a ver cómo sería tu vida si te hubieses quedado allá. Te voy a dejar ver por unos minutos las imágenes de una vida que no ha sido, la que hubieran tenido si se hubieran quedado.

Arturo cerró los ojos y en pocos segundos vio su departamentito de Cayetano Heredia. Como si fuera un espíritu penetró la pared y se sintió durmiendo en un sillón.

Se iba a parar cuando escuchó la voz de su mujer desde la cocina.

- ¡Arturo!, ¡Arturo!

- ¿Qué pasa?

- No..., que necesito que me vayas a comprar una bolsa de tallarines, acá en la bodega del frente, donde el Cara e' Bola, nomás.

Se levantó del silloncito de la sala, pasó lentamente por el costado de María Elena, que estaba viendo televisión en el comedor.

- Te volviste a quedar seco, papá, creo que te estás poniendo viejo -le dijo sonriendo. - Además hablas dormido. Gritaste “se acabaron los mulatos” mientras dormías.

- No hables tonterías. Ahorita vengo. Voy a comprar.

- Apúrate, papi, que me muero de hambre y la comida se está demorando mucho. Dentro de una hora me están viniendo a recoger para irnos al salsódromo, y se me está haciendo tarde.

- Y ¿con quién vas a ir al salsódromo ese?

- Con el mismo grupo de todos los sábados, pues papi - dijo con la misma sonrisa, que esta vez no le gustó nadita a Arturo.

Se puso una chompita granate que estaba colgada cerca de la entrada y salió del departamento. Cuando bajaba las escaleras se acordó perfectamente del sueño que acababa de tener, de esa especie de pesadilla repetitiva sobre vivir en Canadá. Salió a la calle. Hacía un poquito de frío. Prendió un cigarrillo y pasó entre el grupo de muchachos ociosos que se reunían al costado del edificio. Desde que, doce años atrás, había rechazado una oferta para un trabajo en Toronto, con visa y todo, cada cierto tiempo se atormentaba pensando cómo hubiera sido su vida allá. Se encogió de hombros y se dijo a sí mismo "Por último quién quiere vivir en un sitio donde hace ese frío horrible". Entró a la bodega, a tiempo de escuchar en la radio que una explosión acababa de destruir un edificio de departamentos en Miraflores.

- Buenas, ¿cómo estás Sandoval? Oye, dame una bolsa de tallarines, por favor.

Cara e' Bola le despachó con su impasibilidad de costumbre. Arturo salió de la bodega, prendió otro cigarrillo y cruzó la pista lentamente. De la radio de la bodega todavía alcanzó a escuchar la agitada voz del locutor dando más detalles de la explosión. A media cuadra del edificio vio a Arturito, su hijo, salir a la calle, apagar un cigarrillo en el piso y, con las manos en los bolsillos de la casaquita, caminar hasta integrarse al grupo de ociosos. Se mordió los labios y apretó el paso. Solo quedaban unas pocas luces fluorescentes en los pasadizos del edificio. Subió las escaleras con gran lentitud. Esto le fastidiaba mucho. Se dio cuenta que estaba realmente gordo y pesado. Le parecía mentira estar tan gordo. Sacó la llave del bolsillo derecho y abrió la puerta de servicio. Al entrar a la cocina vio que su mujer estaba muy delgada y tremendamente guapa.

- Arturo, no me digas que te has olvidado de poner la tranca de nuevo. No he escuchado el ruido que hace cuando encaja. Seguro que ya te olvidaste, amor. Ponla por favor.

- Todavía no ha entrado Arturito. Y María Elena va a salir - replicó Arturo mirándola con ojos de carnero degollado. Ella se sonrió.

- Tú sabes que siempre hay que tenerla puesta, permanentemente, así que no sé de que me estás hablando - la mujer estaba muy seria.

- No te preocupes papi, yo la pongo, - dijo María Elena quien alzó la tranca y la colocó en un santiamén, con una destreza increíble, pensó Arturo.

- Yo no sé para que necesitamos tantas trancas - dijo con pena mirando los barrotes blancos de la ventana del comedor. María Elena lo miró sin saber si hablaba en broma o en serio, lo tomó del brazo, lo acompañó hasta el sillón de la salita.

- Siéntate acá un ratito y descansa, - le dijo con cariño - que todavía falta para que esté la comida. ¡Ah! Antes que me olvide. Mañana me despiertas a las seis y media por favor, que tengo que presentarme a un trabajo en la fábrica de muebles, por el mercado, ¿ya, papi?

Le gustó el trato cariñoso de su hija y la forma como hablaba, pero le molestaba que una chica como ella tuviera tal expresión de cansancio y que tuviera que buscar trabajo en vez de seguir una carrera. ?¿Y la universidad?¿Y Arturito, a sus catorce años, en la calle, fumando, con todos esos vagos? Se sentía cansado, mareado. Se sentó en el sillón y cerró los ojos.

- Y bien, ¿qué piensas?,- preguntó con curiosidad el hombre de la voz de terciopelo.

Arturo parpadeó y abrió los ojos con lentitud, ya que la fuerte luz le molestaba tremendamente.

- La verdad que tenías razón, señor. Ni más me voy a quejar de los chicos, ni de haber venido acá. Creo que fue lo mejor que pude hacer. Me voy contento a mi casa. Yo sabía que tú me ibas a ayudar.

- Pero, ¿qué fue lo que viste en Lima?

- Es una historia un poco larga. El bottom line es que acá mis hijos son felices, con su castellano con acento, con su música gringa, con su fútbol canadiense y con sus propias vidas tan distintas a la mía. Tienen un camino con miles de posibilidades muy hermosas por delante. No tienen ninguno de los temores que tendrían si viviéramos allá. Pienso que habernos venido fue mas que una decisión, una sugerencia de Dios que facilitó las cosas para que eso pasara. Ya me voy a mi casa. Y cuando llegue, voy a besar y abrazar a mi mujer y a mis hijos como nunca. Y no me voy a quejar mas de ellos. Aunque eso sí te digo, su español podría mejorar mucho si verdaderamente quisieran.

- ¿Alguna otra pregunta?

- ¡Ah! Sí. ¿Cómo así a mi mujer la vi mucha más joven y más delgada en Lima?

- Es la ley de compensación - dijo el hombre sonriendo con calma. - Mientras acá viven mejor, allá en Lima el clima, la comida, el ejercicio y cierta alegría especial las mantiene más jóvenes, en mejor estado físico.

Arturo se levantó rápidamente, abrió la puerta y salió casi corriendo. Por primera vez en doce años los copos de nieve que le caían en la cara le parecieron las caricias de mil ángeles.

* * *



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