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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Milésima de segundo (Cuento)

Carmencita la llamaba la Maura, su mamá, nuestra sirvienta de muchos años. Todos vivíamos en Lince. Nosotros en un segundo piso puerta de calle, ellos en un corralón donde entre la Maura, el marido, las hijas y los tres manganzones de los hijos compartían dos habitaciones. Una vez fui por ahí con mi abuela que no sé para qué estaba buscando a la muchacha. Yo tenía curiosidad de saber cómo vivían ellos, pero ella no me dejó ver nada, no fuera que me impresionara. Sin embargo recuerdo vívidamente algunos detalles como esa puerta del callejón, mezcla de celeste al agua y suciedad, la cantidad de chicos jugando en el suelo del patio, algunos sólo con camiseta y sin calzoncillo, muy sentados en la mugre como si tal cosa, mientras yo andaba con zapatos recién lustrados, las medias blancas limpiecitas. Los muchachitos me miraban, atrevidos, por momentos, pero sin reír o decir nada. La Maura abrió la puerta de su casucha como si intuyera que estábamos ahí por algo importante y nos sonrió. Nos acercamos, yo de la mano de mi abuela, y entre las dos mujeres hablaron algo que no pude entender.
- Ya señora Piníos.

Piníos era la forma como Maura pronunciaba nuestro apellido: Pinillos. Antes de irnos llegué a mirar adentro y distinguí varias camas y una mesa pequeña pegada a la pared. Ahí estaba la Carmencita sentada en el suelo jugando con unas chapitas, gritando y riéndose junto con dos de los manganzones. Creo que ni me vio. Así que así vive la Carmencita, pensé mientras íbamos regresando a la casa, mientras a mí me hubiera gustado más tirarme en el suelo a jugar con ellos en la suciedad, para estar cerquita a ella.
Todo esto le estuve contando a mi General, a quien la detallada historia no parecía interesarle en lo más mínimo, mientras que para mí era importante explicarle el porqué de mi duda momentánea.

Durante años la Maura iba a mi casa en la mañana, cocinaba y limpiaba, terminando su turno a eso de las cinco de la tarde. A veces llevaba a uno de los chicos más pequeños, otras a Emma, la hija mayor. Emma no me gustaba para nada. Pero cuando, en algunas ocasiones llevaba a Carmencita, la cosa era diferente. Es que la Carmencita era no digamos bonita, bonita, pero sí atractiva, mi General. Tenía un lunar inmenso, misterioso, llamativo, debajo del ojo izquierdo, con el que yo soñaba. La verdad que yo, desde chiquito, he sido muy adepto al sexo opuesto. El único motivo por el que no hablábamos era porque ella era la hija de la sirvienta y yo no me atrevía a decirle nada, que si me escuchaba mi abuela creo que le daba un ataque. Me sentía un cobarde ya que la muchachita me provocaba y ella, cada vez que me veía, medio que se sonreía ya que se daba cuenta de la intensidad involuntaria con que yo la miraba. Éramos un par de niños en ese entonces y esa era nuestra única forma de comunicarnos, yo con mis ojos, ella con su media sonrisa. Ahora pienso que la Maura sospechaba algo, porque a Emma la mandaba sola a veces, pero a Carmencita nunca. De repente, cuando yo tendría unos once años, la Maura dejó de llevar a la Carmencita a la casa, y entre una y otra cosa, los estudios que me absorbían tremendamente, mi afición por el fútbol y la amistad de dos compañeros de colegio, creo que el asunto me pasó desapercibido. Un día, si mal no recuerdo en 1961, la Carmencita -que a esas alturas ya tenía dieciséis años- fue a la casa reemplazando a su mamá que estaba enferma y no podía trabajar. Tres años que no la había visto. Me quedé impresionado, no solamente porque su figura había pasado de simplemente atractiva a voluptuosa, sino porque sus dientes eran tan blancos y sus ojos tan inmensos que irradiaban una limpieza y una vivacidad imposibles de asociar con el callejón donde seguía viviendo.
- Buenas -me dijo tímidamente y con esa dosis de respeto que yo quería desterrar de nuestra relación.
Desde ese momento, y por espacio de dos días en los que su mamá estuvo enferma, traté de pasar el mayor tiempo posible con ella. El primer día tuve que ir al colegio así que casi ni la vi, pero recuerdo haber estado pensando en sus labios durante toda la clase de Religión con el loco del cura Barrionuevo, que menos mal que no tomó paso, porque si lo toma me friego. No sabía cómo hacer para que estuviéramos solos, hasta que se me ocurrió declararme enfermo, primero con mi abuela y luego con mi mamá, con una jaqueca imposible de confirmar y que no requería visita médica. Con esto conseguí no ir al colegio el jueves, quedándome en casa con mi abuela quien se pasaba los días en el balcón conversando con medio mundo y fumando incesantemente cigarrillos negros. Mis padres, como siempre, se habían ido a trabajar temprano. Con esa libertad y el impulso que me daban unas ganas imposibles de reprimir, decidí dedicarme a perseguir a la muchacha. Le brillaban los ojazos con cada una de mis excusas para estar cerca a ella, para rozarla, excusas que por lo apuradamente planeadas por mí, eran de lo más estúpidas, hoy lo sé. Carmencita estaba planchando en el comedor, viendo televisión desde lejos, cuando volví a pasar tras ella, con el espacio entre los dos tan estrecho que no quedaba más alternativa que sintiera mi cuerpo. Quería que el momento durara eternamente, pero no era posible. Entonces sucedió lo imprevisto. En el preciso momento en que estaba atrás de ella, me empujó con su cuerpo presionándome contra una de las paredes del comedor, mientras tomaba mis manos y me las hacía recorrerla entera. Luego se volteó, me dijo algo que en ese momento me sonó como a "te quiero" y me besó con una intensidad que yo sólo había visto en las películas. Jamás había sentido tan rico. El éxtasis duró muy poco ya que me asusté al escuchar que mi abuela se despedía a voz en cuello de una de las vecinas y movía la silla con la que se posesionaba del balcón. Tuve que empujar a la Carmencita para separarnos. Cuando le vi la cara, ella sonreía. Salí prácticamente corriendo. Esa noche, cuando iba a acostarme, encontré una foto suya, escondida bajo mi almohada.
- Le juro mi General que desde ese día no la volví a ver más hasta hace dos semanas - le reiteré al elegante y viejo oficial, quien parecía no querer preguntarme nada.

Ya que Inteligencia no me va a dar ninguna información, sólo puedo imaginarme qué es lo que le sucedió entre ese jueves en que ella tenía dieciséis años y el martes de hace dos semanas.
Seguro que el borracho del padre y algunos de los amigos la deben haber abusado. Pienso que, hastiada, sólo pudo encontrar trabajo de sirvienta, donde, siendo tan atractiva, la abusaron aún más. Debe haber robado para poder salir del hoyo y debe haber pasado cárcel, me imagino. Y en la cárcel es donde debe haber conocido a estos terrucos que le deben haber lavado el cerebro. Lo más probable es que se ha ido a vivir a la sierra, y a quien le importa lo que pasa en la vida, ya que debe haber estado harta de que la abusen y la denigren, y la abusen, y otra vez la denigren. De otra manera no entiendo como puede haber terminado así la Carmencita, mi General, de terrorista, mi General, dije casi sollozando. Me consoló diciéndome que yo era un verdadero militar de carrera.

- Entonces usted entiende porqué dudé, mi General? - pregunté con la mirada en el suelo -. Sé que debido a mi inesperada vacilación, puse en peligro de muerte a mis compañeros, así que comprendo que alguno se haya quejado de mi inexcusable comportamiento, pero le juro que... Cuando entramos a la sala de la embajada, no podía ver casi nada por la cantidad de humo que había causado la explosión inicial. Los agarramos de sorpresa, y bien de sorpresa. Creo que fue Sanabria quien barrió a unos tres o cuatro terrucos que habían estado jugando fulbito. Vimos a otros cuatro subir corriendo las escaleras y empezamos a disparar. En ese momento me di cuenta que a mi derecha estaba una de las mujeres con los brazos en alto. Le apunté. Tenía un par de granadas en la cintura. Si me distraía o me demoraba podía volarnos en pedazos o volarse a ella misma y con ella a nosotros. Me dispuse a disparar cuando al verle bien la cara pude reconocer a la Carmencita. El lunar me hablaba. Ella no me reconoció, estoy seguro, ya que con el camuflaje no me podría reconocer nadie, además de la cantidad de años que han pasado y el hecho que jamás me hubiera visto con ese tipo de vestimenta. Dudé entre capturarla y dispararle. Y en esa duda instantánea sé que puse en peligro toda la operación. Las instrucciones habían sido claras. Llegó a mirarme a los ojos por última vez y me pareció ver la sonrisa de sus dieciséis años antes de dispararle. Volví a la acción con el resto, usted sabe lo que ocurrió, y terminamos la operación con gran éxito, mi General.

Se levantó del sillón y me puso la mano en el hombro.
- Todo eso está muy bien, Pinillos, pero lo que hasta ahora nadie puede explicarme es porqué la mujer no llegó a volarse a ella misma, a usted de pasada, y joder toda la operación. Si usted tuvo esa milésima de segundo de vacilación, suficiente para que ella explotara y (con ella la mitad de los rehenes! - los ojos de rata del General adquirían brillo cuando preguntaba.
- Es cierto, mi General. Inexplicable, dirá usted, pero yo tampoco lo sé. El asunto es que todo salió bien.
- Sí, carajo. Todo salió bien, pero dónde miércoles está el cadáver, Pinillos?
Cómo explicarle al General lo qué realmente sucedió. No hay forma.
- Me desmayé y no sé más, General. No sé qué pasó con el cuerpo.
-Bueno. De esto no se vuelve a hablar, Capitán. Usted liquidó a la hija de perra pese a que la conocía, y no quiero que le vuelva a contar a nadie esta historia tan cursi. Dicho sea de paso, en lugar de la terruca enterramos a una chola que encontramos por El Agustino -. Abrió la puerta de su despacho invitándome a salir. Me levanté rápidamente y me puse el kepí -. No se preocupe, que estoy convencido que su demora no fue ni por cobardía ni por simpatía a los terrucos. En lo que a mí concierne, mi investigación prueba que usted no tiene culpa alguna y que su futuro es hoy más brillante que nunca. El viejo general me tendió la mano, la que estreché nervioso, mientras trataba de borrar el recuerdo de esos ojazos que, alguna vez vivaces, vi por última vez hace unas dos semanas, llenos de una mezcla de odio, de impotencia y de ilusión. Al salir del despacho, con una indiferencia nueva y sorprendente, boté en el primer basurero que encontré a mi paso la foto que había guardado tanto tiempo en mi billetera. Cuando salía a Emancipación no pude evitar recordar nuevamente la escena final de la Carmencita, vestida de terruca, elevándose por los aires en medio del humo, del olor a carne quemada, y cómo, lo que parecían ser dos gigantescas manos blancas, la levantaban en peso, perdiéndose con rapidez por el techo de la embajada, mientras sus ojos me miraban llorosos y triunfales a la vez.

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